Inspirado en hechos reales. Caracas 2007.
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—¡Ajam! Dime, ¿te lo quedarías?
—¡Ay! ¡Que no sé!
—¡Bah, Ed, tú si eres así!
—Yo sí me quedo con él. Aunque primero lo entregaría a las autoridades.
—¡La verdad yo no sé! Creo que saldría corriendo.
—Beibi.
—Jajajaja ¿en serio? Pero si es una vida.
—¿Y que le dirías si la vieras?
—¿Qué?
—Bueno, en realidad me da remordimiento pero…
—Tráeme café plis.
—Yo consulto primero con la policía, y haría todo por el medio legal.
—¿Tú crees que yo soy tu sirvienta?
—¡Ay, ay, ahí viene Yomira!
—¿Sí?
—¡Pregúntale, pregúntale!
—Ughs, Beibi, tú si eres así, ¿qué es un cafecito pues?
Yomira en ese instante entraba a la oficina. Como siempre, disponía en sus manos de una bandeja con tazas de café que evitaron la confrontación entre quien pedía y quien se negaba a traerlo. Cuando la vieron, todos comenzaron a gritar y a aplaudir. Ella simplemente se sonrojó y de inmediato bajó sus ojos hasta el margen de sus pómulos. Usaba el pelo recogido y como siempre, llevaba la chemisse por fuera. El verde le hacia resaltar los ánimos de mujer agotada. Las muchachas comenzaron a atiborrarla de preguntas mientras que otros peleaban con negación y más preguntas. Sobrepoblados del sentimiento maternal que compone a cualquiera en Venezuela, la abrazaban.
—¡Ya va muchachos, 'toy nerviosa!
Yomira nuevamente se ruboriza y baja la cabeza con pena. Muy temprano esa mañana se había topado con Raquel en el ascensor. Como siempre, ella delicada y cariñosamente le saludó, notándola nerviosa por algo que le sucedió recientemente.
—¿Cómo estás?
—¡Ay mijita, si usted supiera!
Entre el estupor deseoso de la mañana y la curiosidad de la periodista, las palabras comenzaron a soltarse poco a poco del establo de la vergüenza, mientras que las lagrimas se negaban a ser protagonistas de semejante realidad expresa en términos sinceros y abiertos. Al hacer la parada, el ascensor apertura sus puertas con algo de torpeza, y antes que nada, Yomira debía ir al piso anterior para firmar la lista de asistencia de la empresa donde trabajaba –porque primero subió para que Raquel no esperase.
La periodista, amiga y compañera, entró desesperadamente a la oficina para comentarle al equipo de trabajo lo que le había pasado a la mujer que servia el café en las mañanas, y como si una noticia de envergadura mundial comenzase a apoderarse de la curiosidad de todos los que ese día, llegaban a la empresa de color naranja, en los mejores dotes profesionales y elocuentes de su condición de agente corresponsal, Raquel comenzó a relatar paso por hecho los eventos que en un día normal, habían socavado la psiquis de una mujer tan querida por una oficina muy celosa.
Mientras los minutos se consumían junto a los alimentos que rompen el ayuno, Seguridad Industrial, Personal, Contabilidad, Recepción, Mercadeo, Gerencia, y Publicidad, se sobrecargaban asombradamente de la noticia en una forma que los apartaba de su condición laboral y los empujaba al humanismo característico con el que son moldeados los seres vivos. Una gama extensamente diversa de opiniones personales, lógicas y legales atravesaban las paredes de todo el lugar, ya que la controversia se peleaba fuertemente con el sentido común, lanzándole un gancho a la verdad desde la esquina de los sueños y el deseo tierno de cultivar una vida inocente.
Cuando la protagonista, inmersa en su realidad cuasiperfecta de trabajar para una empresa de Servicios de Mantenimiento y Limpieza de oficinas capitalinas, con su porte de mujer labradora y su corazón inmenso, irrumpió en el jacal de opiniones y credos, comenzó a hacer sentir lo que el día anterior casi la mata.
