Respuesta a "Mesa del Escritor" por Eduardo Gómez Toro.



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      Siempre los absolutos son complicados. Quizás por nuestra condición de esclavos modernos hemos perdido la capacidad creadora del lenguaje, relegándola a un simple adorno, a una "pieza de arte" muerta, o encerrada en un libro, en una biblioteca, o en la red binaria. Entender al lenguaje y a la creación literaria como un espejo del mundo es algo que no nos conviene, sobre todo por el hecho que sólo somos lo que realmente somos en privado, en secreto, es ahí donde realmente hallamos algo de verdad en éste escenario tan cínico y cruel.
      Por mi parte, y siendo atingente al tema de tu escrito, puedo compartir que tengo conciencia todo el día de mis pensamientos y mis creaciones poéticas, sin embargo, el gran trabajo es poder ordenarlas y que se realicen en un escrito. Quizás, como decía Neruda, uno siempre está encontrando piedras para moldear, ideas para expresar, pero lo importante es la artesanía, eso tan rico que permite explorar con la creación ―una vez obtenida― la más mínima idea de lo que se quiere expresar. Sin embargo, es cierto que a veces el mundo nos aleja de ese proceso y empezamos a ponerle apelativos a nuestros momentos; se nos fue la musa, no tengo tiempo, etc.
       Concuerdo contigo que eso es una absoluta estupidez. No obstante, hay que tener cuenta también que, si realmente queremos explorar con la creación, no nos conviene mucho aferrarnos a absolutos. A fin de cuentas se seguirán lanzando botellas con algo de nosotros dentro con esas ganas que obvian el pudor, es decir, con el único fin de crear… sin mayores preámbulos ni certezas absolutas.
       Buena reflexión hermano.
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Eduardo Gómez Toro.
http://duardian.blogspot.com

Mesa del Escritor.


Fotografía de @cannibalita

-----Hoy es el Día Internacional del Escritor, y acabo de preguntarme –como si fuese un ser que está fuera de mí y me entrevistase– por qué no he escrito más. Inmediatamente recordé a Susan Sontag.
-----En su ensayo “Estética del Silencio” concebí que es necesario apartarse. La introspección, la contemplación; esas cosas. Madurar las ideas, aislarse de otras o sencillamente refinarlas. Quizás no lo debería decir yo. Debería optar por citar o “dar” una idea de lo que otros han dicho al respecto, por ejemplo: Javier Marías afirma que el escritor debe aislarse de sí mismo, que no es un cliché el tener que encerrarse en un cuarto para escribir, pero también debe encerrarse fuera del mundo para no hacerlo. Cioran opina que toda intención de comunicación es obscena, más en primera forma; escribir. Wittgenstein decía que la filosofía se practica como una forma de arte, esto incluye el exilio.
-----Así, muchos optan por pajas espirituales, búsquedas del yo interno, refinamiento cognitivo y todo ese pocotón de güevonadas que muchos utilizan –como en éste caso lo estoy haciendo yo– para escudarse, excusarse y decir por qué no han escrito y no están haciendo lo que en teoría deben hacer.
-----Precisamente ese no es mi caso. No escribo porque no quiero hacerlo (o no lo siento. Dígame esa mierda de “es que no me baja la musa”. Qué cagada). No me cierro al mundo, pero sí cierro la puerta de mi casa literaria para que no entre a ella el mundo. No me aíslo del mundo en una especie de exilio filosófico que al final resuelve en una depresión humana de lo más patética. Yo sencillamente tranco con llave y protejo lo mío mostrando los dientes. ¿Que por qué lo hago? Es obvio que es mi problema y no es que tenga ganas de compartirlo con alguien, pero, en una escalada de excepción, la respuesta es muy sencilla. Hay que observar el mundo pero no hay que infectarse de él. Hay que sencillamente vivir el mundo, y mientras lo hacemos, tenemos que resolver el bendito problema del sustento, más claramente, cómo hacer para mantenernos. Esto no debe ser un tabú ni mucho menos motivo de vergüenza. Tal vez si no lo fuese, el estereotipo de que los escritores toda su vida serán pobres si sólo se dedicasen a escribir no existiese. Hay que trabajar. Es el nuevo milenio, y si no trabajas no comes. Así de sencillo, sin miramientos y sin eufemismos, pero tampoco ello tiene que ser un problema.
-----Es mentira que una obra literaria se conciba en una oficina de trabajo en ratos libres. Eso es putear a la literatura. Relegarla. También es mentira que en vacaciones terminarás las novelas pendientes. Sencillamente tienes que trabajar, vivir. Hacer todo lo diligente y relativo que implica tales hechos para luego encontrar la fórmula particular de hacer parte de tu sustento la actividad literaria, porque la literatura, las ganas de crear; también debe ser un trabajo. Trabajamos para comer, ¿qué mejor entonces que escribir para comer? Por lo menos en mi caso. Entonces, sin dar vueltas y siguiendo la línea sencilla y clara de esta mierda que escribo, como escritor no permito que todas estas cosas fuera del compendio de la creación y la composición literaria se asomen siquiera a esa parte sagrada de mi ser. El mundo no toca lo que escribo, pues yo (d)escribo el mundo que me rodea.
-----Escribo no cuando tenga tiempo o cuando salte de un trabajo a otro, escribo sencillamente cuando tengo que hacerlo. Esos días en los que tiro todo a la mierda y nada importa. Esos días en los que me alimento de mis propias historias escritas.
-----Tú interprétalo como te venga en gana. Yo al final de todo me entiendo.
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"Las estrellas se alcanzan"

Ed.

