
Una vez desperté y vi un pedazo de madera sobre mi ojal, seguidamente volteé, para dejarme seducir por el calor que se extiende en lo ancho de mis pensamientos, pero sin reflexionar, deduje cuestiones casi perfectas, entre las paredes que de veces anteriores se pintaban con el trasfondo de las apariencias, para concebir nuevamente, un entero concepto que menoscaba la inteligencia de mis palabras.
Allí seguía el pedazo de madera ¡Tal vez esperando que le hiciese compañía un trozo de metal! Pues, ¿Por qué no? Si verse en esa especie de escena no ha de limitar la posibilidad de hacerla más bizarra. No hay que negar que habían muchas maneras de complicar aquél momento; algo de música sacra, quizás un olor profundo a jazmín y humedad, acompañado con bruma marina y soledad desquiciada. Pues, no lo sé; solo entiendo que en momentos de tal naturaleza, la posibilidad se sienta en cualquier espacio del realismo inventado.
Pero no me dejé llevar, porque preferí tomar una decisión. Y por supuesto, esa decisión implicaba seguir –y cierto que eso envuelve ciertas cuestiones-, por tanto, con la espalda como barrera; con bostezos sobre mis manos y, almohadas entre mi cabeza, decidí darle marcha atrás al simbolismo, para pasar inadvertido entre mis relevaciones y fundarme completamente en la complexión extrínseca que convoca seriamente a la inmodestia.
::El Impío::





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