Día anterior a la comarca oficinista. Aproximándose el sol a su ocaso en el suelo de la ciudad caraqueña. Como toda jornada laboral, el cansancio predomina en aquellas personas que marcan su tarjeta de salida antes de poder irse a sus casas. El estrés, los pendientes, y todo lo que se refiere a hacer el almuerzo para mañana, buscar a los hijos a la escuela, lavar la ropa para dejarla tendida desde la madrugada esperando que el tiempo apremie para que pueda estar seca por la mañana, atiborran a un ser humano que se gasta la vida entre pasajes y comidas frías obligadas, por esa condición con la que contamos en estos siglos; la obligación de mantenernos vivos gracias al trabajo.
Yomira como siempre, iba entrando a la estación Chacaito del Metro de Caracas, acostumbrada a la idea de que el andén Propatria estaría cargado de gentes que se dirigían a diferentes destinos pero con una sola meta en común; llegar lo más temprano posible a sus casas. Estaba sola, le acompañaba su bolso y su cartera. Mientras escuchaba los llamados del CCO e inevitablemente desatendiendo a la rutina; “se le informa a los señores usuarios que el lugar de espera del tren es detrás de la franja amarilla y dentro del recuadro demarcado, y sólo debe cruzarla cuando el tren se detenga y abra sus puertas”.
Estaba casi detrás de 25 personas, lo cual la obligaba a esperar al tercer tren, pues estos siempre venían full de gente de las estaciones previas. El calor arremetía, y la muler trataba de apalearlo pasando trapos por su cara. Resultaba extraño que en la ciudad, el mercado laboral se concentraba entre Chacaito, Chacao, Altamira y los Palos Grandes.
Como todos aquellos simples usuarios de ese medio de transporte, Yomira ya estaba transformada a la par de la indiferencia, mientras los que intentaban colarse a los trenes tropezaban con ella, acomodándose dentro del útil cuadro demarcado. Casi 300 personas estaban en dicho andén. Los olores cutáneos se concentraban, pero con tantas ansias por llegar a casa se hacían soportables. Cualquier persona allí era totalmente indiferente ante la otra, nadie está al pendiente de nadie, solamente se cuenta con el impulso de salvaguardar la integridad física, el espacio propio, mientras el mismo era permanentemente violado. Todo normal, según las características del transporte sobre rieles. Nada fuera de lo común, lo cual como siempre prometía llegar a casa a tiempo. Todo volverá a su sitio, la paz retornaría y el descanso descendería a los pies en forma de dolor, obligándo al obrero a no cometer movimiento alguno, concentrando todas sus energías en la telenovela mientras se está en postración horizontal sobre la cama.
Cuando la cola de gente donde estaba Yomira se iba achicando, una señora mayor se coloca a su lado. Y, aunque seamos indiferentes a quien se pare a nuestro lado en el metro, uno siempre sabe quienes están allí. Es decir, se reconoce al de adelante y al de atrás, en sincronía con los que se postran en los lados. Evidentemente, el sentido de orientación de Yomira le comentaba que la usuaria acompañante era nueva en la cola. A lo mejor como siempre, se había colado valiéndose de su visible incomodidad, ya que traía consigo más de 5 bolsas en sus manos y antebrazos, pesadas a evidencia perceptiva. Sin más, completaba el cuadro disergonómico cargando una pequeña.
Llega el tercer tren. Hora de abordar. De calarse el gentío dentro del vagón. Yomira recoge su bolso y se dispone a entrar, pero al momento en que las puertas se abren y las personas con destino a Chacaito comienzan a bajar desesperadamente del vagón, la vecina colada comienza a gemir cuando uno de los usuarios salientes choca con ella, provocando que dos de sus pesadas bolsas cayeran rasgadas. No podía tomarlas con facilidad, ya que se le podía caer la bebé, y por ende, lastimarla.
La mujer solloza y de inmediato pide ayuda, y como Yomira cuenta con un corazón de acero, regresó para ayudarla de entre la muchedumbre que obligadamente deseaban entrar en el vagón sobrecargado. Ella extiende su brazo con gentileza para tomar las bolsas pero la señora le da a la bebé para que la sujete, mientras esta recoge sus paquetes. Yomira la toma en sus brazos y la observa, cuando de repente la niña, de fisonomía indígena, comienza a llorar porque la confusión que hay en el metro la perturba. Gente entra y sale del vagón, mientras que otros se cuelan descaradamente en el rayado, intentando incorporar cuanta contextura física dentro del metro, la señora recogía sus bolsas, y el metro pita la señal del cierre de puertas. Yomira voltea para observar frustrada que el tren se le va, y que más de 35 personas se habían colado frente a ella para abordar el próximo tren. Esto la retrasaría bastante.
