
Observaciones sobre la lucha por la vida, y la inminente insensibilidad humana.
Tarde en la noche de ayer conversaba con mi pareja sobre uno de sus pacientes. Actualmente me he acostumbrado a ese ritual nocturno que se convirtió en un requisito indispensable para dormir. Desde siempre escucho y visualizo todos y cada uno de los casos que ella trata, donde algunos sólo me provocan tedio y otros simplemente me conmueven. Desde hace tiempo entiendo su importante papel no sólo en la sociedad sino en la vida misma. Ser médico tiene sus glorias, sus momentos de pasión, sus eternas victorias, sujetas siempre a esa satisfacción particular de saber que le estás salvando la vida a alguien. Le devuelves la esperanza de vida a quien padece y a sus familiares. También tiene sus momentos duros, sus eventos desalentadores, donde el cordel de la vida se deshilacha provocándoles un amargo sentido de impotencia. Pero nunca al punto de estancarlos porque, su vocación los impulsa diariamente al ser conscientes de que siempre habrá quien les necesite.
He entendido a través de éstas conversaciones que existen una serie de códigos éticos para los médicos residentes de medicina interna. Entendí que en los casos que lamentablemente -por su naturaleza- cesarán, ellos colaboran con el paciente para que asuman una muerte tranquila, sin dolor; es decir, mejoran la transición hacia muerte y la hacen menos traumática, tanto para los pacientes como para sus familiares. Pero aunque humanitario, no deja de ser un conflicto para ellos mismos.
He escuchado tantos casos que asumí esa posición de entender que la gente siempre se va, que todos moriremos. A todos nos tocará. Mis creencias me invitan a contemplar cierto respeto hacia los movimientos de la vida, y entre ellos está la muerte, por tanto, saber que hay casos de casos y que existen personas que mejoran la transición en el ciclo de la vida en todos nosotros, me reconforta.
Por otro lado, he escuchado dramas clínicos que inevitablemente me entristecen mucho. Viejitos diabéticos, cáncer, hipertensos con deficiencias cardiacas, entre otros. En ellos a veces el final es predecible, por tanto puedes asumir cierto confort cuando sabes que en los momentos del final de la vida alguien te ayudará a no sufrir cuando te vayas.
Pero el caso que conversamos ayer no reflejaba lo que normalmente inspiran los otros ya descritos. Lo supe cuando noté la desesperación en los ojos de mi compañera. Había en ella un sentimiento de amargura diferente, una cadena interminable de frustración que le ató sus manos con dolor. Por sus reacciones al relatar lo que le tocó vivir… me fue totalmente inevitable no conmoverme de tristeza al saber que en el mundo hay personas que mueren así.

Ello me provocó una inmensa rabia. Una rabia particular que se atascó en mi corazón después de escuchar el relato de la doctora, al verla con lágrimas en sus ojos provocándome respeto y pena al mismo tiempo. Sus labios pesaban la triste experiencia al ésta esculpir en su memoria las imágenes que le tocaron vivir. Sé que la recordará toda su vida, que le quedará como prueba irrefutable de que todo ser humano lleva consigo el valor suficiente para morir con dignidad.
Entre sollozos la doctora describió lo tanto que luchaba por su vida una joven con apenas 5 días de hospitalización en el ala de medicina interna. Una muchacha de 25 años de edad, que por suertes de la existencia portaba el virus de la Inmunodeficiencia Humana; evolucionó al Síndrome en poco tiempo cuando sus linfocitos desaparecieron de su torrente sanguíneo permitiendo la inacción de su sistema inmune que, no pudo proveer defensas contra una infección pulmonar (Neumonía) que contrajo. Su muerte estaba segura, pero la doctora peleó con todo para dejarla con vida antes de soltar su guardia pues, estaba convencida de que a pesar de la magnitud y avance de la infección pulmonar ella podía recuperarse. Su vocación le evitó rendirse, en consecuencia sólo le quedó luchar por su paciente aunque sea por un día más de vida, pero en la batalla tuvo que enfrentar la opinión del médico adjunto de medicina internar cuando éste le ordenó que notificara a los familiares la situación con la paciente pues, según él no resistiría a su destino esa misma noche. Afortunadamente ella se negó ante la postura del adjunto, sosteniendo que lo importante en el caso era curar la neumonía. Estaba convencida de que al erradicar la enfermedad la paciente viviría un poco más.
La joven fue medicada con antibióticos a niveles extremos por no poder desarrollar defensas contra la infección. La inmunodeficiencia retrasaba la acción de los antibióticos, esto no quiere decir que impedía totalmente su trabajo pero cualquier gripe era un alto riesgo. El tratamiento requería más tiempo del habitual para hacer efecto y poder curar la infección (neumonía).
Me dolió el corazón saber que necesitaban entubarla y no pudieron. Debían conectarla a un respirador (ventilador) mecánico para que sus pulmones pudiesen absorber oxigeno (al 100% de pureza para poder absorberlo). Sin la ayuda del equipo era difícil mantener la esperanza en el caso, -por eso la decisión del adjunto. Conseguir tal ayuda en un hospital público para una paciente en esas condiciones es totalmente imposible. La paciente contaba con una póliza de seguros y al saberse, de inmediato se dispuso a remitirla a un centro de asistencia privada, pero todos los que fueron contactados le negaron el ingreso. Los centros clínicos que cuentan con equipos sofisticados para tratar infecciones pulmonares no aceptan pacientes con VIH (mucho menos evolucionados al Síndrome [O sea, el SIDA]) porque asumen que todos morirán. Lo que acabo de decir lo he confirmado en la experiencia de muchos médicos, y al traerlo a conciencia la sangre se me enerva y me enrojece la piel…
El prestigio de los centros médicos privados puede más que los valores humanos… ¡Claro! Es que estos desaparecen ante la frivolidad hacia la enfermedad, hacia el Virus de la Indiferencia Humana (donde el agente infeccioso más peligroso es la estúpida moral).

