Memorias de Aquel Pianista Herido.



Novela, © 2005.
III

    Desde hace mucho tiempo, José Alberto Espinoza era conocido en la región como un incansable luchador de la música académica, más que todo, por crear espacios para la formación en el país. Un gran pensador que consigo traía un inmenso corazón que transmitía una poderosa energía capaz de motivar.
    Formaba parte de del grupo de artistas influyentes en la música académica. Guitarrista clásico, cosmopolita, compositor y arreglista de vanguardia. Culminó estudios en Venezuela y recientemente venía de completar una maestría en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Su larga trayectoria estaba consagrada en el trío de guitarras Raúl Borges, aclamado en centenares de países por su tradición. J. Alberto nació en el estado Zulia a finales de la década de los años 40. Desarrolló sus habilidades bajo las enseñanzas de su padre antes de ingresar a la academia, lo que le permitió labrar un estilo propio donde destacaban los sonidos del Caribe. Se le conocía como un hombre humilde, sencillo y soñador. Si bien de pocas palabras, como docente provocó gran pasión en sus estudiantes.
    Hacía años que no veía a su tierra natal. A su regreso, los recuerdos de su infancia en el Zulia lo atraparon lejos de sus compromisos. Volvió para fundar en Maracaibo una escuela de música que proyectó avalado por su experiencia internacional.
    Con un esfuerzo extraordinario, viendo a su país presa de una institucionalidad política corrupta, no dudó para entregarle su pasión a uno de los proyectos más ambiciosos que se vieron en la región. Bajo todas las dificultades, fundó el Conservatorio Regional de Música Virgen del Chiquinquirá, una casa de estudios para jóvenes entusiastas, deseosos por disciplinarse en el uso del lenguaje único del universo: la música.
    J. Alberto Creció en la urbanización La Floresta. Como se dijo, desde niño recibió clases de su padre, el señor Ramón Espinoza, quien contaba con un don especial para transmitir sus enseñanzas. Educó a sus hijos con una entrega que provocaba en sus vecinos un profundo respeto. Igual que su padre, José Alberto muy querido en esas calles donde creció, y en los años después de haber salido de la academia, no perdió de recibir clases con su padre.
    En esos días había un niño de 8 años, vecino de los Espinoza, que sentía gran admiración hacia ellos. Pasaba horas sin decir nada mientras se estaba parado frente a su casa viendo las clases de guitarra que le daba el señor Ramón a su hijo, que para esos años ya era todo un hombre. Aplaudía sin pena cada vez que terminaban una pieza. Éste niño vivía a tres casas de la suya, estaba siempre presente en los repasos que daba el señor Ramón. Muchas veces José Alberto invitó al niño a tomar clases con ellos para que aprendiera a tocar, pero el niño no hacía caso, prefería quedarse pegado a la cerca mirándolos tocar, viendo como se transmitían las enseñanzas. En aquellos tiempos el niño se hizo parte oyente de las clases. Los músicos no estaban completos sin el pequeño diletante. Éste entusiasta por su parte hacía saber su emoción efusiva, su sintonía con la música, en cada ocasión que maestro e hijo ejecutaban una pieza en particular titulada; Preludio Criollo.
    Años después lejanos a aquellos días, José Alberto se encontraba con los ojos impregnados de lágrimas al llegar de España. En su esperado regreso el señor Ramón conservó fuerzas para verlo, y al cumplir su último deseo, en cama, su cuerpo cedió al descanso eterno después de 89 años de edad. Entre todo su hijo se colmó de paz al saber que las memorias de su padre estaban seguras en él. José Alberto había heredado las artes de su vida, sus experiencias y su sabiduría. Prometió mantener ese legado más allá de sí, aunque, debía encontrar a quien entregarle esas enseñanzas de los Espinoza para mantenerlas en el tiempo.
    Recibiendo consuelo de las personas que lo acompañaron al sepelio de su padre, José Alberto se entera que 6 meses atrás antes de la muerte del señor Ramón, los padres de aquél niño que ahora tenía 13 años de edad perdieron la vida en un accidente de tránsito. La noticia creó un efecto sobre el maestro haciendo que sintiese la necesidad de acercarse al joven muchacho en el momento del sepelio de su padre. Sin palabras entre los dos, al encontrarse sostuvieron fijas sus miradas, comunicándose con el lenguaje del espíritu. En ese justo momento fue cuando J. Alberto supo que había encontrado a su alumno. Frente a él estaba el único que merecía los talentos que él debía transmitir.
El joven se llamaba Diego, y José Alberto lo sabía desde el momento de su nacimiento, ya que conoció muy bien a los padres de aquel soñador muchacho, más que todo cuando les insistía para que recibiera clases de guitarra con ellos. Cuando acostumbraba verlos tocar. Ahora el niño Diego estaba bajo los cuidados de su tío Carlos, un hombre de 46 años que adoraba mucho a su sobrino pero que se veía arrastrado diariamente por la economía que ahogaba al país; motivo para ser cauto.
    Carlos fue gran amigo del señor Ramón. Anteriormente acostumbraba a pasar horas compartiendo experiencias con él. Al caer en cama, el maestro Ramón contó con la ayuda incondicional de su vecino, y en consecuencia este último estaba familiarizado al hijo del maestro que ahora, tomaba de la mano a su sobrino. Más tarde y luego de la lluviosa mañana que transcurrió el día del sepelio del señor Ramón, José Alberto partió a Caracas para presentarle a los representantes del Ministerio de Cultura el proyecto de la academia de música que quería fundar. Consignó la información reglamentaria y pidió financiamiento. Igualmente gestionó los permisos requeridos para matricular la escuela. Como apenas se estaba creando la misma, la sede provisional sería la casa de su padre.
    En pocos meses la idea pasó de ser un sueño a convertirse en una realidad. Como sus estimaciones lo dedujeron, el proyecto se transformó en un escenario de envergadura positiva, recibiendo el apoyo de fundaciones sin fines de lucro y otros entes, para en menos de dos años completar la edificación de la sede principal del Conservatorio Regional de Música Virgen Chiquinquirá, que consecuentemente se trató de un edificio restaurado para tal fin por la Gobernación del Estado Zulia, en la ciudad de Maracaibo. El proyecto mientras tomaba forma, evolucionó no solo de forma estructural sino también académica, ya que distinguidos músicos de la región se integraron a la nómina pedagógica de la institución para educar, todos inspirados en las enseñanzas artísticas del legado que dejó el maestro Ramón Espinoza.