Ella voltea para entregarle la bebé a la señora. Cuando observa que ésta no estaba. Ella comienza a llamarla con candidez de mujer humilde, y como cosa extraña de nuestro universo lleno de sorpresivas manifestaciones, arriba a la estación otro tren casi vació. De inmediato, todo aquel que se encontraba en el andén Propatria, ya formaba parte de las entrañas de los vagones.
Chacaito estaba vacío y descongestionado gracias a la gestión del CCO que ordenó al tren que venia de Palo Verde, la descarga de todos los pasajeros en Sabana Grande, para hacer cambio de línea y descongestionar la estación con mayor concurrencia en la tarde.
Yomira no tenía cabeza para pensar en la logística administrativa del personal del metro. Ella solamente se quería ir, pero no lograba ver a la mujer.
Arranca el tren, y la brisa que origina la succión del túnel cubre completamente a la protagonista y a la niña, cuando comprende de manera estupefacta que la señora se había ido para dejarla sola, con su bebé.
Yomira comienza a gritar aterrada, había caído en cuenta de lo que estaba pasando. Una mujer extraña de ropas harapientas le había dejado a su bebe en los brazos.
—¡Ay ayúdenme, auxilio por favor… me dejaron un bebé!
La niña comienza a gritar de hambre y desespero. Yomira la observa con impotencia cuando intenta correr a la caseta de información para pedir ayuda, pero sus piernas no daban para nada. Las señales del sistema nervioso central se habían paralizado para meterla en el vagón del pánico, para dominar su corpulencia y su capacidad motora hasta elevarla a un estado de shock que no podía evitar.
—¡Dios mío yo tengo 3 muchachos, auxilio señor ayúdeme!
Los nuevos usuarios que arribaban al andén casi vacío, observaban a la mujer desesperada con un bebé llorando a rabiar en sus brazos, y como siempre en el metro, predominaba el frió desinterés. Nadie atendió su llamado. Cuando de la nada se escuchó en el altoparlante “atención personal operativo, actividad B-5 en andén uno, actividad B-5 en andén uno” la mujer del barrio comenzó a llorar con terror evitando el desplomar de sus piernas. Tenía en sus brazos a una pequeña y hermosa desconocida, que evidentemente había sido abandonada por su madre mientras que la realidad le comía los labios y hacia fiesta con sus ojos.
Dos camisas azules se aproximan corriendo por la escalera mecánica y desde lejos, pudieron observar a Yomira casi desmallada. En un estado de petrificación que asustaba al más cuerdo de los citadinos.
—Señora, buena tardes, ¿qué pasó?
Yomira estaba congelada y casi podía mover sus labios mientras observaba fijamente al bebé que se había calmado con el dedo pulgar de su mano mientras se lo intentaba comer para saciar su hambre.
—¡Señora por favor responda! ¿Qué sucedió? ¿Es su niña? ¡Señora atienda!