Los centros asistenciales privados prefieren no ingresar pacientes infectados porque a los inversionistas, propietarios y demás fantoche no les gusta que en sus instalaciones mueran personas de SIDA. Para ellos, la reputación de su centro es más importante, tanto así que alimentan la vanidad de sus pacientes pues, también ellos prefieren encontrarse en un lugar donde no haya “riesgo” de infección con VIH.
En muchos centros hospitalarios estos casos se ocultan a la luz pública, obligando a los familiares a sentir vergüenza, a la vez que alimentan la lujuria y la ignorancia de las personas proliferando la discriminación. Yo me pregunto ¿dónde están los Derechos Humanos, o qué coño es lo que ellos hacen en casos así? ¡Ese comportamiento social solo reafirma la proliferación del Virus! ¡Es una total idiotez envolver con una nube moralista al VIH! ¡Esa neófita confidencialidad de mierda con la que se trata! Ello sólo sirve para encochinar de brutalidad a la colectividad mental. Ello permite que en el mundo las personas mueran así. Ello permite que la industria farmacéutica haga lo que le dé la gana con el mundo. En África se encuentra la mayor población infectada del planeta y es donde menos acceso tienen los cero positivos a los antirretrovirales. Es donde más caro son. ¡Es ahí donde está el negocio!
A mí es ridícula esa “esfera moral” que convierte al mortal VIH en toda una controversia colectiva. Las pasiones moralistas y la desinformación incrementan la proliferación del virus y ensanchan la insensibilidad. Todos dirán lo que dirán, pero estoy seguro de que si el VIH se transmitiese por otra vía que no sea el contacto sexual, la enfermedad fuese menos “chocante”. Nadie se fija que es el esquema del pensamiento moral el que evita que los médicos avancen en el tratamiento de la enfermedad, permitiéndoles garantizar el derecho a la vida a quienes también son seres humanos. Los matices de la moral son una infección tan arrecha que convierten a un cero positivo en un extraterrestre, peor aún; en un condenado.
No puedo entender por qué, en un mundo con tanta ciencia, profesionales de la medicina deben quedarse de brazos cruzados cuando desesperadamente intentan salvarle la vida a un paciente víctima del síndrome de la inmunodeficiencia humana. No me es justo saber, que un corazón de hierro como el de los médicos, tiene que quebrarse a sabiendas que su experiencia y sus estudios terminarán en el callejón de la desesperanza, porque tienen que decirse a sí mismos la frase que tanto odian: “ya no hay nada más que hacer”. Parece que ni la ciencia ni la cultura han podido fundamentar bases sólidas que ayuden a los cero positivos a salvarse, o por lo menos; a morir bien.

Y es que aquí no se trata solamente de un tema de prevención. Se trata del peo moral de las mentes colectivas. Siempre primero la discriminación por delante. Siempre son un puñado en el mundo los que tiene que soportar las etiquetas.
El miedo social es culpable de que una hermosa joven de 25 años, con toda una vida por delante, con una familia que desea verla vivir: caiga bajo el manto negro que no sólo destruye el sistema inmune sino también las esperanzas y la compasión, manchando la historia de su existencia. Hay que darle parte a la injusticia social, al desconocimiento, a la irresponsabilidad moral y el fucking moralismo mismo, pues son ellos los que logran que millones en el mundo mueran de esta forma tan horrible (bajo la demencial opinión colectiva).
Cuando una persona se topa con alguien que lamentablemente padece el virus, de inmediato sus primeros pensamientos recrean una cantidad interminable de prejuicios. ¡Eso le pasa por andar tirando!. Es una pena que a estas altura del calendario romano aún sean los prejuicios los que definan la historia que vamos escribiendo. ¡Sí señor! Son los mismos prejuicios los que evitaron que esa muchacha recibiera atención especializada en una clínica privada. No se le aplicó el tratamiento adecuado, no fue entubada no por el médico tratante, sino por el centro asistencial público que no contaba con el equipo y el centro asistencial privado que no quería ingresarla porque se rayaba su imagen. La gente no vacila para etiquetar. La gente asume sus cochinos pensamientos con placer. No hay forma de racionalizar sin primero sentir morbo. Indistintamente todo desembocará en la discriminación. La gente culpa, entierra y condena desde el primer plano mientras portan una ridícula postura filantrópica tan incongruente por lo que piensan. Son una constante colectividad de edad media.

