Josh.



Fotografía por @cannibalita (LM-02)


Josh —porque así le decía su madre desde niño y era pues como se llamaba— no soportaba el ruido de todos los que participaban en clases. Miraba sus manos con indiferencia y a la vez hacía mediciones con su lápiz. Perdí la cuenta de las veces que le sacó punta; y su nombre, como un anatema, retumbaba dentro de sí después de un hazlo.
—Exacto, porque esa era la mejor forma de interpretar el texto. Has hecho un buen trabajo en serio, por eso te dijo, muchacha, tienes talento. Yo sé que si te lo propones, puedes.
 ¿Talento? Palabra muy odiosa como lo es «talante» y que, inquieta, parece habitar en la mente de cualquier ser humano. Como una invasión, una casa de papel hecha con sobras de naipes erguida en medio de la sala para que todos la aprecien como una obra de arte. Como un órgano literario, así como más comos. Josh no soporta el ruido de los ventiladores. Algunas luces quieren seguir parpadeando y las persianas, si es que todavía existen, se abren y se cierran sin siquiera estar ahí. Maldecía en cada momento y con mucha fuerza clavó el lápiz afilado en su mano derecha. Tomó un impulso y sacó la punta ensangrentada, y en menos de dos segundos la volvió a clavar en la misma mano justo al lado del hoyo original.
Ella lo miró pero no dijo nada y la clase parecía mantener su rumbo de gallera, como siempre.
—Algunos de tus textos muestran un esquema brutal. No sé cómo describirlo, es decir, no sé qué pueda decir de él o cómo interpretarlo perotejuropormimadrequesísécómo halagarte hasta que se me canse el brazo mientras agito mi ignorancia.
La punta ya roja salió, y al cumplir la trayectoria de una cuarta, volvió a clavarla en la mano derecha. Ya eran tres sin aparente dolor.
—Y la muerte no siempre es la mejor opción.
¿Ah? Ni qué decirlo pero yo también puedo elevar tu obra musical como un beso de obrero y decirte lo sagradamente especial que sos, pero no lo juraré por mi madre. Entonces la cuarta entrada en la carne casi raspando el hueso se dio. Después prosiguió con la última y al tener los cinco huecos chorreando sangre igual que una fuente, la mano herida sirvió de guía para comenzar a azotar el lápiz hacia la izquierda que, sin tomar detalles creyó que pasaría sin ser vista en este esquema.
—¿Por qué la muerte no siempre es la mejor solución? Ah, ya sé. Sos de las que piensa que deben sufrir primero, que hay que torturarlos y hacerles un camino muy painful hacia la muerte pero no. A mí eso me parece un desgaste. No digas nada en serio. Estar todo el día golpeando a alguien para que agonice como un cruzado no me parece funcional.
Ella volteó sus ojos como cualquier persona lo haría cuando no encuentra aplauso o razón en la razón de con quien sea que discuta. El tercer clavazo del lápiz en la mano fue un poquito fuerte porque, traspasó la madera del pupitre y Josh, sosteniendo la mano estacada y haciendo fuerza con su pierna derecha, parado y sin que nadie lo mirase en clases, comenzó a tirar hasta sacarse la mano. Paradójicamente el lápiz se quedó clavado ahí y su mano no salió bien. Hubo entonces arruinado la bonita forma de los cinco huecos en la mano derecha porque en la izquierda no había simetría.
—¿Quieres participar? Qué te parece el texto de nuestra querida Manuela ¿no te parece genial? No es, de por sí… ¿inquietante?
Entonces tódos (con una innecesaria tilde en la “o”) voltearon para ver la mano izquierda de Josh que, como supieron antes de todo esto, el dedo medio comenzaba a desprenderse. Halaste muy duro, muchacho pendejo. Ahora te quedarás sin dedo medio y no tendrás cómo sacárselo a la gente que te moleste.
—¿No vas a decir nada? Eres un grosero, ¿sabes?
Cállate tú y mira hacia adelante. Diría yo sin embargo y Josh lo ignoraría, por supuesto.
—La muerte es casi un homenaje. Una salida rápida y facilísima de todos los seres humanos que vienen a sobrepoblar esta casualidad de planeta con sus fantasías mentales. Pero yo no te diría que los mates. Te clavaste las manos para evitar hacerlo. Yo vi el arma. El arma en tu casa y ahora en tu frente y ahora te estoy viendo ahí parado esperando que el profesor deje de sonreír, para pedirte que te sientes porque no dirás absolutamente nada. La muerte no lo soluciona todo porque los matas y vuelven a nacer y la gente crea tradiciones. Lo que sea que hicieron los que antes estuvieron vivos y ahora son nomás que muertos, lo repetirán sus hijos, familiares o primos. Por eso no lo hagas.
Pues yo no pensaba hacerlo aunque todo siempre dependerá de Josh. ¿No lo crees? Y entonces el profesor dejó de sonreír y el adolescente de doce años se sentó y la clase continuó. La buena de Manuela siguió recibiendo su suerte de halagos uno tras otro, como si nadie hubiese entrado al salón de pronto e interrumpido —pues nada de eso pasó. Pero la sangre comenzó a caer como un chorro inconmensurable y poco a poco fue llegando hasta los pies de la poeta intérprete. Y nadie parecía notarlo.
—¿No piensas hacer nada? —Continuó el profesor, así como antes había empezado.
—No. ¿Tú por qué harías algo?
La sangre subió a través de esta historia y los poros de aquella niña gordisimpática y encantadora, comenzaron a morir en serie bajo la expectativa de todos en la sala.
—Recítanos otra de tus obras. Vamos. Háblanos a todos y dinos cuán lindo fue tu día.

Josh —porque así se llamaba un abuelo lejano que nadie conoció y con el que todos fabulan bonito y… no obstante, sólo a él le pusieron ese nombre en toda la familia—, se volvió a levantar y agarró el lápiz con la mano que sí podía mover y se lo clavó en el ojo.
Después en la sien.
Después en la mente y en el corazón.

Luego corrió hacia el patio y todo terminó para él, pero en la clase, la discusión del último texto de esa niña se quedó en el aire, cuando todos disponían de sus modismos para volverlo a leer, mientras ella yacía en el preciso espacio donde lo recitó, bañada en la sangre de su jovial compañero, ya casi muerta.
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Ed J.L