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Todo comenzó así; una mañana desperté, y al rascarme los ojos para quitarme las lagañas, me dije:
—Si no puedo ser escritor, me voy a operar las tetas.
Y comencé a afeitarme mientras mi mente maquinaba la promesa que ante un espejo y unos ojos con lagañas difíciles de quitar se concebía una y otra vez, una idea que comencé a tomar muy en serio. Algo que muchas veces dije de forma chistosa.
Resulta que desde pequeños siempre vivimos entre fantasiosas ilusiones, embriagados de la palabra sueños; quizás porque nuestros abuelos nos cuentan historias heroicas de cómo los grandes hombres lograron alcanzar lo que se propusieron (vale destacar que nunca conocí a ninguno de mis dos abuelos). Entrando en la adolescencia, entendemos que los sueños requieren mucho trabajo y esfuerzo, y comenzamos a poner todo nuestro empeño en el bachillerato para obtener buenas calificaciones. El amor joven y las ilusiones nos invitan a seguir el ejemplo de esos grandes ídolos que contemplaron en sus vidas la flor del éxito. En la universidad, nos damos cuenta de que dichos sueños son realmente objetivos trazables que no sólo requieren de trabajo duro sino de proyección, negociación y desarrollo para poder conciliar resultados en un futuro bien sea próximo o a largo plazo, rebasando así, en nuestro camino propio, a los tótems del éxito (entiéndase este vislumbramiento totémico de forma general, abarcando desde grandes científicos, emprendedores industriales, artistas y estrellas de rock).
Cuando entramos en la fuerza laboral del sistema social al cual somos parte, comenzamos a contemplar el transcurso del tiempo antes de lograr los sueños-metas-objetivos como una etapa de inversión, es decir, nuestras vidas se ven volcadas al sacrificio, al esfuerzo continuo, diario, donde el todo se invierte en el desenvolvimiento profesional. Es en esa época cuando inicia la construcción de la estabilidad laboral personal, ello se traduce entre 5 o más años continuos en una empresa o institución de ene envergadura, donde procuramos cubrir nuestras necesidades básicas de subsistencia independiente (despaternalizada), haciendo un espacio a veces muy difícil para ahorrar, esperando poder moldear poco a poco, las herramientas necesarias para comenzar a trabajar en pro de las metas trazadas en los días de estudiante universitario. Estas metas son nuestro proyecto personal de mayor ambición (en la vida) donde creemos que nos colocaremos en el escaño de lo que llamamos éxito.
Pero los años pasan, y esas metas se hacen dependientes de las condiciones impresas por la experiencia particular, paterna (proyectada) y social, amontonándose en una avalancha de preceptos que se transforman en desvíos de proyección futura. Es decir, comenzamos a aceptar que sencillamente algunas cosas no pueden ser por lo que implica su desarrollo en la realidad. Nos desviamos de lo que queremos encasillándonos en la frustración de aceptar lo que tenemos más allá de lo que realmente deseamos. Más allá de donde realmente queremos estar.
¿Pero qué pasa cuando hay en ese sueño-meta-objetivo un no sé qué que lo hace más especial de lo normal? Debemos aceptar que existen casos en que los sueños son directamente proporcionales a un talento, a una aprovechable habilidad que se manifiesta en nuestros cuerpos y mentes como una especie de fuerza sobrenatural regida por el instinto puro en un primer momento y luego, ordenado en reglas estéticas que demandan un desenvolvimiento particular haciendo concebible la idea de llevar dichos talentos a la realidad en forma sistemática.
Digo "debemos aceptar" porque así es mi caso. Cuando niño siempre fui atento al mundo desde mis estudios primarios, pero antes del divorcio de mis padres (y del inevitable comienzo de mi vida traumática-infantil por el comportamiento de mi papá después de la separación), mi madre notó en mí ciertas aptitudes que le parecieron pertinentes a sacar provecho. Me inscribió en una pequeña academia de pintura y dibujo en el sector Coquivacoa de Cabimas, un pueblo en la Costa Oriental del Lago en el Estado Zulia donde sus habitantes creen que en realidad es una ciudad.

Mi madre, buscando soluciones al problema del cuidado de sus hijos mientras trabajaba en los comercios de su esposo, ocupó nuestras tardes (me refiero a mi hermano y a mí) luego del colegio al modesto taller de dibujo. De inmediato, la progresiva imaginación que llevaba en mis venas comenzó a sobreponerse. Con mis creaciones de muchachito comencé a atrapar fijamente la atención de mis profesores. Mis dibujos fueron compartidos de profesor a profesor. Resulta que cuando recibía clases en el taller de Dibujo Infantil, la profesora les pedía a todos los niños del salón que dibujasen una casita. Todos los niños contemporáneos a mí en esos años hacían lo que se les pedía, mientras yo iba más allá del requerimiento de la maestra pues, dibujaba ciudades completas. Mi imaginación trazaba en el blog de dibujo estructuras complejas, con vehículos, edificios, cables eléctricos, y un sinfín de cosas que proyectaba perspectiva. La maestra entusiasmada comenzó a hablar con el Director de la escuela para que viera mis dibujos. Apenas tenía 5 años y ya podía pensar en forma abstracta, lo que motiva al Director en una reunión con mis padres, proponer adelantarme de grado para desarrollar el talento creativo que había en mí, pero mi padre, siendo un sagaz lince en los negocios (más que todo un vil avaro) notó que la prima a pagar aumentaría al pasar de grado, entonces por ello desistió de la idea y obligó a mi mamá para que me sacara de la escuela. Evidentemente ella se negó, pero mi padre –comerciante al fin- al ver que no lograba persuadirla adoptó una estrategia infalible que llegó incluso a conservar toda su vida para la disuasión.
—¡Ve mija, en esa verga lo que hay es puro maricos! Ahí lo único que le van a enseñar es mariqueras… eso es una gasta’era e’ cobres pa’ que aguevonéen al muchacho, ¡no, no! Sacá a ese muchacho de ahí porque yo no voy a ser el responsable de eso… yo no voy a pagar pa’ que lo vuelvan marico.
Mi madre, embargada por la ingenuidad y el miedo, acató la recomendación (amenaza; que luego terminó en los tribunales cuando el divorcio) de mi padre y me sacó de la escuela de pintura pues, la hipótesis de que yo iba a parar a marico se reforzó cuando comencé a dibujar piezas abstractas.
Como siempre terminé adaptándome. Pasaron los años, y cuando cumplí 8 en esta vida comencé a pensar, a querer, a desear y a soñar con estudiar Arquitectura. Me sentía fascinado por una arquitecto que vivía detrás de mi casa. Para ese tiempo mis padres ya estaban divorciados, y ya yo tomaba conciencia de que mi papá tenía en sí cierta naturaleza maliciosa cuando comenzó a abusar despóticamente de su poder desde sus riquezas monetarias. Mi madre en cambio se dedicó a la crianza solitaria y estoica de sus dos hijos, con un esfuerzo sobrenatural y con un amor casi inagotable. En mi mente había dos imágenes: en una estaba mi papá, una figura egoísta con mucho dinero, y en la otra mi madre, una mujer humilde que trabajaba muy duro por levantarnos a mi hermano y a mí. El tiempo pasaba mientras seguía cosechando las ganas de estudiar arquitectura, y esas energías de mi cuerpo se manifestaban en otras formas. No era bueno en el béisbol (me refiero jugando) pero era excelente planeando estrategias de juego. Igual lo era en el fútbol y el básquet, cosa normal en mí pero para la sociedad (el pueblo de Cabimas) era un peo pues, yo no seguía los patrones esquemáticos de comportamiento que siempre eran los mismos: maltratar a las mujeres, beber cerveza hasta reventar, fumar, llegar tarde a casa, gritarle a la mamá y por ningún motivo afeitarse el vello de las axilas (había que tenerlas a lo Julia Roberts).