    En el ir y venir de J. Alberto, el joven Diego Andrés recibía clases de teoría y solfeo, guitarra clásica, violín e instrumentación complementaria que satisfactoriamente maduraban en el estudiante. Ello motivaba fervientemente a su maestro. Las clases eran impartidas de forma particular en la antigua casa del padre de José Alberto por tres razones esenciales: la primera, porque al maestro concertista le gustaba pasar tiempo a solas con su primer estudiante para concentrarse en su formación. La soledad le permitía transmitirle sus conocimientos sin perturbación además de ser amplia. La segunda, la acústica de la casa conformaba una ventaja para el desarrollo del oído musical. 
    La tercera se debía a que el joven Diego se encontraba en una situación precaria. A sus 15 años él y su tío enfrentaban un largo embrollo legal con un banco que no quería exoneran ni mucho menos aplazar los pagos de una hipoteca acumulada.
    Su padre les heredó la deuda que ahora bloqueaba su educación musical porque era poco lo que su tío disponía para costear ese gasto aun manteniendo el gasto de su educación diversificada en una institución pública. Las clases preparatorias de Diego Andrés siempre habían sido la primera preocupación de Carlos, por tanto no le quedó otra salida que suspender por un tiempo indefinido las clases de música que recibía su sobrino. 
    Como Diego no podía ir al Conservatorio, su maestro le dictaba clases particulares en la casa del señor Ramón. Pero más allá de las consecuencias y entre las razones del por qué de las clases privadas, había un motivo de mayor importancia para insistir con las clases de música de Diego. Estar ahí en la casa donde recibió lecciones de su padre le imprimía al maestro una sensación que lo transportaba a esos años recordados, sobre todo cuando percibía los avances de su talentoso estudiante que entre compases aprendidos avivaba esos días.
    Incluyendo todos estos hechos, José Alberto jamás pretendió cobrarle siquiera un céntimo a su estudiante. Sus intenciones superaban todas esas vaguedades, por eso nunca se le cruzó la idea de cobrar por las clases. Inclusive, en muchas ocasiones el maestro le dio dinero a su discípulo para que fuese hasta el Conservatorio para cumplir con los exámenes de avance ante un jurado evaluador. Pero Diego, diligente, prefería guardar el dinero para comprar libros para el colegio, igualmente usaba parte del mismo para colaborar con los gastos de la casa y así aliviar la carga de su tío Carlos ante el pago de la hipoteca.
    En una ocasión Diego ejecutaba su pieza favorita para guitarra, usando el instrumento del maestro con precisión. Al dominar totalmente la esencia que describe las disonancias de soles y moles en las cuerdas, el estudiante se detuvo de repente para hacer una propuesta.
    —Maestro, acompáñame a tocar Preludio Criollo… tome usted la guitarra.
    Aceptando la invitación, José Alberto tomó la guitarra que le regaló su padre, la misma que había viajado con él por el mundo en los conciertos con el Trío Raúl Borges. Mientras acariciaba las maderas, observó que el estudiante en vez se tomar la otra guitarra, colocó sobre su hombro un violín que él había traído en días pasados. Con picardías, el estudiante hizo señas para que el maestro comenzara a tocar.
    J. Alberto quedó impresionado al ver que Diego Andrés arregló acordes nuevos para el concierto que ejecutaba; y los tocaba en el violín. Era la pieza que lo inspiraba. Enigmática, voraz. De inmediato una efervescencia orgánica embargó el lugar cuando tocaban. «Diego superó su nivel, llegó a uno más alto. De interprete se hizo compositor» pensó J. Alberto, cuando la melodía lo envolvió.
    Cuando terminaron, el silencio los dejó enteros. No era necesario hablar después de la consumación para sentir el correr de la energía pasar por sus cuerpos. Rato después Diego hizo una revelación.
    —Hoy lo volví a ver, quizás le parezca raro maestro pero, siento como si me llamara. Esas teclas blancas y negras… pareciera que son capaces de transportarme a otro mundo, quiero sentir lo que se debe sentir al tocar un instrumento tan imponente como el piano.
    —Te entiendo, lo mismo me pasó con éstas seis cuerdas…
    En la semana siguiente, el incansable maestro hizo mudar de los salones del conservatorio un piano negro de cola corta (para piezas de cámara) hasta la casa de su padre. El piano estaba algo viejo. Consigo narraba algunas historias impresas entre golpes y rayones que no lograron desarmonizarlo pues, lo hicieron más fuerte de postura y más hermoso al sonar.
    Una noche J. Alberto preparó una sorpresa para su primer estudiante, quien aunque decidido a aprender todo lo que podía dar en el instrumento, no se esperaba tal bendición. Cuando entró a la sala principal de la casa contempló lo ahora acentuaba el lugar. Sus ojos tenían cierto color al verlo. Sus manos esperaban tocarlo.
    No era un regalo. El piano aunque viejo, pertenecía al conservatorio. Diego sintió que sus dedos alcanzaron las estrellas cuando comenzó a estudiar los sonidos escondidos debajo de cada una de las teclas. Con mucho cuidado levantó la tapa, notando el poder del sonido al accionar las teclas. Probó los pedales, poniendo atención a los matices. Con sus ojos y sus manos recorrió cada espacio, cada hendidura, memorizando las imperfecciones que lo embellecían. Las rayas, los golpes, el tono marchito y el sonido espectacular que conquistaron su corazón.
    José Alberto debía viajar unos meses para tocar con el trío en Europa. De su bolsillo sacó una llave que entregó a su alumno, diciéndole; «Ésta es la llave de la casa. Quiero que vengas cuando lo desees o cuando el piano te lo pida. Me tome la libertad de compilarte una guía completa donde expreso todo lo que sé y no sé del piano. En ella encontrarás desde teoría y solfeo hasta arpegio, contrapunto, armonía y ejercicios complementarios. La hice encuadernar para que te sea más cómoda llevarla… y con todo esto, quiero que me hagas una promesa con todo tu corazón. Una promesa que debes cumplir».
    Diego Andrés contuvo lágrimas al mirar a su maestro. Le era difícil creer todo lo que éste hacía por él. Más que un maestro era un mentor, y no cualquiera pues, se trataba del mejor. El que le enseñaba a hablar con el universo a través de la música. El que le enseñó a vivir y a soportar las pesadas cargas de la pobreza. Quien le mostró que los sueños, si luchas por ellos, no son una mera ilusión. 
    Mientras en sus manos tenía las llaves de la casa más el libro de paginación innumerable con marcos que dejaba leer el titulo; Digitación y Contrapuntos Para Piano Contemporáneo, viendo salir a J. Alberto con su maleta y la guitarra en su estuche, los sentidos del estudiante se abrieron para escuchar con atención lo que el maestro le dejó para cumplir como promesa, al decirle:
    —Nunca renuncies a tus sueños.
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Asosiacion De Escritores Del Zulia.
Cabimas - Edo. Zulia. Venezuela.
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"Las Estrellas Se Alcanzan".