El Cuervo Mecánico



Son las siete de la mañana y Julio tiene que abrir el libro. Maldición, otra vez. Esa maldita prosa inentendible, con esa cantidad de horrores ortográficos. Sí, horrores, porque eso es lo que escribe ése hijo de puta.
«¿Quién es?», se pregunta, como internalizando la cuestión del conflicto intrínseco. Cosas del trabajo temprano. Quizás el primer café de la mañana no es realmente lo que la gente dice. ¡Ah! Es cierto, Julio ya se había tomado ese café. Fue cuando mordía aquellas arepas con huevo, parado en la cocina de su casa. Bueno, la habitación alquilada donde vivía, que estaba dentro de una casa donde vive una vieja culo verde que lo único que hace es joder. Según él. Pues realmente la señora es un amor y no se mete con nadie. Sólo porque vea televisión todo el día no la hace una mala persona.
Además, no tiene hijos.
Como iba narrando, parado en la cocina de esa casa. Una costumbre que se trajo de la ciudad de Caracas. Allá la gente acostumbra a comer parada, leyendo el periódico en las miles de panaderías regadas por toda la ciudad. Un marrón y la cuenta; el habitual intercambio de palabras entre clientes y portugueses (ciertamente no todos los dueños de panaderías en Caracas son portugueses, también hay italianos).
Ahora son las diez de la mañana y Julio no ha pasado de la página cinco del manuscrito. Dentro de un rato llegará Gonzalo. Sí. Obviamente le preguntará cómo va eso. Es tan básico como eso del marrón y la cuenta en Caracas.
―Éste trabajo es una mierda.
¿Pero cuál no lo es?
―Julio, Julio… ¡ven acá un momento!
No es Gonzalo. Aún no ha llegado. Entonces Julio se levanta de la silla y deja el libro a un lado. Camina recto hasta la oficina de Susana y la ve, otra vez, de piernas cruzadas con el cachito en la mano y el mocachino en la otra. ¿Qué quieres? No. No le hace esa pregunta, pero su mente reprimida la recrea exacta. Considerando los formalismos del ambiente laboral, la saluda como se debe. Un besito en el cachete y ella le aprieta el hombro. No se calla. Habla más que una lora. ¡Sí! Los loros no hablan, repiten. Entonces Susana lo único que logra hacer en su discurso es repetir. Normal, pues uno aprende y repite. Así de simple. ¿Viste la película? Coño, lo que te pierdes.
―No puedo. Estoy todavía corrigiendo “Análisis Transdisciplinar en el Contexto de la Práctica Científica”. Me lo llevé pa’ la casa y tú sabes cómo es. Antes de dormir trato de corregir aunque sea dos páginas. Rodrigo me presiona porque ya casi es el plazo para diagramarlo pero tiene que esperarse…
O sea, yo no quiero escuchar todos tus problemas pana. Si más bien tiene los propios para contar. Cruza las piernas. Esas piernotas. Todo el mundo en la oficina se la quiere coger. Aunque otros afirman haberlo hecho, pero charadas. Susana decide qué coge. Y sus ojos puestos frente a su corbata no logran delatar la intención. Pero no te pierdas una sola palabra de su discurso. Sé que tienes que terminar una obra que relata la ladilla epistemológica más innecesaria del mundo, y en la mañana, meterle el ojo a la novela de un escritor fantasma que ya es famoso gracias a un premio pantalla que organiza una editora de renombre en el país.
Lo sexista fue innecesario pero había que decirlo. A veces los hechos corren a la sazón del azar y uno sólo debe cumplir con contarlo. Claro, tampoco es que esté narrando una escena sexual, fue sólo una alusión a lo que inspira Susana. Julio lo sabe muy bien, pero en su cabeza se asoma la migraña, más cuando se siente incapaz de entender las palabras de esa mujer. ¿Cómo llegaste a ser Jefa de Edición, muchacha del coño? No formula la pregunta. La mira con cierto recelo. No la desea por simple venganza. ¡Claro! Como ella gana una bola de billetes sin hacer nada estando sentada ahí hartándose de cuanto cachito y mochachino se le atraviese, pendiente de echarle todos sus cuentos a quien pase. En especial a quien le guste. Seamos claros. Eso sí me lo permito ser.
―¿Vos estáis todavía con el libro del profesor Ender? ¡Ay Dios, Julio! Gonzalo se está haciendo el loco, pero ahí hay unos cobres. Parece que el viejo va a hacer un viaje a una universidad en España y le van a dar un premio de esos.
Ya lo hizo. Digo, el viaje.
Es que ni tiene la delicadeza de reconocer el mérito cuando lo tiene frente a sí. La Universidad de Santiago de Compostela y ese premio es un doctorado. Se lo ganó el muy hijo de puta por el libro que aún no se ha publicado. El que se llevó Julio pa’ su casa  y del que Gonzalo quiere sacar la tajada. No lo imprimirán en España. El flete desde Venezuela hasta allá le dejará buenos dividendos. El muchacho es hábil. No tiene idea absoluta sobre literatura pero sabe menear el negocio. Ha sido mejor que su padre. Se quitó ese mojón mental de encima, específicamente el que estaba escrito en la política de publicación de la empresa. Ya no hacemos poemas y novelas, ahora imprimimos de todo. Y nada más y nada menos que nos ganamos un contrato con el Dr. ese en Ciencias Sociales. Dicen que es el más influyente de éste país, pero siempre dicen eso en estos casos. ¿Qué digo? No es así. Me refiero a cómo lo estoy narrando. Es así; logró blindar el contrato de publicación del fulano académico ese y nadie más que su editora lo puede imprimir. Incluyendo en el mundo, en otro planeta y creo que en varias galaxias cercanas también. Sabe que la obra venderá. Hay muchos interesados en ella. Más que todo esos estudiantes que admiran tanto al viejo y que están locos por refutarlo.
Gonzalo sí sabe cómo hacer negocios.
―Me dijo que iba a aprovechar el primer tiraje de distribución para meter en España la novela de Víctor.
Sí. El amiguito de él que cree que escribe que jode.
Se ganó un premio pantalla, pero ya ustedes lo saben. Al menos hice alusión a ello. Por cierto, Susana muestra sus piernas no sólo en la oficina sino en Facebook. El perfil es privado, pero tiene más de mil ochocientos amigos. No es que tenga algo contra ella, pero es de esas mujeres que nomás están pendientes de enseñar las tetas. Sí. De las que suben fotos con ángulos tú sabes cómo para que se le noten las pechugas. No es sexista. Estoy hablando con la realidad de los hechos. Además es odiosa. Julio bien lo sabe. Además yo soy su creador y sé cómo son mis personajes. Volvamos al punto por favor. Julio regresa a su escritorio, no llegó a nada absolutamente productivo con la supervisora que no lo supervisa. Él está al exclusivo mando de Gonzalo. A sus servicios. Víctor también lo chalequea, pues tiene su novela y la corrige.
Una novela absolutamente mala. Lo dice un escritor novel de incognito –ahora “corregidor” de libros de otros– que tiene un blog y una popular cuenta en Twitter pero nadie sabe quién diablos es. Sus seguidores lo retuitéan y lo favéan muchísimo, pero cuando se dispone a investigar cómo publicar tan siquiera una de sus novelas, o esa selección de poemas que todo escritor novel siempre tiene y cree fervientemente que le salvará la patria pero resulta que no lo hace; se deprime. Nadie quiere leer poesía. De hecho, hay muchos ensayos del tipo epistemológico o digamos, racionalista-científico, que explican por qué nadie quiere leer poesía. Y estemos claros, nadie en Twitter hace poesía, así que el argumento de que sí leen poesía en la red social más famosa según los escritores noveles, es totalmente incorrecto. ¿No? Yo te apuesto que Augusto Monterroso y Gabriel Jimenez Emán sufrirían las mismas calamidades que Julio si tuvieran cuenta en la dichosa red esa. ¡Ponlos en una cuenta Twitter para que veas cómo les acarician el ego pero nadie reconocerá realmente su trabajo! Nomás están pendientes del retuit y el fav para ganar más seguidores. En fin. Julio no sabe qué hacer, así que lo único que encontró fue ese trabajo.
Corrector Ortográfico. Escribano. Escritor Fantasma. (Eso último no). Algo que se define pero no tiene definición. Gonzalo, Víctor y Susana saben qué es lo que hace Julio; es el tipo con el suficiente sentido crítico y paciencia como para calarse el macán de leer una novela o cualquier otro libro, digamos también que un manojo de letras impresas en hojas tipo carta por montones, para decir sí va o no para el baile, entendiendo que su criterio al final no valdrá nada, pues es Gonzalo el que decide y él sólo tiene que dedicarse a ver cuál palabra está mal escrita o peor; a cual le falta el acento y a cuál no. (¿Ves la ironía? Julio lee éste cuento y corregiría la acentuación de la palabra “cual” escrita después del punto y coma de la frase anterior. Le pondría la tilde en la “a” porque se trata de una interjección. Yo me entiendo).