Yo era un soñador nato. Casi sonámbulo. Un muchacho con una bandada completa de pájaros preña’os en la cabeza, y a mis 11 años, conocí a una persona que se encargó de orientar el vuelo de esos pájaros. Me refiero a quien ahora llamo mi maestro; el Prof. José Alberto Espinosa, un guitarrista académico internacional que venía una vez al año en épocas decembrinas a la casa de su madre (vecina) y con su guitarra cautivaba a todo el que pasara –en especial a mí. En esos escasos días de mi niñez me la pasaba pegado a la reja del frente de la casa de la Sra. Ramona para escuchar tocar a Alberto. Sus arpegios versados me instruyeron el camino a la música. Comencé a amarla perdidamente. Quería aprender. Deseaba tocar como mi maestro pero, algunas condiciones lo evitaron. Yo no tenía dinero para comprarme una guitarra. En mi ignorante inocencia le pedí a mi papá que me regalara una. Inclusive, un músico de la localidad que conocía a Alberto y que también era amigo de mi padre, le comentó que en efecto el maestro Espinosa era hijo de uno de los grandes músicos no reconocidos de Cabimas (el Señor Ramón Espinosa) y que era bien que su hijo quisiese enseñarme, pero mi padre como siempre, evaluando los costos de una guitarra, se armó de argumentos interminables (entre ellos que eso era pa’ maricos) y apenas me compró un modesto un Cuatro. Me conformé, porque mi mamá me decía “hay que arroparse hasta donde lleguen la sábanas”. Así que no chisté e imperiosamente tomé una que otra lección de Cuatro, pero no con Alberto, sino con su odioso hermano Willie (sí, se llama y se escribe así). El maestro Willie, no tan pródigo como su hermano, se valió de cuadernitos para enseñarme una que otra nota en el Cuatro. Yo no le tenía paciencia. Ni él a mí. Entonces mi mamá decidió que no más porque yo no quería aprender, cuando en realidad deseaba con toda mi alma que el mismo Alberto me enseñase. Apenas si lo hacía una vez por año. Sí, así mismo como se lee; ¡una vez por año!
A los 13 años me sabía 7 canciones en el Cuatro, y los vecinos me odiaban porque no dejaba de tocarlas y cantarlas (Compadre Pancho, La Noche Azul, una canción evangélica y otras por allí). Luego un día, en casa de mi abuela, descubro que un vecino tenía una guitarra que casi ni usaba. Aproveché la ocasión y me hice su amigo, cosa que me fue fácil porque siendo hijo de un hábil comerciante sabía cómo negociar. Ese “amigo” me prestaba su guitarra cada semana por un día, hasta que luego de unos meses se obstinó de mi insistencia, y en una desesperada estrategia monetaria vendió la guitarra para pagar unas deudas. Ahí murió mi esperanza de ser músico, pero en ese ir y venir me quedó un excelente oído musical que sorprendía vivazmente a mi maestro cuando venía a Cabimas y conversábamos.

Con el tiempo logré destapar dos caños de mi talento: la visión abstracta y la apreciación musical, pero usted dirá: ¿qué tiene que ver esto con el hecho de que me pondré tetas si no llego a desarrollarme profesionalmente como escritor? Pues más adelante lo entenderá. Estese tranquilo y siga leyendo.
A mis 15 años estaba en una depresión que me fue difícil sobrellevar. Mi alma sencillamente no podía con su propio peso. Mi promedio escolar era de 11.3… ¡malísimo! Entonces así fue como le dije adiós a la Universidad del Zulia porque para entrar allí, mínimo: 14 puntos en promedio. Y si quería ingresar a la escuela de Arquitectura necesitaría mucho más. No podía devolver el tiempo. Mi sueño de ser Arquitecto estaba devastado, y para consolarme comencé a trabajar con mi padre en sus negocios de construcción (de casas cuadradas y feas). Abandoné los estudios de bachillerato y comencé a adoptar el patrón cabimense (ese que describí más arriba) aceptando mi posición en la vida. Las ilusiones se perdieron y la resignación apareció, pero para mi gracia fue por poco tiempo. Digamos que una intervención vital me encarriló de nuevo.
Dos meses antes de cumplir 16 años, un viaje a la ciudad de Maracaibo comenzó a cambiar mi percepción con respecto a los sueños-objetivos-metas. Esa vez le tocó a mi amada tía Mariela. Al verme lúgubre y vacío se desesperó por levantarme el ánimo. Decidió llevarme a la que sería mi primera Feria de la Chinita, donde conocí a una dulce niña de 15 años. Me enamoré perdidamente. Se trataba nada más y nada menos que mi primer amor. Esa noche del 17 de Noviembre de aquél año viví la experiencia electrizante del primer encuentro con el amor. Sus ojos, sus manos, su rostro ¡todo se robó mi atención! Removiendo poco a poco mis ilusiones. Embobándome como siempre lo fui. Entonces la realidad se destacó. Ella vivía en Delicias y yo era pobre, sin carro, ni familiares con carro que me llevaran desde Cabimas hasta su casa. Todo ello se resumió a que nuestro noviazgo estaba limitado al beneficio del teléfono público.
Ese fue un claro factor crucial porque, era la única forma de mantener ese amor en la distancia. Yo la amaba más de lo que ella a mí, así que debía garantizar mi supervivencia en su corazón (si es que quería cumplir mi deseo de besarla). Intrépidamente comencé a robar las revistas Cosmopolitan y Vanidades de mi madre para recortar los poemas y tips para enamorar. ¿Qué por qué los recortaba? Pues, mi padre tenía un trauma mental de que todo lo que no se hiciese bajo el patrón cabimense era de maricones, pues imaginen ¿qué hubiese pensado si me agarraba con un montón de revistas de mujeres? He ahí la razón de los recortes. Con lo que ganaba trabajando con él, compraba tarjetas telefónicas para hablar con mi novia a distancia. Todas las noches le recitaba los poemas que encontraba con astucia en esas revistas. Con el tiempo, la actividad se hizo tan común que los poemas de amor se acabaron, y mi madre casi me mata cuando se dio cuenta que era yo el que rompía sus revistas. La pubertad me enloquecía, había demasiada testosterona en mi cuerpo. El sólo deseo de imaginarme rompiendo la variante de la virginidad me mantenía motivado para vociferar frases y poemas propios cada vez que la llamaba por teléfono.

El problema fue que el tiempo siguió transcurriendo, y dicen que el poder de la piel es más fuerte que la palabra. En una fiesta familiar me enteré que Cecil se había besado con su primo Luis; eso me destrozó el corazón y me enseñó a sentir celos. Pero como en las clases de dibujo y las improvisaciones en la guitarra, nada fue en vano. El tercer caño de mi alma se destapó: La poesía apareció en mi cuerpo.
Acepté la derrota y vi que era imposible tratar de hacer vida como arquitecto (claro, no tenía el promedio) e igualmente contemplé que quizás intentar conquistar el mundo con una guitarra era completamente absurdo, más que todo si no se tenía dinero para comprar una. Y la poesía, ¡ay la poesía! Simplemente se había transformado en un arma que me ayudaba a conquistar mujeres en las esquinas de mi casa, no sin mencionar que mejoró mi habilidad para decir mentiras, estructurar frases y expresarme con grandilocuencia.
Aceptando muchas cosas en todos esos años subsiguientes, comencé a estudiar en el Instituto Universitario de Tecnología de Cabimas (¡a mucha honra nojoda!), diciéndome esa vez que todo sería diferente, que un cambio trascendental se daría en mi vida llena de tanta mala leche. Estudiando en la extensión de Ciudad Ojeda me transformé en la sensación de mi casa de estudios. Heredé en poco tiempo una obsesión por las bibliotecas. Me devoraba cualquier libro que encontrase con el fin de aprobar todas las materias con un promedio superior a los 17 puntos. Y así iba. En las clases me gané un eximo prestigio entre los profesores y alumnos gracias a las horas invertidas estudiando con tanta pasión. Era un excelente expositor, y desarrollaba muy bien los trabajos de investigación, tanto así que se convirtió en un negocio que me ayudó a mantener mi carrera (vendía mis trabajos de investigación). Llegué a dar clases bajo la supervisión de muchos profesores que tocaron mi corazón, que vieron tantas cosas en mí que mucho tiempo ignoré, o sencillamente viví sin su consciencia. Me gustaba mucho ir a clases. Cuando llegaban las vacaciones metía materias en verano, pero a veces no podía por la prelación. En esos “entresemestres” sentía miedo de que todo se derrumbara nuevamente como en otras ocasiones por descuidar el trabajo duro hacia los sueños y las metas, así que para mantenerme fresco me puse a entrenar leyendo, pero como la biblioteca estaba cerrada no tenía otra opción que pedir prestado libros a las personas que me circundaban (vale decir que no tenía dinero para comprarlos) y les digo señores que pasaba muchísimas horas del día leyendo libros, en especial los libros de psicología y filosofía de mi tía Mariela quien en su juventud tenía el “sueño” de ser psicóloga y estudió 2 años en la universidad pero tuvo que dejar la carrera cuando se casó y tuvo a su primer hijo.
Horas y horas en esas vacaciones mientras las personas en Cabimas jugaban agua, tomaban cerveza, tenían sexo sin protección y se enamoraban en el candente verano. Lo único que yo hacía era engordar kilos y leer cuanto libro se me atravesase. Lo disfrutaba ¡en verdad amaba la literatura! Hasta que así los años se fueron cosechando y la graduación llegó (por secretaría porque ni pa’ anillos ni pa’ nada).