Un universo de pensamientos controvertidos y complicados estaban chocando en la mente de Yomira. Una mujer le dejó un bebe y ella tenía 3 hijos. Su instinto le había dicho que su vida cambiaría una vez más para siempre, que se acabaría la sensación de haber visto crecer a sus niños y que ahora tenía que incluir un nuevo plato en su mesa para alimentar a la abandonada. Pero también pensaba en el precio de los pañales desechables, en lo difícil que es ser atendido en un hospital público y en la tristeza de saber que ella no cuenta con un seguro HCM. ¿Qué le dirá su esposo? ¿Cuál es la reacción que sus hijos tendrán cuando vean a su madre que trabaja como burra para llevar comida a su casa, aparecer a media noche con una niña en brazos? ¡Ahora debía fracturarse más la espalda trabajando para poder mantenerla! El pensamiento era inevitable ¿Qué se supone que uno haga en una situación así? ¿Pensar en la realidad o dejarse llevar por la humanidad del cuerpo y la mente? ¿Acaso seria sencillo verse en una situación parecida cuando en un país como éste hacer vida es casi imposible? Más confinamiento en el barrio. Más comida barata y más caldo de pollo como sustituto de sopa. Un sueldo que ahora se depreciaría en saldo negativo y un sueño de querer levantar una carrera técnica destrozado, desnudo, marchito por la decadencia de papel que vivimos todos los venezolanos que pasamos todos los días por en medio de los barrios de Caracas y somos completamente incapaces de observar la vida allí, de ponernos en perspectiva con esas personas que sufren condiciones inhumanas y se desgastan la vida tratando de llevar alguito a la casa, para que la mala suerte se apodere de ellos y se alimente de sus vísceras al ponerle en los brazos a una niña extraña que no tiene nada de culpa en el mundo por haber nacido, para que en tan temprana edad inocente sea abandonada con descaro y deshumanización en los brazos de alguien que está necesitada, pero que trabaja honradamente y jamás comete injurias. ¿Es que acaso Dios selecciona a los buenos para estas tareas difíciles? Porque, ¿no seria justo que esa bebé hubiese parado en el regazo de alguien que tuviese dinero como para darle una vida digna? ¿Por qué Yomira?
—¿Por qué yo?
—Señora, ¿me escucha?
El cielo se había fragmentado en pedacitos y se había regado por toda la dermis de una mujer que estaba sudando frió y no podía ser capaz de asumir semejante problema que estaba padeciendo. El universo acababa de asignarle una tarea que le duraría por milenios sin importar el daño colateral. El mismísimo universo se fijó en una mujer con corazón de acero y le posó en sus brazos a una bebé recién nacida en una tarde cualquiera en la parada del metro. Ahora Yomira de a poco comenzaba a reaccionar, respirando profundo y dejando de llorar para delegarle la responsabilidad a su conciencia y hacer lo correcto. Sentía que habían pasado años, milenios, eternidades, pero tan solo el suceso llevaba registrado en el cronometro del mundo unos escasos segundos.
—¡Ay señor! Una mujer vestida de blusa marrón con falda negra, tiene el pelo rizado y la cara como sucia, es morena, ¡ay señor me dejó a la niña y yo solo la quería ayudar con su bolsa!
El personal hablaba en clave por los radiotrasmisores. El operador del CCO había ubicado en el video el momento exacto en el que Yomira se regresa del vagón, choca con 5 personas, intenta tomar la bolsa pero la mujer le da a la bebé y se queda con ella, luego mira hacia atrás y ve el tren cerrar sus puertas. En el video se observa que la mujer desconocida se agacha y gatea por en medio de los pasajeros, para ir rápidamente hacia la escalera opuesta por la que bajó buscando subir a la salida de la Pichincha. Todo el Metro de Caracas había desplegado su habilidad y demostrado el ente eficaz que es para las emergencias, mientras los dos muchachos atendían a Yomira. Subían con ella hacia la caseta de información para asistir a ella y a la niña, mientras los usuarios que entraban y salían del metro eran incapaces de saber lo que estaba sucediendo en ese momento. Yomira gritaba, pero a la vez intentaba acurrucar a la nena, el personal detectó por video los movimientos de la madre descarada, de inmediato dieron la orden de seguirla. La mujer aun estaba dentro de la estación, y evitaba las cámaras pero el filo del lente de la que estaba ubicada en la salida de la Pichincha la tomó in fraganti mientras abordaba la escalera mecánica para escapar de su realidad.
Yomira sólo miraba por la pantalla mientras reconocía a la mujer. Había entrado al Centro de Control de Operaciones para identificarla. Mientras el personal metro perseguía a la mujer, ella explicaba lo que había sucedido.
La tomaron por el brazo, y antes de poner el pie en el primer brocal que une a la entrada de la estación con la calle, la mujer había sido apresada.
La pesadilla había terminado.