En lo que respecta a semántica, figuras lingüísticas, narrativa y todo lo que implique teoría literaria y sus escuelas, en la editora más famosa de Maracaibo no vale nada. Pues el verdadero valor es si el libro vende o no. Así que Julio se salva de ponerse a escribir ensayos o a hacer análisis técnicos sobre la obra a publicar. Tildes, palabras mal escritas y más nada.
Toma otra vez la novela. Página cinco. Gonzalo le escribe un mensaje de texto y el celular se lo avisó hace cinco minutos. «que paso mijo como vays con el libro de ender mira que ya rod necesita diagramarlo por que ay que mostrárselo al viejo, dale ponete las pilas!!!!!!». El coñazo de los errores ortográficos en el mensaje de texto le acentuó la migraña a Julio. Se le dificulta la tarde y le quita las ganas de almorzar. Un muchacho con tanto talento. El Cuervo Mecánico, como le dicen alguno de sus amigos y como le dice también Gonzalo. ¿Por qué él lo sabe? ¡Ah! Tú sabes. Socializaron una vez. Tenía como tres meses en la empresa. Julio es de esos estúpidos que cree que un tipo de negocios como Gonzalo lo iba a ayudar a publicar sus novelas. Pero resultó que el pana vio tremenda oportunidad para explotarlo.
―Dale mijo, trabajá conmigo.
No es un ratón de laboratorio. Es un Cuervo Mecánico. Sabe muy bien moverse por las palabras. Ha leído demasiado y todo lo que pasa frente a sus ojos arma un escándalo. Lo entiende todo. Y como es demasiado inteligente, demasiado sabio; aceptó el trabajo. No tiene plata y no le van a publicar su novela ni la selección de poemas “salva la patria” porque no va con la filosofía de la editorial. Tú sabes papá, esto es un negocio y hay que saber moverse. Recibió una explicación sumamente innecesaria y larga del por qué se llegó a esa conclusión. Hay que hacer un concurso. Hay que tirarte por la radio. Tienes que escribir uno que otro artículo de opinión en los diarios y si no tienes contacto ahí estás jodido. «Trabajá» conmigo porque, yo te pagaré algo fijo. No tenéis que esperar a que te llegue un cheque ―si es que te llega―por tus derechos (¿cómo?), pues no sabéis si tu obra se está vendiendo y si no se vende, las librerías la devuelven y yo pierdo esos cobres. Además, no tienes idea de cuánto cobran por poner un libro en un estante. Sin contar que los libros que están en los estantes de la entrada son el imperio de las “grandes” casas editoras. Ningún negocio artesanal como el de Gonzalo se puede hacer con un espacio para colocar los libros editados por ellos ahí. Quizás la suerte cambie con el libro de Ender. Pero seamos claros, ese negocio es de Gonzalo así que por ende[r] él será el único beneficiario en éste peo.
El Cuervo Mecánico aceptó el trabajo y ya tiene tres años en él. No es un ratón de laboratorio. Él sabe lo que hace. La producción de su blog bajó y los tuits sólo encuentran espacios de publicación en ciertas horas del día. Muy pocas. Como la frecuencia de tuitéo bajó, obviamente los seguidores se fueron. Además, si no haces mention a los que te siguen más rápido los perderás. Al igual que pierdes la oportunidad de trascender en cuanto a literatura se refiere mientras estés sentado ahí como un huevón a la merced de Gonzalo, creyendo que Twitter será tu inevitable estrellato. Susana se burlará de ti ―obvio―, y si algún día te llega a coger, te tirará como un trapo viejo. Entrégale a Rodrigo a tiempo las correcciones porque para echar paja él es el mejor. Y a Víctor, algún día tendrás que ser lo suficientemente hombrecito para meterle un coñazo.
Llegó a la página veinte y la espalda le explota. Gonzalo está en el ascensor. No puede con la tanta absurdez de una novela que le dejará al “editor” una millonada cuando quien se revienta leyéndola por primera vez (el Cuervo Mecánico equivale a lo que se conoce como Comité de Lectura), corrigiéndola y reescribiéndola; ganará el mismo sueldo.
De repente, la página veintiuno cambia totalmente la métrica de la novela. Sin explicación perenne se hace buena y aprovecha para meterle aquél sopetón de cachetada que sólo un Cuervo Mecánico puede recibir. Gonzalo llegó. Se paró detrás de él. ¿Qué pasó mijo? Sí, se lo preguntó. Así, a secas. Evidentemente con la correcta ortografía porque lo pronunció bien, y cuando se trata de la interpretación virtual que implica a las palabras habladas uno se imagina la cosa bien escrita. O hecha. No sé. Ustedes ven qué deciden. Son libres de emitir juicio.
―¿Qué es esto?
―La novela de Víctor. ¿Qué pasó, por qué tenéis esa cara? ¿Ya terminaste lo de Ender?
Julio se levanta tan rápido y con tanta fuerza… que la silla chocó con el escritorio y tumbó un manuscrito de otro trabajo universitario que también le iba dejar buenos dividendos a Gonzalo.
―¿Tú me puedes explicar por qué Víctor escribió esto? ¿De dónde lo sacó?
Gonzalo hace una mueca. Es cínico. Tiene un negocio. Tiene que serlo. Sabe muy bien cómo ser cínico e hipócrita y hacer que funcione. Que la gente lo tome por buena gente y aplaudan todas y cada una de sus decisiones. Ello implica sus actos. Es decir, es el tipo de carajos que hace el ridículo en una fiesta familiar y todo el mundo se ríe. Le jalan bola porque tiene cobres. Una camionetota y una casa en una zona de Maracaibo donde vive gente de plata. Al menos ése es el estereotipo que suele colocar la gente a esas zonas. Retrocede un poco pero se hace el loco. Julio le muestra la página veintiuno, recordando que aquél día, hace tres años mientras socializaban en un local nocturno de la ciudad, el Cuervo Mecánico le entregó un sobre cerrado con el manuscrito de su segunda novela al empresario que él veía con mucho amor y esperanza. Así como actualmente ve su cuenta en Twitter. Su tablita de salvación. ¡Muchacho ingenuo!
Recuerda claramente que su jefe guardó el sobre en su bolso. Ese que siempre lleva consigo y donde guarda vainas que nadie sabe por qué guarda pero parece que lo mantienen feliz, estresado y acelerado.
No importa. Ahora él sabe que ese es el único manuscrito de Víctor. El que tiene en su poder. También recuerda que el amiguito del comerciante (pues es lo que parece) es imbécil y no guardó una copia del mismo. Inmediatamente lo toma y le escupe un ojo a Gonzalo. Bueno, no lo hace. Lo pensó. Así como pensó varias cosas cuando hablaba con Susana y no las dijo. Por cierto, ésta estaba almorzando con Rodrigo. Julio se había quedado solo leyendo, obstinado, sin percatarse de los movimientos de la oficina en Cinco de Julio. Irónico, ¿no? ¿O paradójico? Ustedes dirán.
Gonzalo se queda callado y congelado frente a su empleado. A pesar de su poder de comerciante es lo suficientemente cobarde para no decir nada. Tampoco leyó aquel manuscrito en sobre cerrado que guardó en su bolso (ni se acordaba quién se lo había dado). El Cuervo Mecánico, por su parte, no siendo un ratón de laboratorio ni mucho menos uno de biblioteca, recoge todas sus cosas y se dispone a irse. Sin más. Adiós a la mazmorra. Me extrañarán. No sé qué coño irás a hacer con el hijo de puta libro del cabrón de hamaca de Ender. Al cabo que leer ese tipo de mierdas sólo atrofia la cabeza. Sí, como narrador también estoy molesto y por ello me tomo la libertad de imprecar.
Julio siente ganas de azotar la puerta pero tiene lo que le interesa en sus manos. No me refiero al manuscrito, sino a la agenda de Gonzalo. Esa, donde hay en registros una cantidad valiosísima de datos. Sobre todo correos electrónicos y teléfonos de otros editores interesados en hacerse de un contrato como el que el viejo Ender ofrece. Sí. Es que la fe que le tiene el viejo al escritor novel ―corrector― que no halla la forma de publicar sus novelas es lo que logró que le depositara confianza a Gonzalo. ¡Pues claro que cuando le eche el cuento irá a donde Julio le recomiende! Ese viejo zorro no había firmado el contrato. ¿Cómo iba a hacerlo si está en España? Mañana lo llamo. (Me refiero a que Julio lo dijo).
El viejo sabe que él es el único con la paciencia suficiente para leer su obra. Leer, ¡ah! Ahora una ventaja circunstancial en el muchacho. No azotó la puerta y los contactos están consigo. Baja las escaleras y viene Susana por el pasillo pero sin Rodrigo. Va tomada de mano con Víctor.