Probé mi suerte. No era arquitecto, ni músico, ni mucho menos poeta. Era T.S.U en Administración graduado con honores, primero en su clase. Me sentía embriagado. Lleno de la seguridad de que se me abrirían muchas puertas en el mundo del desarrollo profesional. El éxito estaría a dos segundos de la graduación ¡pero no! Nuevamente el compendio social-político-económico de mi país conspiraba para que una vez más, mis sueños se cayeran. Era la época del paro petrolero. Era imposible entrar a trabajar en la industria petrolera (como todo cabimenses los sueños se reducen al simple hecho de poder trabajar en PDVSA [cultura del petróleo, como le dice mi maestro]). Me tocó incorporar a mi vida un tanto de pensamiento comerciante con una pizca de religiosidad. Con la fe y la esperanza de que algún día tendría mi propia empresa de telecomunicaciones, monté un tarantín en la calle donde alquilaba teléfonos celulares (Movilnet, Telcel, CANTV. Digitel no porque no llegaba señal en el Zulia) consolándome con la idea de que si Dios me veía trabajar duro, me abriría las puertas del cielo para que el éxito se incrustase entre mi piel.
A pesar de que era una paja sacrificionista, en cierta forma así pasó. Pero luego de que Telcel [no existía Movistar] me cortó dos teléfonos por “aplicación ilícita de la línea con fines comerciales” y un antojoso hijo de la calle enamorado de mi Movilnet me lo robara, mis esperanzas de empresario estaban fraguándose en un tanque de magma. Debía demasiado dinero por la reactivación del teléfono y la compra del otro. Pero un día una señora de avanzada edad se acercó a mí.

—Ay mijo, Telcel.
—Tome. —Le dije.
—Aló, ¿que fue mijíta cómo estáis? ¿Qué fue, cómo sigue Chepina? ¡Ay aquí mija, con un dolor en la pierna! Ajam… decime pues si me va a ver la Dra. [¿?] Ay mija Dios te bendiga, gracias, bueno sí… decíle que yo le voy a llevar el dulce de hicaco. Chao pues, Dios te bendiga.
Su conversación fue tan normal como muchas otras. Yo supuse que debía chequearse o algo así, por eso de la doctora (quizás en el hospital de Cabimas, por su dolor en la pierna).
—¿Cuánto es mijo?
—Dos mil bolívares señora.
Pasó un rato mientras la señora desesperada buscaba en su cartera. Sin que ella supiese, su nieta le había sacado el dinero, así que yo cándidamente le regalé la llamada. La señora se vio conmovida por mi gentileza, e hizo lo que los cabimenses hacen esas situaciones: se sentó a mi lado para conversar un rato. Como se habrán dado cuenta en estas 5 páginas que llevo de éste cuento, me gusta expresarme y comentar con detalles mis historias alocadas, por lo que era de esperarse que ese rato la señora lo pasó escuchando mis penurias.
—¿Sabéis que mijo? Yo estaba hablando con la Presidenta del Sindicado de Trabajadores Petroleros de PDVSA… y mañana mismo me voy a ver con la Dra. María Cristina Iglesias, la Ministra del Trabajo que viene para Maracaibo a las oficina de la Torre Lamas en el centro. Y bueno si vos queréis, dame un currículo para conseguirte trabajo en la empresa.
No voy a emitir los detalles exactos de mi sorpresa. Pero sí, la fucking vieja me había conseguido trabajo, pero como todo en la industria era absoluto compadrazgo (nepotismo), el trabajo que me había conseguido no era compatible con mi currículo. Ocuparía el puesto de Obrero de Operaciones (lo que es lo mismo decir: Machetero) sin que importase un coño lo que yo estudié. No le vi la otra cara al asunto, así que tuve que aceptarlo tal cual. La paga era buena, aunque bajo la condición de un contrato de tiempo determinado.
Antes de ingresar a la empresa (justo en el momento cuando me practicaba los exámenes médicos de ingreso) la suerte me volvió a llamar. En la oficina donde instalaron la sala de reclutamiento y selección (sí, suena asquerosamente militar la vaina, pero ni modo) una persona tenía un serio enredo con la herramienta Excel de Microsoft Office. Yo, como siempre de expresivo, le ayudé y de inmediato me comentó sobre una vacante en la ciudad de Maracaibo en la Torre Lamas en la Gerencia de Finanzas. No obstante no sabía puta mierda de finanzas, pero me atreví. Al otro día estaba en la entrevista con la superintendente de Finanzas de Maracaibo.
—Dígame señor López ¿usted sabe manejar SAP?
—Sí claro, ¿cómo no? Licenciada
—Ajam, ¿y conoce cómo se elaboran las Capitalizaciones?... ¿cómo se amortiza? ¿Qué es un Maestro Financiero y un Libro Mayor?
–¡Claro que sí! Yo casi invento la Contaduría.

Me creyeron… y lo cómico era que yo no tenía ni la más remota idea de qué coño estaba hablando, así que ejecuté la fase dos del plan que maquiné.
—Bueno. comienzas mañana, esta será tu oficina… ¡bienvenido!
—Muchas gracias, no le fallaré… por cierto Licenciada ¿ustedes tienen aquí Manuales de Procedimiento y Operaciones que me presten?
Así fue como pasé casi dos semanas sin dormir estudiando todo lo referente al ejercicio de la contaduría, para poder demostrar que podía adaptarme rápidamente al trabajo. Y realmente me adapté. Esa experiencia me sirvió de mucho en el sentido de que, definitivamente yo le echo bola a cualquier vaina. No existían límites, todo era posible (salvo medicina. En efecto no se puede ejercer como médico así nomás). Pero como todo lo bueno siempre llega a un final… pasó.
En doce meses el Presidente superó su referéndum, cuando yo estaba sentado en la oficina de Recursos Humanos recibiendo mi cheque de liquidación, enterándome en la propia voz de mi amada jefa la Lic. María Severino que no logró hacer nada para dejarme fijo en la empresa (y por Dios que esa mujer habló hasta con el Ministro de Finanzas, pero como el compadrazgo es el compadrazgo, la directriz nunca llegó, los canales comunicacionales se cerraron y el viejo cabrón del Gerente de Finanzas no renovó mi contrato, mientras que por otro lado había empleado a 12 personas, entre ellas familiares, vecinos y amigos [nepotismo]).
Una nueva caída en el mundo de los esfuerzos para tratar de alcanzar el éxito… ¡el puto y pendejo éxito! Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? Aún en mi boca palpitaba el sabor del trabajo duro a cambio del premio divino; comencé a vender perros calientes para dignificar mi sed de éxito. Mi corazón estaba tan deprimido que los clientes se daban cuenta de ello, y me gritaban para que les sacara su orden a tiempo ya que tenían hambre.

