Los Trabajos y Los Días, Por Omar Requena.



Fotografía de @cannibalita (título: Lightbox Santa Lucía).

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“Para librarme de lo que vivo, vivo.”

Antonio Porchia.

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Cuando era soledad a secas y no “solitud” (del inglés solitude: soledad necesaria, querida y requerida; para la reflexión, para el afán creador) él tenía un recurso: se tomaba el trabajo de recortar periódicos, los guardaba en su cartapacio y corría a la Plaza Bolívar; porque toda ciudad, todo pueblo de su país —insignificante o no—, tenía una Plaza Bolívar. Una vez allí, procuraba un asiento a la sombra; cualquier observador curioso habría pensado al verlo con sus papeles en un estudioso, quizá un cronista preparando algún trabajo, buscando inspiración, acicate, entre la concurrencia. Claro que no. Él estaba ahí, efectivamente, pero no ensimismado sino aturdido. Escuchaba sin comprender nada. Se figuraba un Malcolm Lowry de pacotilla, justamente por entender muy bien lo que se decía alrededor. Jugar a ser Sibjorn Wilderness: un no-humano. Y como Lowry, pergeñaba notas que seguidamente rompía por intrascendentes o estúpidas. Esbozos de textos que jamás escribiría. Y sin embargo. Si la daba por conversar con quien tuviese al lado, a los quince minutos ya estaba harto de su vida y obra; se despedía y vagaba por el centro del pueblo. Calle El Palmar, Calle Urdaneta, Calle Falcón. Avenida Ribas, hirviendo de automóviles, de gente que tropezaba al caminar, contestando con insultos o amenazas a cualquier reclamo. Ése era el lugar más descortés de la tierra, fácilmente podías quedarte con el saludo en los labios una mañana entera. En ocasiones le enfurecía tanto eso que no podía evitar el sarcasmo; casi le pone una silla en la cabeza al delegado de curso, quien se le mosqueó cierta vez —por mal educado— en plena Universidad. Luego se avergonzó del arranque. Él no era así. ¿O ya estaba maleado? ¿Había por fin cedido a la debacle, al embrutecimiento que se tragaba esquinas y memorias? Lo más consistente de Ocumare era su pasado y éste importaba bien poco, la verdad. Personas con maravillosas historias iban desapareciendo irremediablemente. Nunca lograba entrevistarse con ninguno. A su modo de ver, eso era una tragedia. Había que hacer como recomendaba Cioran; decretar luto universal cada vez que un ancianito de esos moría; más aún si se trataba de un iletrado. Gente así poseía un pensamiento mágico-poético que ya hubiera querido para sí mismo. Echaba pestes al recordar esto. Miraba la fachada muerta del Primer Museo de Ciencias Naturales y Productos del Estado; lo convertirían en centro comercial luego de mil “debates” entre la runfla de politiqueros regionales, picados por la mosca del “progreso”. Y él, dedicándose a escribir en un lugar donde el tiempo discurría de lado como un caracol idiota, no joda. Antes probó con otros oficios. Se vio manipulando una linterna, haciendo el chequeo de una flotilla de camiones en un patio enorme. Recordó al chofer desdeñoso en su trato con los demás compañeros; en sus viajes por Venezuela escuchaba a Bach y a Vivaldi, encerrado en su cabina de aire acondicionado. Le regaló una edición barata de Gargantúa, que releía todos los años. Un tipo decente, Rodolfo, venido a menos por el vicio del juego. Después fue obrero en Lafarge, cocinero, lavaplatos, vendedor de suscripciones de una revista pésima, aprendiz de albañil, mensajero, asistente editorial, burócrata. Quiso ser conferencista de temas esotéricos y devoró cuanto libro-revista-panfleto pasara por sus manos, sin discriminaciones. Se lió con metafísicos, rosacruces, con gnósticos y espiritistas. Ideó su propio sistema de “ocultismo experimental”. Una tarde de Julio casi logra la cristalomancia. Qué es lo que no había intentado ya en ese yermo espiritual. Teatro, cine, recitales poéticos; proyectos de periódicos y revistas que fenecían antes de nacer. Porque carecía de coherencia consigo mismo, de un verdadero sentido del compromiso. En lugar de certezas, flotaba inerme en luz artificial.

Rondaba por el centro de Ocumare. El yo-yo del sol, implacable, le producía fuertes dolores de cabeza. No tenía ni para gaseosas, así que de vuelta en la Plaza Bolívar, sacaba las margaritas de papel periódico y echaba mano a su recurso contra la desazón; con voz neutra iba diciendo mientras deshojaba: “Soy un poeta maldito... mucho, poquito... nada”. Así, hasta que la sensación de ridículo se le apretaba en el pecho, y estallaba luego en carcajadas que no llamaban la atención a nadie.

Soledad a secas, o solitud, daba igual; ya con esto tenía fuerzas para sobrellevar un día más. Y sin embargo. Sin embargo.
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Por: Omar Requena.


3 Coment:

Omar dijo...

Yo conocí, en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, a un tipo que hilaba historias de gente así, que como que no existían pero al final resultaba que si.

P.d. Agradecido!

]MeGalOmAnIaCk[ dijo...

Hay que joder la pava.

Ed.

Elka dijo...

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