¡Ya basta de tanto alboroto, de quedarnos ahí mirando! La prevención es importantísima pero no lo es todo. La atención hacia los que ya están infectados lo es quizás aún más. Hay que educar a nuestros hijos, hay que incentivar nuevas posturas del pensamiento para evitar que el virus del VIH siga proliferando en la humanidad en las dos tendientes (infección patológica e infección mental). En vez de estar pendiente de condenarlos debemos sensibilizar la situación incluyéndonos en ella. Hablando no se soluciona el problema, ¡hay que actuar de verdad! Dejemos de juzgar a las personas que por X circunstancia contrajeron el virus. Sólo así podemos erradicarlo de nuestra historia, tomando las acciones correspondientes, deshaciéndonos de los moralismos, extendiendo nuestras manos y obligando a que los gobiernos e instituciones investiguen hasta encontrar la vacuna.
Usted se preguntará a estas alturas ¿a dónde quiero llegar? Yo le contesto diciéndole: sinceramente quisiera que el VIH no fuese una terrible enfermedad mental en la sociedad, que nos impide ayudar a quien lo necesita. El que le hayan cerrado las puertas a una joven de 25 años por padecer SIDA me provoca un amargo dolor tan inexpresivo, que como se dará cuenta es poco a donde me ha hecho llegar. No quiero aquí haberles transmitido “conocimientos de prevención y tratamiento de la enfermedad”, yo sólo quiero que tendamos la mano sin juzgar. Es poco lo que pude haberme dado a entender, pero sé que usted paradójicamente entendió entre tanta habladuría dispersa y fuera de un punto crítico.
Sé que ni convirtiéndome en Honoré de Balzac lograré narrar lo que los ojos de mi pareja vieron en esa guardia, aunque conserve las impresiones del momento, cuando ella le decía “vamos, respira… no te rindas” desesperada, viendo cómo la joven se aferraba a la vida sosteniendo con las pocas fuerzas que aún traía consigo la mascarilla del oxigeno, y respondiendo con dolor: “sí do… doctora… yo… yo… vo, voy a… vivir”. Yo me aferro a la vida porque aún estoy aquí. Aunque tengo tales impresiones en mi cabeza, jamás lo llegaré a reflejar tal cual, y por ésta certeza, sé que ustedes tampoco jamás lo verán… por eso les deseo salud con toda mi alma, agradeciendo que en el mundo hay personas que pueden más que las controversias de la sociedad.
Hoy agradezco a los médicos valientes que contra todo pronóstico no se rinden. Hoy agradezco que sin esos valientes vestidos de blanco, nos sería imposible ver otro amanecer, como el que seguramente hoy vio aquella joven llamada Ana, que no está del todo fuera del peligro de la neumonía y que todos esperamos que salga de ella… y que hoy, aunque a nadie le parezca importante, agradece con todo su corazón que la doctora le haya permitido ayer 27 de mayo de 2008, vivir un día más… antes de bajar la guardia.

Que el Universo los Bendiga a Todos.
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NotasDelPost: El agradecimiento es total y completamente sincero, a todos aquellos profesionales de la medicina que ponen sus manos al fuego con tal de permitir que la algunos tengan otra oportunidad para comerse un helado y para echarle la bendición a sus hijos. Sin ellos no sería posible cierta longevidad en un mundo tan contaminado como éste. Por otro lado, felicito a los valientes que cada día sobreviven y batallan el virus de la inmunodeficiencia humana con ahínco, ignorando a quienes los discriminan injustamente. Les pido a través de éste post –aunque no lo lean- que nunca se rindan, porque siempre, podrán apreciar con mayor valor que los demás los nuevos amaneceres. Por otra parte, más que una Crítica como tal (muy posiblemente no tiene la estructura de las "críticas"), este escrito libre lleva más consigo de lo que realmente aparenta.
AudioPost: Sergei Rachmaninov -|Three Symphonic Poems|- The Rock Op. 7 / The Isle Of The Death Op. 29 / Prince Rostislav (1891).
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"Las Estrellas Se Alcanzan"
::Ed:: y ::El Impío::