Tuve que refugiarme, esa vez le tocó a la música y a la Internet (también a la lectura y a la poesía… puedo decir que construí mi propio imperio personal). Con lo que ganaba como perrocaliéntero podía mantener mi vicio en Internet en un cyber cerca de la casa de mi mamá. Logré mantener intactas a mis cyber-novias pero nada era suficiente, la vida me parecía carente de sentido, así que comencé a expresar mi alma en los versos escritos y en la narrativa. El tiempo se fue consumiendo con el tiempo, y sin darme cuenta ya tenía mi primera novela y mi primera selección de poemas guardadas en un CD que había quemado en el cyber. No tenía computadora. Escribía donde el viento o el dinero de los perros calientes me llevaban. Era el poeta de la salsa mostaza y muchos sabían o comenzaban a enterarse de lo que hacía, y sin darme cuenta la burla comenzó a pintarse de respeto, cuando comencé a recibir invitaciones de asociaciones de escritores independientes y redes de poesía. Participaba en seminarios de oratoria, siempre debatiendo con grupos de lectura sobre estética, sobre composición, el tema, el contenido y la forma y toda lo esencial que se debe aprender para trabajar con las letras. Muchos sabían que yo no había estudiado letras estando claros de que en mi familia no había una sombra genética que se aproximase al arte. Yo parecía ser un mutante entre ellos porque contaba con un talento que desarrollé solo (la formación autodidacta) que se ganó el respeto de muchos profesores conocidos en la materia. Así comencé a creer un poquito más en mi trabajo y me atreví a lanzarme a otros lugares con el fin de ver qué tan bueno podía ser.
Donde llegaba lograba atraer curiosidad hacia mi trabajo. Me encontré enteramente inspirado para seguir escribiendo; así compuse dos novelas más. Pero ya Cabimas había rendido sus frutos en mi corazón y mi cuerpo, y mi maestro, quien para esas fechas era Director del Conservatorio Nacional de Música Juan José Landaeta, me abrió las puertas de su casa y me acobijó en ella… esta vez, en Caracas.

No puedo negar que sin duda la capital me recibió de la mejor forma posible. En cualquier lugar encontraba trabajo. Siempre al tino con mi carrera universitaria, con la sutil costura que correspondía a mi profesionalismo. Seguía trabajando en la letra y continuaba creyendo cada día más en que podía lograr algo serio y provechoso con la literatura. En el proemio de mi primera selección de poemas coloqué la leyenda “¿cuántos perros calientes se necesitan preparar y vender para escribir poesía?” mientras que mi mente y cuerpo mutaban de forma acelerada mientras los años iban pasando.
Pero como en todos los cuentos, siempre el final está sujeto a dos condiciones posibles: la felicidad o el fracaso. A pesar de que ese río de bendiciones no cesaba, se detuvo de repente después de un escaño importante. Ese escaño es este: motivado por mi maestro, envié a un editorial en España mi segunda novela para que la “evaluasen”, recibiendo en pocos meses una respuesta muy alentadora, que no me la creí cuando pasó. Me ofrecieron un contrato de edición con ellos, pero debía invertir unos cuantos euros (no muchos en realidad) pues, soy escritor novel, no estoy sindicalizado y nadie me conoce. La realidad es que el mundo editorial ya no es como antes, ahora se necesitan buenos publicistas para difundir el trabajo que tanto a uno le cuesta construir y que nadie piensa siquiera que existe. Los del editorial estaban interesados en publicar “Memorias de Aquel Pianista Herido” pero CADIVI no da euros ni mucho menos yo puedo comprarlos. Necesitaba un patrocinante en serio. Pero, ¿qué pasó aquí? No lo sé. En la madre patria me estaban dando una oportunidad invaluable para darle un vuelco total a mi vida pero ello no se podía. La misma tenacidad que formé para atender bien a los clientes a quienes les alquilé los teléfonos celulares, a los que les preparé perros calientes; la misma tenacidad para estudiar sin ayuda la metodología financiera se veía amenazada con la nueva vuelta de mi vida.
Bueno señores, ahora es que entra en juego el título de esta canción. Dos meses después de la propuesta lo único que faltaba era conseguir un patrocinante que auspiciara la inicial de la publicación (500 euros) para que se pudiese hacer. Yo ofrecía 20% del derecho mientras que el editorial me garantizaba 5 mil ejemplares a 12 euros cada uno. Justo cuando comienzo a trabajar donde ahora estoy, en la oficina en donde actualmente les escribo éste mierdero, se me promete que la “Fundacion Becoblomh” estudiará mi novela para ver si me apoyaba en el proyecto de publicarla en España.
Han pasado ya 8 meses y todavía no tengo respuesta… y antes de que comenzara a escribir todo esto volví a ver la maldita propaganda de Locatel y Banesco, en donde están financiando Tetas a las mujeres venezolanas. Sí señores, nuevamente como en mi escrito “::Coincidencias de la Radio::” acabo de notar que en este país se apoya más el hecho de ponerle Tetas a una mujer que invertir en el talento que muchos venezolanos hemos construido con un esfuerzo inimaginable en las artes locales, ¡ah! pero como yo no soy como el carbón chavista pendejo de Gustavo Dudamel (y compañía), es decir, no le voy a jalar bola al gobierno de Chávez para que después de publicar me utilicen como objeto de propaganda, voy a tomar una seria decisión en mi vida; ¡ponerme tetas con el Crédito de Banesco y Locatel si no llego a publicar mi novela!, a ver si con ellas tengo más suerte y comienzo a cosechar el éxito que los abuelos nos venden con sus malditos cuentos.
Gracias.

