Fotografía por @cannibalita (Montaña de Ponquecitos).
-----Una de las cosas que le agradezco a mi madre es el haberme dejado solo en la cuna cuando apenas era un bebé. Según ella, yo fui uno de esos recién nacidos que no dio problemas, porque lo único que hacía era comer y dormir. No lloraba. No tenía por qué llorar. No fui uno de esos bebés que a llantos exigen los brazos de su madre y por tanto el poco calor no me importó. No fui amamantado porque no lo quise, por tanto en mi indiferencia le hice creer a mi progenitora que ello se debía a una complejidad endocrina que impedía su tarea para aquellos años. Me dijo que aprendí a sostener el tetero con el alimento a los pocos meses de vida. Y después de resignarse comenzó a dejarme solo en mi cuarto, en la que era mi cuna, y se iba a su habitación a ver novelas en la televisión o qué sé yo. Supe con los años que, como yo dormía mucho, ella operaba como centinela para que nadie entrara a mi recinto e interrumpiera mi sueño, pero con los recuerdos que se amasaron en mí mientras fui creciendo, en aquella soledad de infante caigo en cuenta que nunca estuve solo.
-----No sé si les estoy mintiendo y si me digo estas cosas a mí mismo para consolarme, pero sinceramente lo recuerdo todo. Una cortina blanca que realmente no era una cortina, cubría la ventana al lado de la cuna filtrando la luz del sol. En realidad era una sábana. Como no había para comprar cortinas tocó reciclar cosas viejas. Las paredes color celeste contrastaban con el blanco de la luz, y en ese piso de granito excesivamente pulido, los haces rebotaban dispersos por todos los espacios. Otros colores aparecían en la escena. Las puertas del closet con su marrón opaco muy brillante, intervenían como un prisma en la aventura de mi crecimiento. La cuna estaba junto a la ventana como dije en un principio. La ubicación de la misma daba hacia el noreste de la ciudad, el sol por lo tanto en la tarde caía con un ángulo sinigual sobre la planta superior de la casa en donde se encontraban aquellas habitaciones. Una puerta del mismo color que las del closet servían de frontera en mi refugio, y juguetes sin usar caían como moscas sobre el piso. La cuna era de madera y sus barrotes estaban pintados de blanco. Las pequeñas frazadas que me cubrían contenían el mismo color, pero sobre sí pastoreaban un millar de ovejas celestes, apenas los contornos, emocionadas quizás en las praderas de la inexperiencia. Escarpines color blanco y almohaditas con el mismo tono. Esquineros internos de felpa y otras cosas que no recuerdo por no parecerme interesantes, acompañaban las formas de lo que fue por unos meses el imperio de mi pobre movilidad, o mis ganas de seguir durmiendo. Pero cuando el sueño se iba como una brisa solemne, esos colores aparecían rondando como cabras sobre el techo. Recuerdo con mucha precisión un pequeño móvil que colgaba de una especie de puente pescante y que, según el ritmo de los brazos de mi madre al acostarme en las tardes después de comer, mantenía su vaivén en una suerte de pausas carentes. Colores rojos, amarillo, azul y verde contenía dicho artilugio. Se trataban de unas nubes y unas palomas que se definían dentro de moldes de plástico y eran muy entretenidas. Pero a mediados de las seis de la tarde, cuando las campanas de la iglesia lejana a mi casa sonaban por unos altoparlantes como cintas magnéticas, aparecía una pequeña amiguita que hasta el sol de hoy recuerdo con toda mi alma y también con mucho susto.
-----Era una mano colorida.
-----Cuando la luz del sol imponía su reino dentro del cuarto en horas de la tarde, y los olores de la leche completa y el talco se mezclaban con los de la madera de las puertas y la cera del piso, la música que hoy día sé que es de Bach y que venía indiscreta desde la iglesia en una cabalgata distorsionada de ondas, aparecía una pequeña forma que en mi corta razón imprimía un profundo miedo debido a mi temprana existencia. Era una mano quizás adulta, con algo de niño y muy adolescente. Cuando estaba decidido a aprender a gatear sin bajarme de la cuna, y en la posición inicial boca abajo erguía mi cuerpo con la fuerza de mis brazos, aprendí a curiosear por todos los rincones de mis aposentos para registrar desde las alturas todo lo que me acompañaba, y en esas andanzas comencé la costumbre de sacar la cabecita entre los barrotes, mientras la misma no se ensanchaba con el crecimiento y mientras mi fuerza no era suficiente como para desprender la baranda hacia abajo, hasta la libertad. En mi nueva forma de juego, con mucha insistencia disfrutaba el vértigo que sentía al mirar hacia el piso. Para mí en ese tiempo sagrado la distancia entre la cima de la cuna y el piso me parecía infinita, y en el confrontar de sombras que daba el colchón debajo, aparecían unos pequeños movimientos que me consternaban. Las primeras veces metía la cabeza con rapidez y me golpeaba detrás de las orejas. Ahogaba mi rostro sobre las almohaditas pero no lloraba. La música que todos los días se repetía y que los domingos, aun no sabiendo porqué era más extensa, lograba relajar mi empresa y nuevamente asomaba mi rostro por los barrotes, sin sacar la cabeza. Y al ver que los movimientos de la cosa extraña debajo de mí no me hacían nada, entendí que sencillamente esa cosa sólo quería jugar conmigo, pero no dejé que eso pasara así nomás.