¡Ah! ¿Que qué pasó? Pues, el Cuervo Mecánico, como le aconsejé, fue lo suficientemente hombrecito y le metió un coñazo en la cara a Víctor. Precisamente en el ojo. Lo dejó desmayado en seco en el piso mientras se fue a otra editora con el contrato de Ender en mano, adjuntándole la publicación de su segunda novela como condición para cerrar el negocio.
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Notas: Éste cuento me lo inspiró un amigo en Twitter (@CorvoMecanique) y otras circunstancias. Los personajes y sus situaciones son completa ficción y no representan ciertamente a mis amigos. Espero que hayan disfrutado el paseo.
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"Las estrellas se alcanzan."

Ed.

Preludio Cinco.



-----―Sí. Yo todos los días viajo a Rusia.
-----―¿Y cómo es?
-----―No sé, no sabría cómo describírtelo. En realidad no veo mucho. Las calles son ralas, extrañas, repletas de gente. Hay pocos vehículos y mucho silencio. Allá sólo se escucha el piano.
-----―Ah. Y… ¿qué es lo que suena?
-----―Rachmaninov. Sólo Rachmaninov. Él es quien me acompaña en esas largas caminatas cuando estoy en Rusia. Me deja ver los árboles en los parques. Parques de los cuales no sé ni el nombre. Plazas largas, viejas, callejas rojas y rotas, de las cuales sólo puedo apreciar lo mejor cuando cierro mis ojos. Él, me toma de la mano. Es tímido a veces cuando lo hace. Me hala por el brazo cuando cree que tenemos que acelerar el paso. Me lleva a esos rincones que tanto me gustan. Que tan complejos me son describir.
-----―Impresionante. Quisiera ir.