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NotasDelPost: Quiero sinceramente darle todas mis gracias a todas aquellas personas que han dedicado y perdido su tiempo leyéndome, más que todo a aquellos que vencieron el estigma de la flojera para abalanzarse a leer este cuento tan real como mi propia existencia. Es sencillamente por ustedes, queridos lectores, que me he mantenido escribiendo a los largo de esos 14 años. Gracias a las buenas intenciones y críticas que de ustedes me llegan, he logrado atreverme a seguir estudiando la literatura para mantenerme en forma, creciendo cada día más en este campo que tanto amo, con el objetivo de llevarles a ustedes ratos de ilusión, maravillas fantasiosas y prosas enérgicas que logren refrescarles el alma, hacerlos reír un poco e invitarlos a reflexionar sobre las cosas que a diario vemos en este mundo tan complicado. En especial en un país tan golpeado como el nuestro, por tanta ignorancia sembrada a través de los tiempos. Una vez más, gracias de corazón y espero que si algún día por fin se fastidian de mí, al menos mantengan su paciencia con la esperanza de ver mis letras en libros impresos, o en su defecto, poderse reír conmigo el día en que me vean por las calles de Caracas caminando con mis grandiosas Tetas porque en evidencia no logré publicar, le dejé de dar importancia a eso, me entregué a la escritura más que otra cosa y me haya sabido a mierda todo lo demás. Muchas gracias.
AudioPost: Sergei Rachmaninov - The Bells - IV Largo Allegro Andante Op. 35 / Sergei Rachmaninov - Rhapsody On A Theme Of Paganini Op. 43 / Belinda - Luz Sin Gravedad / Claude Debussy - Prelude Afternoon Of A Faun / Depeche Mode - Home / Jojo - Too Little To Late / Sergei Rachmaninov - Symphonic Dances Nº 1 - III Lento Assai Op. 45.
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"Si No Alcanzo Las Estrellas... Me Pongo Las Tetas"
::Ed & El Impío::
—Si no puedo ser escritor, me voy a operar las tetas.
Y comencé a afeitarme mientras mi mente maquinaba la promesa que ante un espejo y unos ojos con lagañas difíciles de quitar se concebía una y otra vez, una idea que comencé a tomar muy en serio. Algo que muchas veces dije de forma chistosa.
Resulta que desde pequeños siempre vivimos entre fantasiosas ilusiones, embriagados de la palabra sueños; quizás porque nuestros abuelos nos cuentan historias heroicas de cómo los grandes hombres lograron alcanzar lo que se propusieron (vale destacar que nunca conocí a ninguno de mis dos abuelos). Entrando en la adolescencia, entendemos que los sueños requieren mucho trabajo y esfuerzo, y comenzamos a poner todo nuestro empeño en el bachillerato para obtener buenas calificaciones. El amor joven y las ilusiones nos invitan a seguir el ejemplo de esos grandes ídolos que contemplaron en sus vidas la flor del éxito. En la universidad, nos damos cuenta de que dichos sueños son realmente objetivos trazables que no sólo requieren de trabajo duro sino de proyección, negociación y desarrollo para poder conciliar resultados en un futuro bien sea próximo o a largo plazo, rebasando así, en nuestro camino propio, a los tótems del éxito (entiéndase este vislumbramiento totémico de forma general, abarcando desde grandes científicos, emprendedores industriales, artistas y estrellas de rock).
Cuando entramos en la fuerza laboral del sistema social al cual somos parte, comenzamos a contemplar el transcurso del tiempo antes de lograr los sueños-metas-objetivos como una etapa de inversión, es decir, nuestras vidas se ven volcadas al sacrificio, al esfuerzo continuo, diario, donde el todo se invierte en el desenvolvimiento profesional. Es en esa época cuando inicia la construcción de la estabilidad laboral personal, ello se traduce entre 5 o más años continuos en una empresa o institución de ene envergadura, donde procuramos cubrir nuestras necesidades básicas de subsistencia independiente (despaternalizada), haciendo un espacio a veces muy difícil para ahorrar, esperando poder moldear poco a poco, las herramientas necesarias para comenzar a trabajar en pro de las metas trazadas en los días de estudiante universitario. Estas metas son nuestro proyecto personal de mayor ambición (en la vida) donde creemos que nos colocaremos en el escaño de lo que llamamos éxito.
Pero los años pasan, y esas metas se hacen dependientes de las condiciones impresas por la experiencia particular, paterna (proyectada) y social, amontonándose en una avalancha de preceptos que se transforman en desvíos de proyección futura. Es decir, comenzamos a aceptar que sencillamente algunas cosas no pueden ser por lo que implica su desarrollo en la realidad. Nos desviamos de lo que queremos encasillándonos en la frustración de aceptar lo que tenemos más allá de lo que realmente deseamos. Más allá de donde realmente queremos estar.
¿Pero qué pasa cuando hay en ese sueño-meta-objetivo un no sé qué que lo hace más especial de lo normal? Debemos aceptar que existen casos en que los sueños son directamente proporcionales a un talento, a una aprovechable habilidad que se manifiesta en nuestros cuerpos y mentes como una especie de fuerza sobrenatural regida por el instinto puro en un primer momento y luego, ordenado en reglas estéticas que demandan un desenvolvimiento particular haciendo concebible la idea de llevar dichos talentos a la realidad en forma sistemática.
Digo "debemos aceptar" porque así es mi caso. Cuando niño siempre fui atento al mundo desde mis estudios primarios, pero antes del divorcio de mis padres (y del inevitable comienzo de mi vida traumática-infantil por el comportamiento de mi papá después de la separación), mi madre notó en mí ciertas aptitudes que le parecieron pertinentes a sacar provecho. Me inscribió en una pequeña academia de pintura y dibujo en el sector Coquivacoa de Cabimas, un pueblo en la Costa Oriental del Lago en el Estado Zulia donde sus habitantes creen que en realidad es una ciudad.

Mi madre, buscando soluciones al problema del cuidado de sus hijos mientras trabajaba en los comercios de su esposo, ocupó nuestras tardes (me refiero a mi hermano y a mí) luego del colegio al modesto taller de dibujo. De inmediato, la progresiva imaginación que llevaba en mis venas comenzó a sobreponerse. Con mis creaciones de muchachito comencé a atrapar fijamente la atención de mis profesores. Mis dibujos fueron compartidos de profesor a profesor. Resulta que cuando recibía clases en el taller de Dibujo Infantil, la profesora les pedía a todos los niños del salón que dibujasen una casita. Todos los niños contemporáneos a mí en esos años hacían lo que se les pedía, mientras yo iba más allá del requerimiento de la maestra pues, dibujaba ciudades completas. Mi imaginación trazaba en el blog de dibujo estructuras complejas, con vehículos, edificios, cables eléctricos, y un sinfín de cosas que proyectaba perspectiva. La maestra entusiasmada comenzó a hablar con el Director de la escuela para que viera mis dibujos. Apenas tenía 5 años y ya podía pensar en forma abstracta, lo que motiva al Director en una reunión con mis padres, proponer adelantarme de grado para desarrollar el talento creativo que había en mí, pero mi padre, siendo un sagaz lince en los negocios (más que todo un vil avaro) notó que la prima a pagar aumentaría al pasar de grado, entonces por ello desistió de la idea y obligó a mi mamá para que me sacara de la escuela. Evidentemente ella se negó, pero mi padre –comerciante al fin- al ver que no lograba persuadirla adoptó una estrategia infalible que llegó incluso a conservar toda su vida para la disuasión.
—¡Ve mija, en esa verga lo que hay es puro maricos! Ahí lo único que le van a enseñar es mariqueras… eso es una gasta’era e’ cobres pa’ que aguevonéen al muchacho, ¡no, no! Sacá a ese muchacho de ahí porque yo no voy a ser el responsable de eso… yo no voy a pagar pa’ que lo vuelvan marico.
Mi madre, embargada por la ingenuidad y el miedo, acató la recomendación (amenaza; que luego terminó en los tribunales cuando el divorcio) de mi padre y me sacó de la escuela de pintura pues, la hipótesis de que yo iba a parar a marico se reforzó cuando comencé a dibujar piezas abstractas.
Como siempre terminé adaptándome. Pasaron los años, y cuando cumplí 8 en esta vida comencé a pensar, a querer, a desear y a soñar con estudiar Arquitectura. Me sentía fascinado por una arquitecto que vivía detrás de mi casa. Para ese tiempo mis padres ya estaban divorciados, y ya yo tomaba conciencia de que mi papá tenía en sí cierta naturaleza maliciosa cuando comenzó a abusar despóticamente de su poder desde sus riquezas monetarias. Mi madre en cambio se dedicó a la crianza solitaria y estoica de sus dos hijos, con un esfuerzo sobrenatural y con un amor casi inagotable. En mi mente había dos imágenes: en una estaba mi papá, una figura egoísta con mucho dinero, y en la otra mi madre, una mujer humilde que trabajaba muy duro por levantarnos a mi hermano y a mí. El tiempo pasaba mientras seguía cosechando las ganas de estudiar arquitectura, y esas energías de mi cuerpo se manifestaban en otras formas. No era bueno en el béisbol (me refiero jugando) pero era excelente planeando estrategias de juego. Igual lo era en el fútbol y el básquet, cosa normal en mí pero para la sociedad (el pueblo de Cabimas) era un peo pues, yo no seguía los patrones esquemáticos de comportamiento que siempre eran los mismos: maltratar a las mujeres, beber cerveza hasta reventar, fumar, llegar tarde a casa, gritarle a la mamá y por ningún motivo afeitarse el vello de las axilas (había que tenerlas a lo Julia Roberts).

