Preludio Cinco.



-----―Sí. Yo todos los días viajo a Rusia.
-----―¿Y cómo es?
-----―No sé, no sabría cómo describírtelo. En realidad no veo mucho. Las calles son ralas, extrañas, repletas de gente. Hay pocos vehículos y mucho silencio. Allá sólo se escucha el piano.
-----―Ah. Y… ¿qué es lo que suena?
-----―Rachmaninov. Sólo Rachmaninov. Él es quien me acompaña en esas largas caminatas cuando estoy en Rusia. Me deja ver los árboles en los parques. Parques de los cuales no sé ni el nombre. Plazas largas, viejas, callejas rojas y rotas, de las cuales sólo puedo apreciar lo mejor cuando cierro mis ojos. Él, me toma de la mano. Es tímido a veces cuando lo hace. Me hala por el brazo cuando cree que tenemos que acelerar el paso. Me lleva a esos rincones que tanto me gustan. Que tan complejos me son describir.
-----―Impresionante. Quisiera ir.

-----¿Qué crees tú que puedo hacer para ir contigo a Rusia?
-----―No sé. Quizás si cierras tus ojos. A lo mejor así. Quizás si te dejas llevar por su música, por esa suave y sencilla música, llegues conmigo tomado de la mano y veas esos campos largos, sólo cerrando tus ojos, y soñando.

-----Sólo así, quizás, un largo rato que entenderás mejor que nadie acá.
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AudioPost: Segei Rachmaninov - Prelude Nº 5 Op.32 (By Valentina Lisitsa).
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"Las estellas se alcazan... ¿verdad, Rach?"

Ed.

Trazo Vertical.


Fotografía de @cannibalita

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―Su futuro es muy intrincado, señora.
―¿Qué, cómo dice?
―Que no se puede vivir sin él. Por favor, ¡bájese!
No se puede pretender vivir en una estación de invierno como en una estación de metro. Igual un ascensor impera en la inquietud del movimiento. Así el tiempo, así las cosas, así ese corto mensaje, se mueven desde el presente hacia un final. ¿No? No. Ahora suenan las cadenas intercaladas entre gomas. Cables, mareo, puertas y un ventanal inmenso conforman un gobierno total regido por la verticalidad. No había mucho que esperar. Como todos los días, exceptuando los de descanso, era un día más de trabajo. Un día más de discusión, de amor no correspondido, de proposición.
―¡Pero, usted está loco! ¿Cómo es eso de que si no me enamoro de aquí a arriba no podré subir con usted? Hay que ver, lo que se inventa la gente loca, pues.
Él observa con detenimiento sus manos. Se fija en cómo estas intentan tapar esas tetas. Su busto rebosado, atraía la incisiva cuestión de la excitación, como si en algún momento reventase el prisma de la cordura y el autocontrol.
La mujer se niega a bajar. Él le dice; señora. Así no más. Ella toma su cartera y saca un pequeño lápiz. Anota una especie de dirección en su mano dejando descubierta su piel, no le importó. Al rato, sonrió. Luego, una gran carcajada. De repente ella comienza a cagarse de risa mientras que él insiste con su mano en el botón del cierre de puertas, esperando verla salir.
―Ok. Entonces el problema es nuestro presente, según usted, ¿no? A ver pues, ¿cuál es el mío? ¿Es que acaso no cuenta que esté apurada? ¡Estoy apurada, maldición!
―Señora por favor, yo sólo estoy cumpliendo con mi trabajo. Es usted la que está fantaseando acá en el ascensor. Por favor, bájese.
Sin embargo, sus ojos no se despegaban para nada de su pecho. Ella guardó el lápiz, hizo una mueca, e inmediatamente mostró la palma de su mano al joven en cuestión.
De la nada, las puertas se cerraron.

Al otro día la noticia del derrumbe del edificio del centro cubrió todos los encabezados internacionales.

        Nadie siquiera se atrevió a pensarlo.
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"Las estrellas se alcanzan".

Ed.

Los Trabajos y Los Días, Por Omar Requena.



Fotografía de @cannibalita (título: Lightbox Santa Lucía).

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“Para librarme de lo que vivo, vivo.”

Antonio Porchia.