-----¿Qué crees tú que puedo hacer para ir contigo a Rusia?
-----―No sé. Quizás si cierras tus ojos. A lo mejor así. Quizás si te dejas llevar por su música, por esa suave y sencilla música, llegues conmigo tomado de la mano y veas esos campos largos, sólo cerrando tus ojos, y soñando.

-----Sólo así, quizás, un largo rato que entenderás mejor que nadie acá.
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AudioPost: Segei Rachmaninov - Prelude Nº 5 Op.32 (By Valentina Lisitsa).
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"Las estellas se alcazan... ¿verdad, Rach?"

Ed.

Trazo Vertical.


Fotografía de @cannibalita

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―Su futuro es muy intrincado, señora.
―¿Qué, cómo dice?
―Que no se puede vivir sin él. Por favor, ¡bájese!
No se puede pretender vivir en una estación de invierno como en una estación de metro. Igual un ascensor impera en la inquietud del movimiento. Así el tiempo, así las cosas, así ese corto mensaje, se mueven desde el presente hacia un final. ¿No? No. Ahora suenan las cadenas intercaladas entre gomas. Cables, mareo, puertas y un ventanal inmenso conforman un gobierno total regido por la verticalidad. No había mucho que esperar. Como todos los días, exceptuando los de descanso, era un día más de trabajo. Un día más de discusión, de amor no correspondido, de proposición.
―¡Pero, usted está loco! ¿Cómo es eso de que si no me enamoro de aquí a arriba no podré subir con usted? Hay que ver, lo que se inventa la gente loca, pues.
Él observa con detenimiento sus manos. Se fija en cómo estas intentan tapar esas tetas. Su busto rebosado, atraía la incisiva cuestión de la excitación, como si en algún momento reventase el prisma de la cordura y el autocontrol.
La mujer se niega a bajar. Él le dice; señora. Así no más. Ella toma su cartera y saca un pequeño lápiz. Anota una especie de dirección en su mano dejando descubierta su piel, no le importó. Al rato, sonrió. Luego, una gran carcajada. De repente ella comienza a cagarse de risa mientras que él insiste con su mano en el botón del cierre de puertas, esperando verla salir.
―Ok. Entonces el problema es nuestro presente, según usted, ¿no? A ver pues, ¿cuál es el mío? ¿Es que acaso no cuenta que esté apurada? ¡Estoy apurada, maldición!
―Señora por favor, yo sólo estoy cumpliendo con mi trabajo. Es usted la que está fantaseando acá en el ascensor. Por favor, bájese.
Sin embargo, sus ojos no se despegaban para nada de su pecho. Ella guardó el lápiz, hizo una mueca, e inmediatamente mostró la palma de su mano al joven en cuestión.
De la nada, las puertas se cerraron.

Al otro día la noticia del derrumbe del edificio del centro cubrió todos los encabezados internacionales.

        Nadie siquiera se atrevió a pensarlo.
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"Las estrellas se alcanzan".

Ed.

Los Trabajos y Los Días, Por Omar Requena.



Fotografía de @cannibalita (título: Lightbox Santa Lucía).

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“Para librarme de lo que vivo, vivo.”

Antonio Porchia.

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Cuando era soledad a secas y no “solitud” (del inglés solitude: soledad necesaria, querida y requerida; para la reflexión, para el afán creador) él tenía un recurso: se tomaba el trabajo de recortar periódicos, los guardaba en su cartapacio y corría a la Plaza Bolívar; porque toda ciudad, todo pueblo de su país —insignificante o no—, tenía una Plaza Bolívar. Una vez allí, procuraba un asiento a la sombra; cualquier observador curioso habría pensado al verlo con sus papeles en un estudioso, quizá un cronista preparando algún trabajo, buscando inspiración, acicate, entre la concurrencia. Claro que no. Él estaba ahí, efectivamente, pero no ensimismado sino aturdido. Escuchaba sin comprender nada. Se figuraba un Malcolm Lowry de pacotilla, justamente por entender muy bien lo que se decía alrededor. Jugar a ser Sibjorn Wilderness: un no-humano. Y como Lowry, pergeñaba notas que seguidamente rompía por intrascendentes o estúpidas. Esbozos de textos que jamás escribiría. Y sin embargo. Si la daba por conversar con quien tuviese al lado, a los quince minutos ya estaba harto de su vida y obra; se despedía y vagaba por el centro del pueblo. Calle El Palmar, Calle Urdaneta, Calle Falcón. Avenida Ribas, hirviendo de automóviles, de gente que tropezaba al caminar, contestando con insultos o amenazas a cualquier reclamo. Ése era el lugar más descortés de la tierra, fácilmente podías quedarte con el saludo en los labios una mañana entera. En ocasiones le enfurecía tanto eso que no podía evitar el sarcasmo; casi le pone una silla en la cabeza al delegado de curso, quien se le mosqueó cierta vez —por mal educado— en plena Universidad. Luego se avergonzó del arranque. Él no era así. ¿O ya estaba maleado? ¿Había por fin cedido a la debacle, al embrutecimiento que se tragaba esquinas y memorias? Lo más consistente de Ocumare era su pasado y éste importaba bien poco, la verdad. Personas con maravillosas historias iban desapareciendo irremediablemente. Nunca lograba entrevistarse con ninguno. A su modo de ver, eso era una tragedia. Había que hacer como recomendaba Cioran; decretar luto universal cada vez que un ancianito de esos moría; más aún si se trataba de un iletrado. Gente así poseía un pensamiento mágico-poético que ya hubiera querido para sí mismo. Echaba pestes al recordar esto. Miraba la fachada muerta del Primer Museo de Ciencias Naturales y Productos del Estado; lo convertirían en centro comercial luego de mil “debates” entre la runfla de politiqueros regionales, picados por la mosca del “progreso”. Y él, dedicándose a escribir en un lugar donde el tiempo discurría de lado como un caracol idiota, no joda. Antes probó con otros oficios. Se vio manipulando una linterna, haciendo el chequeo de una flotilla de camiones en un patio enorme. Recordó al chofer desdeñoso en su trato con los demás compañeros; en sus viajes por Venezuela escuchaba a Bach y a Vivaldi, encerrado en su cabina de aire acondicionado. Le regaló una edición barata de Gargantúa, que releía todos los años. Un tipo decente, Rodolfo, venido a menos por el vicio del juego. Después fue obrero en Lafarge, cocinero, lavaplatos, vendedor de suscripciones de una revista pésima, aprendiz de albañil, mensajero, asistente editorial, burócrata. Quiso ser conferencista de temas esotéricos y devoró cuanto libro-revista-panfleto pasara por sus manos, sin discriminaciones. Se lió con metafísicos, rosacruces, con gnósticos y espiritistas. Ideó su propio sistema de “ocultismo experimental”. Una tarde de Julio casi logra la cristalomancia. Qué es lo que no había intentado ya en ese yermo espiritual. Teatro, cine, recitales poéticos; proyectos de periódicos y revistas que fenecían antes de nacer. Porque carecía de coherencia consigo mismo, de un verdadero sentido del compromiso. En lugar de certezas, flotaba inerme en luz artificial.