Yo era un soñador nato. Casi sonámbulo. Un muchacho con una bandada completa de pájaros preña’os en la cabeza, y a mis 11 años, conocí a una persona que se encargó de orientar el vuelo de esos pájaros. Me refiero a quien ahora llamo mi maestro; el Prof. José Alberto Espinosa, un guitarrista académico internacional que venía una vez al año en épocas decembrinas a la casa de su madre (vecina) y con su guitarra cautivaba a todo el que pasara –en especial a mí. En esos escasos días de mi niñez me la pasaba pegado a la reja del frente de la casa de la Sra. Ramona para escuchar tocar a Alberto. Sus arpegios versados me instruyeron el camino a la música. Comencé a amarla perdidamente. Quería aprender. Deseaba tocar como mi maestro pero, algunas condiciones lo evitaron. Yo no tenía dinero para comprarme una guitarra. En mi ignorante inocencia le pedí a mi papá que me regalara una. Inclusive, un músico de la localidad que conocía a Alberto y que también era amigo de mi padre, le comentó que en efecto el maestro Espinosa era hijo de uno de los grandes músicos no reconocidos de Cabimas (el Señor Ramón Espinosa) y que era bien que su hijo quisiese enseñarme, pero mi padre como siempre, evaluando los costos de una guitarra, se armó de argumentos interminables (entre ellos que eso era pa’ maricos) y apenas me compró un modesto un Cuatro. Me conformé, porque mi mamá me decía “hay que arroparse hasta donde lleguen la sábanas”. Así que no chisté e imperiosamente tomé una que otra lección de Cuatro, pero no con Alberto, sino con su odioso hermano Willie (sí, se llama y se escribe así). El maestro Willie, no tan pródigo como su hermano, se valió de cuadernitos para enseñarme una que otra nota en el Cuatro. Yo no le tenía paciencia. Ni él a mí. Entonces mi mamá decidió que no más porque yo no quería aprender, cuando en realidad deseaba con toda mi alma que el mismo Alberto me enseñase. Apenas si lo hacía una vez por año. Sí, así mismo como se lee; ¡una vez por año!
A los 13 años me sabía 7 canciones en el Cuatro, y los vecinos me odiaban porque no dejaba de tocarlas y cantarlas (Compadre Pancho, La Noche Azul, una canción evangélica y otras por allí). Luego un día, en casa de mi abuela, descubro que un vecino tenía una guitarra que casi ni usaba. Aproveché la ocasión y me hice su amigo, cosa que me fue fácil porque siendo hijo de un hábil comerciante sabía cómo negociar. Ese “amigo” me prestaba su guitarra cada semana por un día, hasta que luego de unos meses se obstinó de mi insistencia, y en una desesperada estrategia monetaria vendió la guitarra para pagar unas deudas. Ahí murió mi esperanza de ser músico, pero en ese ir y venir me quedó un excelente oído musical que sorprendía vivazmente a mi maestro cuando venía a Cabimas y conversábamos.

Con el tiempo logré destapar dos caños de mi talento: la visión abstracta y la apreciación musical, pero usted dirá: ¿qué tiene que ver esto con el hecho de que me pondré tetas si no llego a desarrollarme profesionalmente como escritor? Pues más adelante lo entenderá. Estese tranquilo y siga leyendo.
A mis 15 años estaba en una depresión que me fue difícil sobrellevar. Mi alma sencillamente no podía con su propio peso. Mi promedio escolar era de 11.3… ¡malísimo! Entonces así fue como le dije adiós a la Universidad del Zulia porque para entrar allí, mínimo: 14 puntos en promedio. Y si quería ingresar a la escuela de Arquitectura necesitaría mucho más. No podía devolver el tiempo. Mi sueño de ser Arquitecto estaba devastado, y para consolarme comencé a trabajar con mi padre en sus negocios de construcción (de casas cuadradas y feas). Abandoné los estudios de bachillerato y comencé a adoptar el patrón cabimense (ese que describí más arriba) aceptando mi posición en la vida. Las ilusiones se perdieron y la resignación apareció, pero para mi gracia fue por poco tiempo. Digamos que una intervención vital me encarriló de nuevo.
Dos meses antes de cumplir 16 años, un viaje a la ciudad de Maracaibo comenzó a cambiar mi percepción con respecto a los sueños-objetivos-metas. Esa vez le tocó a mi amada tía Mariela. Al verme lúgubre y vacío se desesperó por levantarme el ánimo. Decidió llevarme a la que sería mi primera Feria de la Chinita, donde conocí a una dulce niña de 15 años. Me enamoré perdidamente. Se trataba nada más y nada menos que mi primer amor. Esa noche del 17 de Noviembre de aquél año viví la experiencia electrizante del primer encuentro con el amor. Sus ojos, sus manos, su rostro ¡todo se robó mi atención! Removiendo poco a poco mis ilusiones. Embobándome como siempre lo fui. Entonces la realidad se destacó. Ella vivía en Delicias y yo era pobre, sin carro, ni familiares con carro que me llevaran desde Cabimas hasta su casa. Todo ello se resumió a que nuestro noviazgo estaba limitado al beneficio del teléfono público.
Ese fue un claro factor crucial porque, era la única forma de mantener ese amor en la distancia. Yo la amaba más de lo que ella a mí, así que debía garantizar mi supervivencia en su corazón (si es que quería cumplir mi deseo de besarla). Intrépidamente comencé a robar las revistas Cosmopolitan y Vanidades de mi madre para recortar los poemas y tips para enamorar. ¿Qué por qué los recortaba? Pues, mi padre tenía un trauma mental de que todo lo que no se hiciese bajo el patrón cabimense era de maricones, pues imaginen ¿qué hubiese pensado si me agarraba con un montón de revistas de mujeres? He ahí la razón de los recortes. Con lo que ganaba trabajando con él, compraba tarjetas telefónicas para hablar con mi novia a distancia. Todas las noches le recitaba los poemas que encontraba con astucia en esas revistas. Con el tiempo, la actividad se hizo tan común que los poemas de amor se acabaron, y mi madre casi me mata cuando se dio cuenta que era yo el que rompía sus revistas. La pubertad me enloquecía, había demasiada testosterona en mi cuerpo. El sólo deseo de imaginarme rompiendo la variante de la virginidad me mantenía motivado para vociferar frases y poemas propios cada vez que la llamaba por teléfono.

El problema fue que el tiempo siguió transcurriendo, y dicen que el poder de la piel es más fuerte que la palabra. En una fiesta familiar me enteré que Cecil se había besado con su primo Luis; eso me destrozó el corazón y me enseñó a sentir celos. Pero como en las clases de dibujo y las improvisaciones en la guitarra, nada fue en vano. El tercer caño de mi alma se destapó: La poesía apareció en mi cuerpo.
Acepté la derrota y vi que era imposible tratar de hacer vida como arquitecto (claro, no tenía el promedio) e igualmente contemplé que quizás intentar conquistar el mundo con una guitarra era completamente absurdo, más que todo si no se tenía dinero para comprar una. Y la poesía, ¡ay la poesía! Simplemente se había transformado en un arma que me ayudaba a conquistar mujeres en las esquinas de mi casa, no sin mencionar que mejoró mi habilidad para decir mentiras, estructurar frases y expresarme con grandilocuencia.
Aceptando muchas cosas en todos esos años subsiguientes, comencé a estudiar en el Instituto Universitario de Tecnología de Cabimas (¡a mucha honra nojoda!), diciéndome esa vez que todo sería diferente, que un cambio trascendental se daría en mi vida llena de tanta mala leche. Estudiando en la extensión de Ciudad Ojeda me transformé en la sensación de mi casa de estudios. Heredé en poco tiempo una obsesión por las bibliotecas. Me devoraba cualquier libro que encontrase con el fin de aprobar todas las materias con un promedio superior a los 17 puntos. Y así iba. En las clases me gané un eximo prestigio entre los profesores y alumnos gracias a las horas invertidas estudiando con tanta pasión. Era un excelente expositor, y desarrollaba muy bien los trabajos de investigación, tanto así que se convirtió en un negocio que me ayudó a mantener mi carrera (vendía mis trabajos de investigación). Llegué a dar clases bajo la supervisión de muchos profesores que tocaron mi corazón, que vieron tantas cosas en mí que mucho tiempo ignoré, o sencillamente viví sin su consciencia. Me gustaba mucho ir a clases. Cuando llegaban las vacaciones metía materias en verano, pero a veces no podía por la prelación. En esos “entresemestres” sentía miedo de que todo se derrumbara nuevamente como en otras ocasiones por descuidar el trabajo duro hacia los sueños y las metas, así que para mantenerme fresco me puse a entrenar leyendo, pero como la biblioteca estaba cerrada no tenía otra opción que pedir prestado libros a las personas que me circundaban (vale decir que no tenía dinero para comprarlos) y les digo señores que pasaba muchísimas horas del día leyendo libros, en especial los libros de psicología y filosofía de mi tía Mariela quien en su juventud tenía el “sueño” de ser psicóloga y estudió 2 años en la universidad pero tuvo que dejar la carrera cuando se casó y tuvo a su primer hijo.
Horas y horas en esas vacaciones mientras las personas en Cabimas jugaban agua, tomaban cerveza, tenían sexo sin protección y se enamoraban en el candente verano. Lo único que yo hacía era engordar kilos y leer cuanto libro se me atravesase. Lo disfrutaba ¡en verdad amaba la literatura! Hasta que así los años se fueron cosechando y la graduación llegó (por secretaría porque ni pa’ anillos ni pa’ nada).
Probé mi suerte. No era arquitecto, ni músico, ni mucho menos poeta. Era T.S.U en Administración graduado con honores, primero en su clase. Me sentía embriagado. Lleno de la seguridad de que se me abrirían muchas puertas en el mundo del desarrollo profesional. El éxito estaría a dos segundos de la graduación ¡pero no! Nuevamente el compendio social-político-económico de mi país conspiraba para que una vez más, mis sueños se cayeran. Era la época del paro petrolero. Era imposible entrar a trabajar en la industria petrolera (como todo cabimenses los sueños se reducen al simple hecho de poder trabajar en PDVSA [cultura del petróleo, como le dice mi maestro]). Me tocó incorporar a mi vida un tanto de pensamiento comerciante con una pizca de religiosidad. Con la fe y la esperanza de que algún día tendría mi propia empresa de telecomunicaciones, monté un tarantín en la calle donde alquilaba teléfonos celulares (Movilnet, Telcel, CANTV. Digitel no porque no llegaba señal en el Zulia) consolándome con la idea de que si Dios me veía trabajar duro, me abriría las puertas del cielo para que el éxito se incrustase entre mi piel.
A pesar de que era una paja sacrificionista, en cierta forma así pasó. Pero luego de que Telcel [no existía Movistar] me cortó dos teléfonos por “aplicación ilícita de la línea con fines comerciales” y un antojoso hijo de la calle enamorado de mi Movilnet me lo robara, mis esperanzas de empresario estaban fraguándose en un tanque de magma. Debía demasiado dinero por la reactivación del teléfono y la compra del otro. Pero un día una señora de avanzada edad se acercó a mí.