-----Cuando la veía volvía hacia arriba. Me acomodaba y me distraía con el móvil que flojo inquiría alguno que otro movimiento. Tal vez por el batir de la cuna por contenerme adentro. Pero el despertar de los sueños de Johann Sebastian Bach retumbaba en la distancia y mi sabor de boca sentía una repentina alegría inexplicable y me volvía a asomar. Y ahí estaba, suave como una seda y colorida como un prisma. Como pequeñas rayas, todo el espectro del arcoíris aparecía en ella desde su antebrazo hasta la punta de sus dedos y las uñas. Amarillo, morado, azul celeste, verde oliva, fucsia, naranja rojo y todo lo que podía apreciarse como un color componían la contextura completa de la mano. Con sus deditos chicos bailaba debajo de la cuna e intentaba trepar. Pero yo se lo prohibía. Le decía no con balbuceos. Sin embargo se acostumbró a hacerme compañía en las tardes de música desde la iglesia y silencio en la casa. Desde el principio quise detallar su forma tocándola, pero el pánico que me provocaba no me lo permitía.
-----En una de esas tardes me quedé dormido después de la comida, y cuando la música comenzó, mis ojos perezosos intentaron abrirse. Noté que a mi lado, desde el borde y sujetándose por los barrotes la mano estaba arriba. Por primera vez y sin mi consentimiento se había atrevido a subir. El miedo que sentí fue atroz y debido a la reacción química que todo niño a esa edad tiene en una situación así, aparenté seguir durmiendo, sorprendiéndome considerablemente al ver cómo la mano vigilaba mi sueño.
-----Con soltura entró hacia mi espacio y tomó la frazada blanca con las ovejas y cubrió mi cuerpo. Yo eché mi carita hacia la derecha y traté de mantenerla así. Hacia la ventana. Pero sentí su arrullo cuando me acarició las piernitas. La mano de colores, bonita como una chupeta llena de tanto colorante sea posible, cuando me veía despierto jugaba conmigo debajo de mi cama. Yo sacando la cabeza por los barrotes y ella bailando como loca al son del órgano mal grabado de Bach. Nunca trepó hacia mí mientras mis ojos permanecían alertas. Por eso comencé a aparentar que dormía para verla más de cerca. Si me veía llorar de calor me desvestía. Si me veía temblar de frío me arropaba. Cuando mi rostro se veía lejano, por la cabecera de la cuna y sin que yo pudiese verla, trepaba hasta el puente colgante y le daba vueltas al móvil para escucharme reír. Me quedaba quieto sin sueño para sentirla cerca de mí dándome calor, hasta que mi madre se dio cuenta que ya no dormía como antes después de unos meses, y preocupada por mi poca movilidad comenzó a sacarme de la cuna por las tardes después del tetero. Cuando me ponía en el piso del cuarto lloraba mucho. No sabía que tenía miedo de la mano y prefería estar seguro en mi cuna. Ella confundida porque, desde que me tuvo en la barriga afirmó que yo jamás siquiera me llegué a mover y nunca le di guerra sino hasta mi adolescencia, empezó a llevarme a su cuarto y me soltaba en el piso con juguetes que ni entendía, para que no llorara y para ella pudiera ver sus telenovelas tranquila.
-----Nunca más vi a la mano, y hoy en la tarde después de una epifanía y junto con haber chocado con Bach volví a recordarla.
-----Querida mano de colores, ojalá estuvieses aquí conmigo y pudieses abrazarme con tu cariño. No puedes imaginar lo terrible que es tener que extrañarte tanto y cuánto duele tu ausencia. Saber que aunque esporádicamente sueñe contigo no es lo mismo imaginarte que realmente verte. Saber que existes. Saber que de verdad estuviste ahí conmigo en cada momento en que te necesité y con gracia me diste mucho calor. Me arropaste cuanto tuve frío y me echaste fresco cuando hacía calor. Acercaste los juguetes que más me gustaba morder y le diste vuelta al carrusel encima de mí para escuchar mis carcajadas. Daría lo que fuera necesario para volverte a ver y lo he dado, pero más nunca te he visto desde que comencé a crecer. Espero que cuando esté viejo en un lecho acostado esperando mi inevitable final, aparezcas nuevamente para que pueda despedirme de ti y poder decirte ahora que sé hablar, cuánto y profundamente te quiero.
___
"Las estrellas se alcanzan".
Ed.






1 Coment:
Te leo, y pienso en mi primer recuerdo que estar sentado en mi cochecito mientras mi mamá cocinaba; luego veo algo en la pantalla que me asusta y me hace llorar. Cuando cuento esto, muchos me han dicho que no se trata de un recuerdo sino de un sueño muy viejo que tuve, llevado a la categoría de recuerdo. No lo creo así.
En fin. Qué sería de la existencia sin las nostalgias, y del afecto por ésas nostalgias.
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