Rondaba por el centro de Ocumare. El yo-yo del sol, implacable, le producía fuertes dolores de cabeza. No tenía ni para gaseosas, así que de vuelta en la Plaza Bolívar, sacaba las margaritas de papel periódico y echaba mano a su recurso contra la desazón; con voz neutra iba diciendo mientras deshojaba: “Soy un poeta maldito... mucho, poquito... nada”. Así, hasta que la sensación de ridículo se le apretaba en el pecho, y estallaba luego en carcajadas que no llamaban la atención a nadie.

Soledad a secas, o solitud, daba igual; ya con esto tenía fuerzas para sobrellevar un día más. Y sin embargo. Sin embargo.
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Por: Omar Requena.


Cables Sueltos.



Irreversiblemente he dejado de escribir. No porque ya no quiera, sino porque, es momento de seguir en medio de tan odiosa pausa. En mí, hay unos cables sueltos que no sé cómo conectar. Algunos van al pasado, otros al futuro, y evidentemente encontré unos en el presente que consecuentemente se encuentran conectados entre sí y de ellos saldrán todas las decisiones convenientes a seguir. ¿Qué seguir? Me quise preguntar simplemente. No es que desee responder. Lo que sí, es que aún estoy aquí. Si he dejado de escribir no es porque ya no quiera, es que debo. No debo no debería –mejor dicho– escribir mientras en mi mente se revuelva todo y existan unas ganas irremediables de arreglarlo todo. Desde las estupideces morales, hasta los juegos mentales de mi subconsciente.
Pues entonces no hay una renuncia perpetua. No hay una marcha atrás. O hay aceptación o hay un melindroso reacomodamiento que quizás, implique un gasto de energía tal que signifique cierta lejanía de la letra para mí. Sepa lector, que no le estoy diciendo esto a usted. Yo sólo busco decírmelo a mí mismo. Yo sólo quiero registrar una pequeña evidencia del por qué la no-escritura mientras mi mente sigue peleando por restablecer su gobierno en mi alma extraviada.
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Ed.

Extirpe.



Deeply. Exterminar dentro de ti chips insertados en una línea de tiempo. ¿Cuántas ocasiones especiales? ¿Cuántas decepciones? Totalidades de versos y palabras, preceptos sociales que invaden tu mente hasta la profundidad de tu ser, ese ser que tanto te costó moldear. Ese ser que ahora quieres salvar de las garras de la historia, de la maldición de la sinceridad. La apertura del pecho, la compasión.
Fuiste tan idiota que dejaste que usaran tu cabeza como un almacén. Allí guardaron sus miedos, allí guardaron sus herramientas, las vías de acceso para hacerte daño, para jugar con tu psiquismo. Violación. Abuso sexual de tu mente. Cópula mayor entre la voluntad ajena y tu inocencia. Esa inocencia que se marchitó con el paso de los años, mientras dentro de ti se pudrieron todos los raciocinios morales que estúpidamente almacenaste. La mercancía se dañó y perdió la garantía. No hay forma de devolverla. Perdiste tu dinero. Fuiste abusado como un niño y ahora intentas reflexionar sobre ello, ahora pretendes construir argumentos bonitos y delicados, como si se tratase de una especie de melodía, ¡sinfonía a la tonta inocencia! Un bosquejo de pedazos solapados hundidos en un tiempo pretérito, con un extraño final sólo celebrable en el altar de tus sueños.
Así pasan tus días, así las carnes toman forma. Así cada momento deja constancia de que permitiste que te usaran. Quizás no fue un abuso, quizás tú dejaste que entrasen en ti. Tú fuiste el que cerraste los ojos y te quedaste callado, esperando que todo terminara, pero sabiendo o pretendiendo saber que esa era la única forma de acercarte a ellos. De ser aceptado, ¿o de aceptarte? Aceptación que ciertamente se ha vuelto algo compleja. Se ha vuelto en ti un némesis que intentará arrancarte el corazón de cuajo, partiendo tus costillas y dejando que tu sangre quede toda regada en el umbral de la antesala a tu muerte.
Así quizás concluya. Pero lo que no entiendes y debes entender es que, es la única forma de que manejes por completo tu ser, tú solo, sin la necesidad de recrear espacios para la contemplación de esas palabras que alguna vez alguien te dijo. Saca tu corazón, aniquila hasta lo más profundo que encuentres. Sólo así los sacarás de ti. Lo expulsarás como demonios.
Como demonios que ellos no pudieron extirpar y que pretendieron también sembrar en ti, porque te dejaste ser un terreno fértil.
Te invito ahora a vengarte nuevamente. Te invito ahora que tomes las riendas en tus manos. Que te hagas del completo control de ti y puedas así desangrar con un corte esos demonios profundos, esos demonios que en definitiva ellos tienen y tú no, porque son ellos los que los crearon. Dime, ¿cómo puedes ser dueño de algo que no hiciste? ¿Cómo pretender hacerte de algo a través de un concepto tan banal como lo es la “adquisición” si de la misma forma que la anterior pregunta, tú no lo creaste? ¡No pretendas tener algo que en un principio no ideaste! Sólo tú puedes tener lo que tú puedes hacer, y en ese caso eres ésta creación. Eres el yunque y el martillo que moldeó el ser que ahora eres. Eres un inmortal con forma propia sin la inserción de preceptos ajenos a ti, totalmente fuera de ti. Lejos de tu cuerpo y tus sentimientos.
Eres puro, grande. Eres un ser que sólo tú logras ver, y no esa horda de hipócritas que con palabritas condicionadas y con la inhabilidad expresa de repetir cuanta mierda le metieron a ellos en sus cabezas, pretenden ostentar un espacio de sí que no tienen. Son algo que no son. Ellos no son. Ellos, creadores de demonios que no pertenecen a sí mismos.
Toma un hacha, toma cualquier cuchillo, una espada filosa, un arma blanca, y rebana dentro de ti el centro de sus pensamientos, de sus consecuciones. Deja que sean ellos los que profesen su existencia en la maldición de creer cuanto sea que ven o cuanto pretendan endiosar como un objeto especial que opta un significado netamente mental. Fenomenólogos sin alma propia, sin lugar en el espacio tiempo. Sin nada para darte y sin derecho a quitarte. Sin el arte de saber quitarte algo. Arranca de ti cualquier experiencia histórica, arranca de ti cualquier momento del pasado y asume tu existencia presente como la única, como el hombre moldeado totalmente por sí mismo, su dueño, sin demonios, sin nada que lo ate a algo, sin nada que sea capaz de quitarle un respiro de su esencia, sin nada mental que otros tengan para ellos e intenten insertar en ti. Sin nada por ser sencillamente seres sin esencia. Sin nada peor que ser ellos mismos sin ser algo para ellos realmente.
Toma mi mano, apunta a tu corazón y arráncalos. Extirpa cada tumor mental, cada neoplasia emocional. Mata cada pedazo de ti que creas que alguna vez les perteneció a ellos, y cuando te des cuenta que en tu totalidad sólo eres tú, para ti, verás que lo que habrás exterminado ha sido a todos ellos, uno por uno insertos a la eternidad de la muerte, quedando extintos mientras continúen viviendo aquí, sin ti.
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El Impío.