—Ay mijo, Telcel.
—Tome. —Le dije.
—Aló, ¿que fue mijíta cómo estáis? ¿Qué fue, cómo sigue Chepina? ¡Ay aquí mija, con un dolor en la pierna! Ajam… decime pues si me va a ver la Dra. [¿?] Ay mija Dios te bendiga, gracias, bueno sí… decíle que yo le voy a llevar el dulce de hicaco. Chao pues, Dios te bendiga.
Su conversación fue tan normal como muchas otras. Yo supuse que debía chequearse o algo así, por eso de la doctora (quizás en el hospital de Cabimas, por su dolor en la pierna).
—¿Cuánto es mijo?
—Dos mil bolívares señora.
Pasó un rato mientras la señora desesperada buscaba en su cartera. Sin que ella supiese, su nieta le había sacado el dinero, así que yo cándidamente le regalé la llamada. La señora se vio conmovida por mi gentileza, e hizo lo que los cabimenses hacen esas situaciones: se sentó a mi lado para conversar un rato. Como se habrán dado cuenta en estas 5 páginas que llevo de éste cuento, me gusta expresarme y comentar con detalles mis historias alocadas, por lo que era de esperarse que ese rato la señora lo pasó escuchando mis penurias.
—¿Sabéis que mijo? Yo estaba hablando con la Presidenta del Sindicado de Trabajadores Petroleros de PDVSA… y mañana mismo me voy a ver con la Dra. María Cristina Iglesias, la Ministra del Trabajo que viene para Maracaibo a las oficina de la Torre Lamas en el centro. Y bueno si vos queréis, dame un currículo para conseguirte trabajo en la empresa.
No voy a emitir los detalles exactos de mi sorpresa. Pero sí, la fucking vieja me había conseguido trabajo, pero como todo en la industria era absoluto compadrazgo (nepotismo), el trabajo que me había conseguido no era compatible con mi currículo. Ocuparía el puesto de Obrero de Operaciones (lo que es lo mismo decir: Machetero) sin que importase un coño lo que yo estudié. No le vi la otra cara al asunto, así que tuve que aceptarlo tal cual. La paga era buena, aunque bajo la condición de un contrato de tiempo determinado.
Antes de ingresar a la empresa (justo en el momento cuando me practicaba los exámenes médicos de ingreso) la suerte me volvió a llamar. En la oficina donde instalaron la sala de reclutamiento y selección (sí, suena asquerosamente militar la vaina, pero ni modo) una persona tenía un serio enredo con la herramienta Excel de Microsoft Office. Yo, como siempre de expresivo, le ayudé y de inmediato me comentó sobre una vacante en la ciudad de Maracaibo en la Torre Lamas en la Gerencia de Finanzas. No obstante no sabía puta mierda de finanzas, pero me atreví. Al otro día estaba en la entrevista con la superintendente de Finanzas de Maracaibo.
—Dígame señor López ¿usted sabe manejar SAP?
—Sí claro, ¿cómo no? Licenciada
—Ajam, ¿y conoce cómo se elaboran las Capitalizaciones?... ¿cómo se amortiza? ¿Qué es un Maestro Financiero y un Libro Mayor?
–¡Claro que sí! Yo casi invento la Contaduría.

Me creyeron… y lo cómico era que yo no tenía ni la más remota idea de qué coño estaba hablando, así que ejecuté la fase dos del plan que maquiné.
—Bueno. comienzas mañana, esta será tu oficina… ¡bienvenido!
—Muchas gracias, no le fallaré… por cierto Licenciada ¿ustedes tienen aquí Manuales de Procedimiento y Operaciones que me presten?
Así fue como pasé casi dos semanas sin dormir estudiando todo lo referente al ejercicio de la contaduría, para poder demostrar que podía adaptarme rápidamente al trabajo. Y realmente me adapté. Esa experiencia me sirvió de mucho en el sentido de que, definitivamente yo le echo bola a cualquier vaina. No existían límites, todo era posible (salvo medicina. En efecto no se puede ejercer como médico así nomás). Pero como todo lo bueno siempre llega a un final… pasó.
En doce meses el Presidente superó su referéndum, cuando yo estaba sentado en la oficina de Recursos Humanos recibiendo mi cheque de liquidación, enterándome en la propia voz de mi amada jefa la Lic. María Severino que no logró hacer nada para dejarme fijo en la empresa (y por Dios que esa mujer habló hasta con el Ministro de Finanzas, pero como el compadrazgo es el compadrazgo, la directriz nunca llegó, los canales comunicacionales se cerraron y el viejo cabrón del Gerente de Finanzas no renovó mi contrato, mientras que por otro lado había empleado a 12 personas, entre ellas familiares, vecinos y amigos [nepotismo]).
Una nueva caída en el mundo de los esfuerzos para tratar de alcanzar el éxito… ¡el puto y pendejo éxito! Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? Aún en mi boca palpitaba el sabor del trabajo duro a cambio del premio divino; comencé a vender perros calientes para dignificar mi sed de éxito. Mi corazón estaba tan deprimido que los clientes se daban cuenta de ello, y me gritaban para que les sacara su orden a tiempo ya que tenían hambre.