Dos horas después la Policía de Chacao estaba entregándole la niña a su madre natural luego de interrogarla. Yomira se dirigía en el metro que en ese momento estaba totalmente vació hacia su casa. Lamentablemente esa noche no dormiría bien, no tanto por el hecho de que llegaría tarde y que tendría que hacer todo tarde para acostarse casi a la madrugada. En el fondo sabía que con todo y el cansancio físico que acarreaba, la mente no la dejaría en paz esa noche hasta el día de mañana. Pero a pesar de todo, se iba tranquila porque sabía que las autoridades se encargarían de la madre desnaturalizada. Aunque sentía miedo porque algo le decía que esa mujer lo volvería a hacer. Algo le susurraba desconfianza de las autoridades, total ¿quién puede creer en éstas? Arrepentida, antes de bajarse del vagón en la estación Plaza Sucre se dijo:
—¿Por qué coño no le metí una cachetada a esa mujer que abandona a su hija, pudiéndole meter el pecho a la vida como lo hago yo todo los días?
Pero jamás logró contestarse esa pregunta.
—¡Anita, viene Anita! Esa sí que le formaría el zaperoco a la mujer.
—¡Ay Dios, yo en verdad no sé que haría!
—Yomi, tienes voluntad de hierro, ¿sabias?
—Mira… tomate tu café chico.
—¿Yo? No mijo, tremendo susto me llevé.
—Vamos a contarle a Anita, seguro que ella adoptaría a la muchachita con todo y mamá.
—¿Qué trajiste de almuerzo?
—…
—¡Dame!
—Yo no sé chama pero a mi me embarga el sentimiento de madre y me quedo con la niña.
—¡Aniiiiiitaaaaa!
—Vamos a comer Beibi.
—¿Qué pasó? ¿Y ésta reunión?
—Jajajaja, nada mi linda, solo hablamos.
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"Las estrellas se alcanzan".
Ed.






8 Coment:
Uff, Ed, escritazo! [sí, me quedé con la curiosidad amarrada en la muñeca y decidí leer, después de todo, y valió la pena] La manera como tratas el contexto, los pensamientos, las sensaciones, todo, todo, excelente. La atmósfera de caos que creas en los diálogos es propia después de leer lo que le pasa a yomira. No, vale, bien buena tu narrativa. Te felicito!
Miércoles... Yo creo que me hubiese ido con muchacha y todo... Aunque no se... Yo que no soy Yomira, me quedé pensando ¿Qué será de la suerte de la bebita? :S Demasiado cripi! ;(
Por Dios!!! tremendo relato, yo por mi condición creo que me quedo con la niña que más da, pero me iría por la vía legal. Felicitaciones por este post, te la comiste. Feliz semana. Besos y un fraternal abrazo.
Me encanto!! aunque lo lei por encima!!... como siempre MUY BUENO!!... yo creo que me quedaria con la bebe, la verdad no estoy segura... De saber como reaccionariamos a todas las situaciones nuestras historias serian otras creo yo...
Saludos!! =)
mi estimado, redacción A1 plus. Gracias por tu visita
Definitivamente complejo, entendiendo la profundidad del conocimiento y sentir "sencillo" de Yomira, no tenía otra cosa que hacer, es en definitiva una madre guerrera y aguerrida.
Si las madres con "posibilidades económicas" deambularan tranquilamente por las estaciones de metro (congestionadas por demás) de nuestra Ciudad Capital, se entendería que quisieran quedarse con la criatura (o que de facto se quedaran con ella sin decir nada) de ahi nace en mi "me quedaría con la niña" pero, plantada en los pies de Yomira y entendiendo su "realidad aplastante" creo que ella no tenía muchas más opciones, así de desigual es la vida.
Megalomaniacko, mi admiración para Yomira por su entereza como mujer y madre y para Ud. por su excelente narrativa.
Definitivamente hay gente en este mundo que pareciera que carecen de alma... como abandonar ese pedacito de carne que salio de ti? la vida que tu creaste por culpa del 'amor'?... Siempre habran preguntas sin respuestas...
Un beso..
Magnificamente contado, me gusta mucho tu blog y me gusta mucho la música que pones aqui ¿donde la consigues? Yo hubiese intentado quedarme con la niña, pero es evidente que las autoridades no me hubiesen dejado.
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