Segundas Flores.



Hoy tu vientre reclama la presencia de tu inexistencia.
Hoy existen razones quizás para pensar en ti.
Como muchos días, hoy es un momento de recuento
y acordes de violoncello, y la lluvia que cae al caminar

mis manos, como moscas y pinos, corren lejos
muy lejos
pidiendo que tan sólo no lo digas
que ni siquiera lo pienses
que aunque esté aquí, no busques mirarme así.

Flores de Acacia frente a tu casa
flores que se ahogan al paso del agua
en una alcantarilla de recuerdos
en la vestidura marrón de sus aguas

flores que corren marchitas
ahogadas en el cristal de la perla
y razones suficiente para continuar sin ti
flores que buscan la atención del rebujo
de aquella calamidad de varias ocasiones perdidas
como si fuese la última vez ahí parado
justo en esa puerta blanca
y los carros que pasan y nos mojan.

Flores de Acacia frente a tu puerta
yo te suelto la mano después de un abrazo
yo te esquivo totalmente
y me defino a mí mismo en el sino de la creación.

Flores esperando caer al agua
y camino corriendo hasta mi casa
y me mojo otra vez como Charles

y me quito la ropa,
escribo una nueva despedida
y razones suficientes para continuar sin ti.
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Ed.

Februa en las Lupercales.


                                                                Fotografía por: @cannibalita

"...Se não eu, quem vai fazer você feliz?"
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Se fue Febrero en el humo de las palabras secas, en la oxido reducción de la ansiedad de doce horas continuas. Se fue un mes que no tiene importancia. Se fue un mes más, como se van a cada momento los días. Quizás pensamos demasiado dentro de sistemas de unidades, meses, metros, años, voltios, minutos, kilos, litros, semanas, y así como palabras; símbolos sin razón ni sentido. Sin siquiera el sabor del corazón humano.

Se fue un mes más, aquí sentado frente a mí. Como si los días de verdad existiesen. Se fue un momento de mente, se marchita la expansión del tiempo, la longitud de onda de cada una de estas palabras, pero de lo que sí estoy seguro, es de que a mí todavía me falta mucho tiempo para irme…

...de ti.
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Ed.

Falso Self.


Familia. Que implica una conexión exógena con el ser universal. Alcance. Que quizás jamás llegues a contemplar totalmente dicha condición. Contemplación. Asumes palabras en tu vocabulario para simplemente socializar tu condición individual hasta el punto de difundirte en una idea tan desacertada, tan fuera de ti misma mientras te quedas viendo cómo ellos juegan con tu condición.

¿Familia? Quizás no lo hayas entendido. Existe cierto dolor en el cuello, en la espalda. Específicamente baja hacia la espalda. Las manos se trancan, los brazos cogen movimientos rígidos, duros y tensos, entre un deseo totalmente incompresible pero tan fácil de detectar en esa cochina dislocación de tus sentidos. En esa pérdida de tiempo. En esa imagen que condensas sobre ti, ¿sobre quién? Sobre nada. Sobre algo que no existirá jamás; bajo el episteme de las palabras sumadas en un es evidente que el hombre quiere ser algo más que él mismo, quiere extender su yo más allá de toda condición humana hacia un patético preconcepto pseudo científico conocido como superyó. ¿Supertú? Súper suprema inexistencia, infranadie de cuatro grupos de congéneres integristas definidos determinadamente en su propia inexistencia, en los valores equivalentes del pragmatismo endémico, en esa enfermedad que vomita completamente tu verdadera realidad.

Una realidad que no sabes pensar. Una realidad que intentas imprimir en un papel especial, así, como encerado. Una especie de esmalte. No sé qué tipo de células comprometen a ese “tejido”, lo que sí sé es que esa no es tu piel.

No es tu cara.
No son tus ojos.
No son reales esas manchas pero sí estás manchada y de ello tratas de limpiarte.
No existes.
Prescindes.
No pretendas estar en un concepto de valor.
No eres familia.
Eres una epidemia de mierda, una mentira completamente absoluta. Totalmente caótica, sin entropía, sin ordenamiento y sin sentido crítico de la existencia, ¡claro! Si es crítico tu poco nivel de autocontemplación, una criticidad total que frenará cada símbolo que intentes manifestar en cualquier elemento electrónico, en cualquier filamento tecnológico, donde poco a poco morirás…

Intentando estar viva en el camino de la degeneración hacia una simple crisis hipertensiva.

