Cucina Italiana (Pasteles Calientes de Queso Crema).



Italia 1938.

        En una ocasión cuando niño, sonrosado por el sol de Italia sobre los acantilados, llegué a comer  esos pastelitos rellenos con queso crema. Siempre tuve curiosidad de saber –como buen estudiante de secundaria–, por qué no se derretía el queso crema dentro del pastel cuando lo freían en la sartén ardiendo. Un día en mi ignorancia llegué a casa de la cocinera del pueblo, quien era quizás la más querida de todo el lugar por ser quien mejor los preparaba. No había mujer que se le comparase. No existía nadie que lograse su calidad única artesanal. Tenía unas piernas grandes formadas de largos muslos jazmín. En mi curiosidad la observaba con detenimiento, distrayéndome con sus senos, pues como buena italiana, acostumbraba a cocinar en camisón sin corpiño.
        Del frigorífico sacaba un enorme trozo de queso crema para untarlo sobre la masa de los pasteles, pero antes de armarlos, sazonaba el preparado con sendas cantidades de albahaca y perejil, las cuales hundía sobre el queso con sus dedos rojos. El olor de la cocina se confundía con su olor de mujer; sus manos maduras, laboriosas, fuertes, robustas, jugaban rígidas con su apretado pecho. De caderas simétricas hacia su cintura, no parecía tener 47 años. A su edad, aquella mujer era la envidia de cualquier muchacha de 25, quienes desesperadas, soñaban con tener ése cuerpo firme como una escultura hecha para devorar hombres.
        Ella nunca se percataba de que estaba a sus alrededores. En esos años yo era apenas un chiquillo travieso que no entendía por qué el queso crema del pastelillo no se derretía cuando lo arrojaban a una sartén hirviendo en aceite.
        Muchacho púber, no podía controlar mi excitación al verla trabajar. Me había aprendido el proceso de preparación al mínimo detalle. Sus sudorosos brazos canela moldeaban en el aire la masa, tendiendo la misma sobre el mesón, enharinándola, para luego comenzar a estirarla con un rodillo de caoba. Ésta era la parte que me hipnotizaba. Al verla haciendo flexión me ardía el entrepierna justo cuando sus senos se ergían entre sus hombros y antebrazos imprimiendo fuerza hacia adelante. Sus monumentales tetas se contorneaban entre sí voluptuosamente, rígidas, avilantes entre las inhalaciones de mi imaginación. Mis recientes y tupidos vellos emergían de mi inexperiencia erizándose. Su olor disperso en el aire, olor almíbar de transpiración femenina ligado a especies de cocina ahora ahogados en sudoración adolescente, me transportaban al éxtasis que sólo era soportable cuando mordía mis labios al compás del rozar de sus pezones sobre la blanca tela traslúcida del camisón sin corpiño. Teniendo la pasta lista, relajaba sus brazos para dejar notar involuntariamente el sutil ir y venir de sus caderas. Se movía hacia la mesa detrás al lado frigorífico, donde tenía colocado el trozo de queso ya aderezada. Seccionaba trozos pares y ordenaba estos en una bandeja que luego regresaba al mesón donde estaba la masa ya extendida.
        Su habilidad con las manos era de envidiar. Ojos de maestra, eximidos de equivocaciones, cortaba siempre los trozos exactos. Caminaba organizándolo todo antes de iniciar el armado de los pasteres, y cuando lo hacía, descuidadamente permitía que mis ojos se nutriesen con la simetría sincrética de sus glúteos prominentes, desnudos al mirar y ante la luz del sol colada por la gran puerta lateral. Su silueta condensaba su forma de caminar en un movimiento expresivo pero a la vez artesanal. Sacaba de la despensa una herramienta de forma circular que utilizaba para cortar la masa de los pasteles, y con la misma erótica dispuesta para el extendido de la pasta, cortaba alternando sus brazos cada una de las piezas moviendo sugestivamente todo lo que ella era.
        En una de esas maniobras logré para mi deleite, oler directamente y sin condimentos, el aroma que brotaba desde el visible vello púbico debajo de su vientre. El Monte de Venus. Rubio, con sabor a oro, brillaba bajo la luz cubriendo los carnosos labios libres de bragas. Labios que se mordían a sí mismos al estirar el queso sobre la pasta, mientras yo escondido y exaltado deseaba mordérselos. Me sentí perdido en el delicioso aroma de su feminidad pero a la vez, temía que me descubriese. Sus ojos duros como la vista, se concentraban en la posición del cortador de pasteles, cerrándolos y colocándolos luego en una fuente. Pero en ese momento, mi distracción se disipaba, y justo allí encontré el secreto de su arte.
        Al cerrarlos presionándolos contra sus propios bordes, los pasaba por una fuente con agua muy fría y luego en una bandeja los llevaba al congelador. Ella almacenaba de un día para otro los pastelillos que, al mojarse formaban una capa muy delgada de hielo al poco tiempo de ser guardados en el congelador. Así se endurecían rápido. La humedad externa de la masa formaba una costra que evitaba que el centro del pastel se resquebrajase. Al siguiente día, disponía de sus reservas de pastelillos congelados como rocas y sin dejarlos reposar fuera del congelador, los sumergía en una paila con aceite. El efecto era evidente, la transferencia de calor entre la masa y el aceite que generaba la cocción del primero, ecualizaban la temperatura en el queso, encontrando entropía sobre el punto de calor evitando ebullición en el queso. Éste no se fundía. El aceite por otro lado bajaba la temperatura al ser inundado con las piezas, pero este efecto no era imediato y además, prevenía también que se desarmacen. Con el fuego alto volvía a subir lentamente, y al alcanzar un punto crítico cuando las temperaturas igualaban, la masa estaba lista y los pasteles eran retirados del sartén con pericia.
        Así entonces llegué a saberlo. Supe por qué no se derretía el queso dentro de la masa de los pastelitos fritos. Así fue también cuando supe cómo era una mujer en la cama, pues con el pasar de los días me atreví a ir con más frecuencia a estudiar los principios del calor en la alta cocina, y un golpe del azar frente a su anatomía desnuda sucesivamente dio con los días soñados de estar entre brazos de semejante mujer, quien no sólo era experta en la cocina artesanal italiana, sino también una maestra haciendo de un adolescente un hombre dentro de la fiereza de sus sabanas.
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"Las estrellas se alcanzan"

Ed.

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