
No has de imaginarte lo doloroso que ha de ser para un corazón cuando me miras con esos ojos. En esos momentos, en que mis manos tratan de tejer resalías colgadas en nuestros balcones, para adornar cada pedazo de aquél espacio que se apodera de nuestras doctrinas. Un sutil movimiento de tu pelo ondulante, que me esquiva la mirada, amarga mi garganta en una forma que no sé explicar. ¿Cómo decirlo? Si me suenas a puro interés, cuando veo que no aprecias esos pedazos de torta que te corto con mis venas, jurándote mis lágrimas en un momento cuando la luz te baña de belleza.
Labrando, la fortuna para llenarte de promesas rentables, por ese deseo escondido que tengo de hacerte el amor. No puedo atrapar tu atención con las poesías de mis uñas. No puedo verte a los ojos para notar la decepción que te genero cuando me ignoras en mi faena. Solamente te importa lo que sale de mi frente, la ganancia que genera estar días en un lugar cumpliendo órdenes. Y yo, que aprecié cada pedazo de ti, para hacerte sentir agraciada cuando los cangrejos del mar cruzaban los callos al nado volador. Que te vi tejer poco a poco los cimientos de una escalera que apasiona la mirada de nuestros niños, aquellos que bailan con la esperanza de recibir un bocado.
Tanto que quería saber, que me enseñaras ese poema digno de tus colirios, pero desprecias los míos, porque sólo me miras en pena. En la sombra oscura que me arropa claramente cuando no tengo nada en la mano. ¡Pero mis manos crean! Hacen caminos bonitos solamente para ti y para mí, ¿por qué es tan difícil que los notes? No puedo llorar por la verdad.
Quizá tengo que resignarme, porque esta noche, es una de esas noches más en las que estaré frente a esta pantalla salga de aqél otro lugar, porque llego a la casa con las manos vacías. Esta noche nuevamente dormiré lejos de tus besos, porque en mis bolsillos solo hay papeles doblados.
Y escribiré mis penas una noche más antes de acostarme, sin reprocharte nada, para ver si así algún día comienzas a apreciarme por lo que soy, por lo que nace de mí, y no por lo que tengo.
Cierro mis ojos en el pensamiento, de poder oírte decir “te amo” cuando te dirijas a mí, y no ese triste cántico de demonios pequeños que siempre me dices. Ese inaudible “¿que pagas?” que me hace huir de ti.
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"Contigo a veces, las estrellas se alcanzan"
Ed.