Usted querida mía, jamás volverá a soñar la paz.
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El Impío.

Ritmo Boreal.



—¿Y si nos hacen creer que somos parte de un universo complejo, donde pocos pueden confeccionar sus deseos?
—¿Y si eso no es parte de nosotros? ¿Qué quieres probar realmente? Yo quisiera saber qué es lo que quieres entender, ¿que es así como se mueven las energías a través del tiempo? O, ¿que no podemos olvidar del todo nuestro paso por acá? Dices tantas cosas, bueno, mejor dicho, preguntas tanto y sólo te quedas ahí parado, mirando un puñado de estrellas en el cielo contaminado buscando tal vez lo que no podré decirte jamás.
Secretos. Misterios atrapados en los filamentos blancos de agua evaporada. Canciones de cuna. Ovación de dos imperios íntegros. Así concibe tres razones fundamentales, la mente y la mentalidad en el divagar de la incertidumbre.

Un espacio de incertidumbre.  | | | |     | | .|||||| | |    || |  | |   |

Un espacio de colmos contemporáneos, de ostras encausadas en redes de medio mar. ¿Y si no es así como deberíamos ver las estrellas? Si no es la forma correcta ¿cómo saberlo?
Saberlo es una casualidad que tu mente endemoniada quiere encontrar. Hallar.
Una compasión de respuestas. Una paradoja de conflictos personales. Carteras llenas de clientes y días esperando terminarse. Quizás todos llegan a ese viernes y levantan los tarros de cerveza celebrando que todo acabó, pero no. No es así como deberías imaginarte el paso de la constelación de tu cuerpo por los corpúsculos físicos de la composición del entorno sin materia. Sin un solo hadrón que te defienda. Ondas y choques de espectros en el cromatismo de una cadena atrapada en series que parten desde el negro hasta el rojo.
Sientes miedo. Miedo de todo. Miedo de la complejidad de tu sentimiento. Miedo a la alegoría endémica de tu carne, del perfil de tus manos y la sombra que se proyecta en la parte clara de tu rostro como una costra de sal.

—Y si no es así, ¿cómo es?
La pregunta es por qué quieres saberlo.

—Por el vil misterio de un secreto.
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El Impío.

Tango en Nos.



—Si no somos así, ¿qué somos? A mí también me cuesta creer.
Una avenida oscura imprime en el vaivén de los carros que la atraviesan, un juego de luces que se acrecientan y atenúan al compás de los pasos disonantes de los amantes de turno. Entre las sombras caucásicas, los olores reticentes y el maullido de los gatos, las manos juntas intentan ordenar hacia los bordes de la acera cada una de las pisadas, en una calle vacía quizás a media noche.
Las sombras, en contrastes, dibujan en sus labios una mueca que corre con el maquillaje gastado entre besos. La marca de las lágrimas atiende la abstracta formación de surcos en sus mejillas. Surcos negros, delineados en un esmalte grasoso que compone la acentuación de su mirada de forma artificial.
—Artificios. Artificios de palabras. Tú sabes de conjugaciones, me has dicho que trabajas en esos principios en tus clases, aunque no todo es así.
¿No todo es cómo? Notoriedad. Un perfume de mujer asoma en sus hombros la presencia de un abrazo. Su cuello henchido de rojo escarlata muestra otras marcas. Marcas de la carne. Marcas en cada una de las palabras que sin símbolos imperan en la piel a punta de besos vivos. Rojos. Chiquitos. Desesperadamente toma sus manos y con ellas abrasa su propio pecho buscando hundirse en su cuello. La saliva y el perfume; la piel de mujer. La calle rota entre tantos pasos que se escuchan en la distancia. Tú levantas la vista y no lo logras ver nada. No puedes distinguir de qué color será el próximo vehículo que pase por aquí. No sabes si vendrá de la izquierda, de la derecha, de la calle contigua o de la parada del metro que está más adelante. Sencillamente no quieres saberlo. Quizás existan cosas que no deberíamos saber. Quizás existan palabras que sencillamente no deberían ser interpretadas.
—Ése es el problema. Las interpretamos todas. Yo no sé cómo hacemos eso. Ni entiendo por qué lo hacemos.
—Yo tampoco lo entiendo, aunque te quiero entender a ti… y por eso entendí que para hacerlo debo escucharte. No debo tomar en cuenta cada una de las palabras que me dices…
Bosqueja. Saca del bolso un pañuelo y con la tinta grabada en él, sobre su boca; espera esconder la pequeña mueca.
—A veces dices cosas, bonitas quizás. Tienes una forma de hablar que agrada, pero yo prefiero al hombre más natural en ti.
Luces de neón. Árboles con crestas rojas ondean sobre las olas del viento en un otoño celestial de dos pasiones encontradas. Las manos se juntan con una precisión justa. No existe un movimiento exagerado. La naturalidad, como esos juegos de luces en la calle húmeda, se mueve conspicua esperando la llegada de la próxima brisa a hacer su paso.
Un oscuro sentimiento se imprime. Nuevas constelaciones del pensamiento cierran los sentidos. Estos, ahogados en sí mismos, externalizan las sensaciones como hojas de tango enrojecido sobre el borde del paso.

Quisiera saber por qué las cosas suenan así, como esa canción que toca a media calle. Como esa pasión que busca en mi corazón una respuesta. Hay tantas cosas que quisiera saber y no acepto que no pueda saberlas… por eso aprendo a no escucharte, por eso aprendo a cerrar mis ojos para abrazarte, para sentirte por lo que eres y no por lo que espero que seas. Para sentirnos así juntos en medio de un gran desastre.

—Esa noche me dijiste que no podías creer que existiese alguien así. Yo te dije que sí lo creía, pues frente a mí estabas tú. En muchas noches pensé cosas que no te dije. Cosas como "también me costó creer que existían personas como tú", pero ahora pienso y creo; sólo somos seres con cuestiones en común, que se miran primero a sí mismos antes de mirar a los demás.

Sólo somos dueños particulares de nosotros mismos, que se entregan para sí en lo que sentimos hacia el otro haciendo así nuestro «nos».
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"Las estrellas se alcanzan"

Ed.