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Cuando era soledad a secas y no “solitud” (del inglés solitude: soledad necesaria, querida y requerida; para la reflexión, para el afán creador) él tenía un recurso: se tomaba el trabajo de recortar periódicos, los guardaba en su cartapacio y corría a la Plaza Bolívar; porque toda ciudad, todo pueblo de su país —insignificante o no—, tenía una Plaza Bolívar. Una vez allí, procuraba un asiento a la sombra; cualquier observador curioso habría pensado al verlo con sus papeles en un estudioso, quizá un cronista preparando algún trabajo, buscando inspiración, acicate, entre la concurrencia. Claro que no. Él estaba ahí, efectivamente, pero no ensimismado sino aturdido. Escuchaba sin comprender nada. Se figuraba un Malcolm Lowry de pacotilla, justamente por entender muy bien lo que se decía alrededor. Jugar a ser Sibjorn Wilderness: un no-humano. Y como Lowry, pergeñaba notas que seguidamente rompía por intrascendentes o estúpidas. Esbozos de textos que jamás escribiría. Y sin embargo. Si la daba por conversar con quien tuviese al lado, a los quince minutos ya estaba harto de su vida y obra; se despedía y vagaba por el centro del pueblo. Calle El Palmar, Calle Urdaneta, Calle Falcón. Avenida Ribas, hirviendo de automóviles, de gente que tropezaba al caminar, contestando con insultos o amenazas a cualquier reclamo. Ése era el lugar más descortés de la tierra, fácilmente podías quedarte con el saludo en los labios una mañana entera. En ocasiones le enfurecía tanto eso que no podía evitar el sarcasmo; casi le pone una silla en la cabeza al delegado de curso, quien se le mosqueó cierta vez —por mal educado— en plena Universidad. Luego se avergonzó del arranque. Él no era así. ¿O ya estaba maleado? ¿Había por fin cedido a la debacle, al embrutecimiento que se tragaba esquinas y memorias? Lo más consistente de Ocumare era su pasado y éste importaba bien poco, la verdad. Personas con maravillosas historias iban desapareciendo irremediablemente. Nunca lograba entrevistarse con ninguno. A su modo de ver, eso era una tragedia. Había que hacer como recomendaba Cioran; decretar luto universal cada vez que un ancianito de esos moría; más aún si se trataba de un iletrado. Gente así poseía un pensamiento mágico-poético que ya hubiera querido para sí mismo. Echaba pestes al recordar esto. Miraba la fachada muerta del Primer Museo de Ciencias Naturales y Productos del Estado; lo convertirían en centro comercial luego de mil “debates” entre la runfla de politiqueros regionales, picados por la mosca del “progreso”. Y él, dedicándose a escribir en un lugar donde el tiempo discurría de lado como un caracol idiota, no joda. Antes probó con otros oficios. Se vio manipulando una linterna, haciendo el chequeo de una flotilla de camiones en un patio enorme. Recordó al chofer desdeñoso en su trato con los demás compañeros; en sus viajes por Venezuela escuchaba a Bach y a Vivaldi, encerrado en su cabina de aire acondicionado. Le regaló una edición barata de Gargantúa, que releía todos los años. Un tipo decente, Rodolfo, venido a menos por el vicio del juego. Después fue obrero en Lafarge, cocinero, lavaplatos, vendedor de suscripciones de una revista pésima, aprendiz de albañil, mensajero, asistente editorial, burócrata. Quiso ser conferencista de temas esotéricos y devoró cuanto libro-revista-panfleto pasara por sus manos, sin discriminaciones. Se lió con metafísicos, rosacruces, con gnósticos y espiritistas. Ideó su propio sistema de “ocultismo experimental”. Una tarde de Julio casi logra la cristalomancia. Qué es lo que no había intentado ya en ese yermo espiritual. Teatro, cine, recitales poéticos; proyectos de periódicos y revistas que fenecían antes de nacer. Porque carecía de coherencia consigo mismo, de un verdadero sentido del compromiso. En lugar de certezas, flotaba inerme en luz artificial.

Rondaba por el centro de Ocumare. El yo-yo del sol, implacable, le producía fuertes dolores de cabeza. No tenía ni para gaseosas, así que de vuelta en la Plaza Bolívar, sacaba las margaritas de papel periódico y echaba mano a su recurso contra la desazón; con voz neutra iba diciendo mientras deshojaba: “Soy un poeta maldito... mucho, poquito... nada”. Así, hasta que la sensación de ridículo se le apretaba en el pecho, y estallaba luego en carcajadas que no llamaban la atención a nadie.

Soledad a secas, o solitud, daba igual; ya con esto tenía fuerzas para sobrellevar un día más. Y sin embargo. Sin embargo.
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Por: Omar Requena.