Ella navega en un mar de páginas. Bienquistos del perdón. Sobreentiende la fisonomía de la relación del humano con su entorno universal. Exprime los conceptos con sus ojos, devorando cada pedazo de razonamiento para fallar. Abusa de los vocablos, de las falacias dimensionales de esos expertos en invertir en ti para lograr un fin económico. Tratan sobre la espiritualidad psiconómica del ser humano para consagrar sus cuentas de estabilidad liberal, y en el medio, varios comunes se aíran en la fosa, mientras a la vez esperan una esquirla de pasión benevolente que no precisamente debe contener proteína aminoácida. No es necesaria la carne. La carne se pudre con todas las pretensiones. La carne es la duda de la vanidad. La duda hace la carne. La carne te destruye.
Afirmas desentenderte de todo sentimiento, crees haber entrado en un sendero budista cuando has hecho todo lo contrario, arraigándote a un apego que te caracteriza en las palabras que imprecan la significación de no olvidar. Tu memoria se convirtió en un análisis gráfico igual de vago que una hoja de cálculo en Excel. Tu mente se transformó en un altar hecho de libros de autoayuda y autosuperación que te hunden –como a los demonios dentro de ti– en esa idea tan retórica de creer que lo hecho, hecho está, cuando no te das cuenta que el razonamiento da vuelta a un origen arraigado que mancha tu espíritu consecuentemente. Es un círculo, estás en un círculo, tan redondo como un sistema de conservación estructural, como la mano del hombre sobre las ciudades, y te dices a ti misma estar en un altar. Te ves en una supernova del jet set y te felicitas a diario, ¡un gran logro! ¡Nada mejor que un corazón material! ¡Plástico crecimiento personal! Olvidar que la esencia es lo que se siente y hacer de la esencia una consideración conceptual, un precepto, un preconcepto sacado de libruchos que te clavaron tal ideología. Amasaste la idea de los idiotas que venden libros para hacerte sentir mejor, vacía; libros que te inventan mentiras cagadas en la mente y te hacen pensar y pensar, pensar y pensar, introyectando cuanta mierda creerás y metiéndole en sus bolsillos unos cuantos dolaritos para que sigan inspirados, sabi-hondos, escribiendo para gente como tú. Gente que perdió su humanidad en una falacia impresa. Gente que perdió su imperfección, esa bella imperfección del homo sapiens, en tanta vanidad.
Es como los que insisten en asegurar el juicio desde el pasado. Dices perdonar a través de no olvidar, de no poder olvidar y de ya no poder recordar algo bueno. Dices, imprecas, aseguras una condición de sobrenaturalidad cuando en costumbres, te quedas ahí parada viendo como pasa frente a ti el autobús de la vida universal, sin poder subir a él jamás. No cortaste el lazo. Lo reforzaste. Sencillamente lo hiciste más tenso y complicado. No te desarraigaste, y quizás ni Buda podrá ayudarte.
El odio que sientes lo confirma.
___
::El Impío::
Afirmas desentenderte de todo sentimiento, crees haber entrado en un sendero budista cuando has hecho todo lo contrario, arraigándote a un apego que te caracteriza en las palabras que imprecan la significación de no olvidar. Tu memoria se convirtió en un análisis gráfico igual de vago que una hoja de cálculo en Excel. Tu mente se transformó en un altar hecho de libros de autoayuda y autosuperación que te hunden –como a los demonios dentro de ti– en esa idea tan retórica de creer que lo hecho, hecho está, cuando no te das cuenta que el razonamiento da vuelta a un origen arraigado que mancha tu espíritu consecuentemente. Es un círculo, estás en un círculo, tan redondo como un sistema de conservación estructural, como la mano del hombre sobre las ciudades, y te dices a ti misma estar en un altar. Te ves en una supernova del jet set y te felicitas a diario, ¡un gran logro! ¡Nada mejor que un corazón material! ¡Plástico crecimiento personal! Olvidar que la esencia es lo que se siente y hacer de la esencia una consideración conceptual, un precepto, un preconcepto sacado de libruchos que te clavaron tal ideología. Amasaste la idea de los idiotas que venden libros para hacerte sentir mejor, vacía; libros que te inventan mentiras cagadas en la mente y te hacen pensar y pensar, pensar y pensar, introyectando cuanta mierda creerás y metiéndole en sus bolsillos unos cuantos dolaritos para que sigan inspirados, sabi-hondos, escribiendo para gente como tú. Gente que perdió su humanidad en una falacia impresa. Gente que perdió su imperfección, esa bella imperfección del homo sapiens, en tanta vanidad.
Es como los que insisten en asegurar el juicio desde el pasado. Dices perdonar a través de no olvidar, de no poder olvidar y de ya no poder recordar algo bueno. Dices, imprecas, aseguras una condición de sobrenaturalidad cuando en costumbres, te quedas ahí parada viendo como pasa frente a ti el autobús de la vida universal, sin poder subir a él jamás. No cortaste el lazo. Lo reforzaste. Sencillamente lo hiciste más tenso y complicado. No te desarraigaste, y quizás ni Buda podrá ayudarte.
El odio que sientes lo confirma.
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::El Impío::





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