Ed.

In Utero.






















¿Cuál

es

el

objeto

del

significado?
___

Ed.

Viaje Número 2.


















Una realidad
devela mi ausencia.
Aunque no quiera

esa es
mi cama.
___

Ed.

El Anti Conjuro (Poemas Para Dejar de Amarla).





















Mueran los dolores del corazón
que se pierdan los besos en el tiempo
desaten la furia los mil infiernos
que el maleficio de sus ojos desaparezca.

Ya es la hora de retornar a la nada
a la insensibilidad inteligente de la vida
pasos al camino recto sin variantes
ya es momento de desechar lo que no sirve.

Caigan tormentas en los cielos
relámpagos de fuego quemen los mares
que se sequen las nubes y las aves no vuelen
para que este amor maldito se esfume.

Corazones rotos vuelva a su cause
sin corazones quedar para no sentir nada
mirarse al espejo y no recordar
que la verdad se haga presente.

Abrace la tierra y devore el sentimiento
que el amor no exista
implota universo.

Que el agujero negro devore todo
que se separen los átomos
que exploten todas las energías;

para que así este maleficio
de amarla hasta las venas
se termine con el fin del mundo.
Y mi alma no vaya a su condena.

Que jamás amanezca en mis brazos
que por fin yo deje de amarla.
Que se queme en el infierno todo sentimiento
para estar ausente de todo amor esmeralda.

Y que la luna no brille más
para que el sol la calcine en furia
así el amor dejará mi vida en paz
y no extrañaré sus besos cuando vea su luz.
___

Ed.