Tuve que refugiarme, esa vez le tocó a la música y a la Internet (también a la lectura y a la poesía… puedo decir que construí mi propio imperio personal). Con lo que ganaba como perrocaliéntero podía mantener mi vicio en Internet en un cyber cerca de la casa de mi mamá. Logré mantener intactas a mis cyber-novias pero nada era suficiente, la vida me parecía carente de sentido, así que comencé a expresar mi alma en los versos escritos y en la narrativa. El tiempo se fue consumiendo con el tiempo, y sin darme cuenta ya tenía mi primera novela y mi primera selección de poemas guardadas en un CD que había quemado en el cyber. No tenía computadora. Escribía donde el viento o el dinero de los perros calientes me llevaban. Era el poeta de la salsa mostaza y muchos sabían o comenzaban a enterarse de lo que hacía, y sin darme cuenta la burla comenzó a pintarse de respeto, cuando comencé a recibir invitaciones de asociaciones de escritores independientes y redes de poesía. Participaba en seminarios de oratoria, siempre debatiendo con grupos de lectura sobre estética, sobre composición, el tema, el contenido y la forma y toda lo esencial que se debe aprender para trabajar con las letras. Muchos sabían que yo no había estudiado letras estando claros de que en mi familia no había una sombra genética que se aproximase al arte. Yo parecía ser un mutante entre ellos porque contaba con un talento que desarrollé solo (la formación autodidacta) que se ganó el respeto de muchos profesores conocidos en la materia. Así comencé a creer un poquito más en mi trabajo y me atreví a lanzarme a otros lugares con el fin de ver qué tan bueno podía ser.
Donde llegaba lograba atraer curiosidad hacia mi trabajo. Me encontré enteramente inspirado para seguir escribiendo; así compuse dos novelas más. Pero ya Cabimas había rendido sus frutos en mi corazón y mi cuerpo, y mi maestro, quien para esas fechas era Director del Conservatorio Nacional de Música Juan José Landaeta, me abrió las puertas de su casa y me acobijó en ella… esta vez, en Caracas.

No puedo negar que sin duda la capital me recibió de la mejor forma posible. En cualquier lugar encontraba trabajo. Siempre al tino con mi carrera universitaria, con la sutil costura que correspondía a mi profesionalismo. Seguía trabajando en la letra y continuaba creyendo cada día más en que podía lograr algo serio y provechoso con la literatura. En el proemio de mi primera selección de poemas coloqué la leyenda “¿cuántos perros calientes se necesitan preparar y vender para escribir poesía?” mientras que mi mente y cuerpo mutaban de forma acelerada mientras los años iban pasando.
Pero como en todos los cuentos, siempre el final está sujeto a dos condiciones posibles: la felicidad o el fracaso. A pesar de que ese río de bendiciones no cesaba, se detuvo de repente después de un escaño importante. Ese escaño es este: motivado por mi maestro, envié a un editorial en España mi segunda novela para que la “evaluasen”, recibiendo en pocos meses una respuesta muy alentadora, que no me la creí cuando pasó. Me ofrecieron un contrato de edición con ellos, pero debía invertir unos cuantos euros (no muchos en realidad) pues, soy escritor novel, no estoy sindicalizado y nadie me conoce. La realidad es que el mundo editorial ya no es como antes, ahora se necesitan buenos publicistas para difundir el trabajo que tanto a uno le cuesta construir y que nadie piensa siquiera que existe. Los del editorial estaban interesados en publicar “Memorias de Aquel Pianista Herido” pero CADIVI no da euros ni mucho menos yo puedo comprarlos. Necesitaba un patrocinante en serio. Pero, ¿qué pasó aquí? No lo sé. En la madre patria me estaban dando una oportunidad invaluable para darle un vuelco total a mi vida pero ello no se podía. La misma tenacidad que formé para atender bien a los clientes a quienes les alquilé los teléfonos celulares, a los que les preparé perros calientes; la misma tenacidad para estudiar sin ayuda la metodología financiera se veía amenazada con la nueva vuelta de mi vida.
Bueno señores, ahora es que entra en juego el título de esta canción. Dos meses después de la propuesta lo único que faltaba era conseguir un patrocinante que auspiciara la inicial de la publicación (500 euros) para que se pudiese hacer. Yo ofrecía 20% del derecho mientras que el editorial me garantizaba 5 mil ejemplares a 12 euros cada uno. Justo cuando comienzo a trabajar donde ahora estoy, en la oficina en donde actualmente les escribo éste mierdero, se me promete que la “Fundacion Becoblomh” estudiará mi novela para ver si me apoyaba en el proyecto de publicarla en España.
Han pasado ya 8 meses y todavía no tengo respuesta… y antes de que comenzara a escribir todo esto volví a ver la maldita propaganda de Locatel y Banesco, en donde están financiando Tetas a las mujeres venezolanas. Sí señores, nuevamente como en mi escrito “::Coincidencias de la Radio::” acabo de notar que en este país se apoya más el hecho de ponerle Tetas a una mujer que invertir en el talento que muchos venezolanos hemos construido con un esfuerzo inimaginable en las artes locales, ¡ah! pero como yo no soy como el carbón chavista pendejo de Gustavo Dudamel (y compañía), es decir, no le voy a jalar bola al gobierno de Chávez para que después de publicar me utilicen como objeto de propaganda, voy a tomar una seria decisión en mi vida; ¡ponerme tetas con el Crédito de Banesco y Locatel si no llego a publicar mi novela!, a ver si con ellas tengo más suerte y comienzo a cosechar el éxito que los abuelos nos venden con sus malditos cuentos.
Gracias.

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NotasDelPost: Quiero sinceramente darle todas mis gracias a todas aquellas personas que han dedicado y perdido su tiempo leyéndome, más que todo a aquellos que vencieron el estigma de la flojera para abalanzarse a leer este cuento tan real como mi propia existencia. Es sencillamente por ustedes, queridos lectores, que me he mantenido escribiendo a los largo de esos 14 años. Gracias a las buenas intenciones y críticas que de ustedes me llegan, he logrado atreverme a seguir estudiando la literatura para mantenerme en forma, creciendo cada día más en este campo que tanto amo, con el objetivo de llevarles a ustedes ratos de ilusión, maravillas fantasiosas y prosas enérgicas que logren refrescarles el alma, hacerlos reír un poco e invitarlos a reflexionar sobre las cosas que a diario vemos en este mundo tan complicado. En especial en un país tan golpeado como el nuestro, por tanta ignorancia sembrada a través de los tiempos. Una vez más, gracias de corazón y espero que si algún día por fin se fastidian de mí, al menos mantengan su paciencia con la esperanza de ver mis letras en libros impresos, o en su defecto, poderse reír conmigo el día en que me vean por las calles de Caracas caminando con mis grandiosas Tetas porque en evidencia no logré publicar, le dejé de dar importancia a eso, me entregué a la escritura más que otra cosa y me haya sabido a mierda todo lo demás. Muchas gracias.
AudioPost: Sergei Rachmaninov - The Bells - IV Largo Allegro Andante Op. 35 / Sergei Rachmaninov - Rhapsody On A Theme Of Paganini Op. 43 / Belinda - Luz Sin Gravedad / Claude Debussy - Prelude Afternoon Of A Faun / Depeche Mode - Home / Jojo - Too Little To Late / Sergei Rachmaninov - Symphonic Dances Nº 1 - III Lento Assai Op. 45.
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"Si No Alcanzo Las Estrellas... Me Pongo Las Tetas"
::Ed & El Impío::





5 Coment:
Qué divertido...
Te pones las tetas y despues publicas.
Así las colas serán inmensas para ver a ese loco escritor que se puso tetas siendo hombre y gustandole tanto las mujeres como a tí.
Además, serás doblemente famoso.. solo me queda entonces la curiosidad... que sentirá una mujer de hacer el amor con un "HOMBRE" con tetas?
je je je Te imagino Impío y no dejo de reir sin control.
Le Beso,
Lady S.
En estos momentos magistrales en que el impío aflora de manera tan particular es que me engancho mas de tu anormal cerebro.
Este escrito es demasiaso bueno y lo digo sinceramente, puedo tener en mi cabeza cada momento y al leerlo siento que lo converso contigo una tarde cualquiera comiendo helados.
Magistral.....
Tu única y eterna beibi
Un Peluche con tetas se verá excitante vía cámara web...disfruté tu delirio...
... No me canso de volver y leerte, leerte el alma... siento que me entregas las estrellas que ya posees en tus manos... como aquel pianista herido que aun duerme...
Deseo que sea bien puta la suerte
que te acompañe...
Ha sido un gran honor leerte , y debo decir que de alguna forma , me he sentido muy identificada con tu historia .
Bendiciones es lo que me nace enviarte para el mayor de los éxitos en lo que sigue.
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