-----Crecí todo este tiempo creyendo que las moscas se cagaban en mis ojos. Desde pequeño, mi abuela –ni siquiera mi madre-, se dio a la tarea de infundirme un absurdo miedo hacia las pequeñas moscas, esas las chiquitas, no las grandes que habitualmente vemos en casas, sino las pequeñas que equivalen a una cuarta parte del cuerpo de las de casa y que emulan la misma morfología. No sé si decirles mosquitos sería correcto, porque, ese nombre se refiere a nuestros populares zancudos. Así que decido llamarlas pequeñas moscas, o quizás también mosquitas amarillas.
-----Cuando muchacho prefería dormir en casa de mi abuela, ubicada en otra urbanización de mi ciudad, porque allí convergían todos mis primos con el objeto de pasar las tardes jugando y jodiendo en los patios. Como niño de apartamento, odiaba pasar las tardes encerrado en esa inmensa caja de concreto precomprimido donde los ruidos de los vecinos asediaban atravesando las paredes arrebatándome la paz. No podía subirle el volumen al televisor porque el bullicio de los comiquitas provocaría lo que mi madre tanto odiaba: que algún vecino tocase a su puerta para reclamarle que no lo dejaban dormir, así que, en consecuencia prefería pedirle a la señora que conducía el transporte escolar, que me dejara en casa de mi abuela para jugar con mis primos.
-----En esas tardes brincaba como loco debajo de matas de mango. Construíamos autopistas de tierra elaboradísimas, con señalizaciones de cartón pintadas con esmalte y edificios representados por potes plásticos. Los carritos no corrían bien en la tierra pero nuestro sentido urbanístico estaba tan recompensado que nos conformábamos, por eso movíamos los carritos por el aire para así no dañar la forma de la carretera de tierra con las ruedas arrastradas entre las piedritas. Las tardes no se quedaban en tardes, las noches venían y solícito me quedaba a dormir en la casa grande de mi abuela. Pero en las mañanas, al despertar, un miedo absurdo se sumaba a la vergüenza que sentía cuando me dejaba ganar por las ganas de comer y entraba a la mesa sin cepillarme los dientes ni lavarme la cara. Tenía la vaga lógica de que era mejor comer primero y luego cepillarse y lavarse la cara porque, haciéndolo primero tendrías que hacerlo otra vez después de comer y no me gustaba trabajar el doble. Mi abuela se afincaba en mi flojera, rematando mi moral con su discurso peculiar.
------Si no te laváis bien la cara se te van a parar las moscas, ¡anda a lavarte!
-----Entonces el terror por ver zumbar a las mosquitas amarillas frente a mi rostro aparecía. Cerca, en el patio de la casa de mi abuela las matas de mango dejaban caer sus frutos a granel en el piso. Los mangos que se pudrían eran el paraíso alimenticio de las mosquitas amarillas, excitadas por el azúcar de los frutos en descomposición, pero aún con la interminable disposición de semejante manjar, las moscas pequeñitas preferían danzar frente a mi cara toda la mañana, sin importar lo que hiciere al respecto. Tomé la costumbre habitual de lavarme con todo tipo de jabones, hasta tres veces antes de las diez de la mañana. Igualmente comencé a cepillar mis dientes creyendo que el mal aliento las atraía. Aguanté muchas veces el ardor del enjuague bucal y por defecto mi lengua se insensibilizó a tal punto que ya ni lo sentía; pero las mosquitas amarillas seguían ahí, hasta el mediodía. El calor las alejaba para siempre, hasta el otro día, mientras sufría por saber que las tendría que combatir de nuevo, hasta la eternidad.
-----Así crecí, asociando las lagañas de mis ojos a las moscas. Creía que si amanecía con lagañas en los ojos era porque las mosquitas amarillas habían estado sobre ellos y habían cagado en mis pestañas, cerrándolas con sus mojones endurecidos. Mi creencia me llevó a especulaciones increíbles. Pensaba que las moscas dormían todo el día pero en la mañana antes de despertar iban hasta mi rostro para defecar en él. No comprendía cómo lo hacían porque, ya de adolescente sabía que al dormir en una casa limpia, cerrada casi herméticamente y sin ningún tipo de insectos dentro, las mosquitas irrumpían hábilmente en ella para cagarme los ojos antes de despertar.
-----Inclusive, llegué a imaginar cómo lo hacían. Al no sentirlas en mi piel aseguré que sobrevolaban sobre los ojos y bombardeaban los mismos con sus residuos. Llegué a admirar la habilidad, la precisión de dar en el blanco así éste sea uno móvil; digo esto porque alrededor de la mañana (con la cara muy bien lavada y con los dientes cepillados), caminando hacia el liceo sentía que mis parpados se pegaban al pestañar, o de repente la vista se me nublaba más que todo hacia los lados del perímetro. Cuando examinaba con mis dedos ahí estaban otra vez las cochinas lagañas. Una y otra vez sin importar si me daba cuenta o no, las moscas cagaban sobre mí, y yo estaba incapacitado para darme cuenta de ello.
-----Los años siguieron pasando mientras sostenía la creencia. Caí en debates acalorados con profesores y estudiantes que aseguraban que la secreción de moco cristalizado se formaba en nuestros ojos por una combinación de lágrimas, células epiteliales muertas y mucinas de la cornea y no por los excrementos de las moscas. Mi creencia popularizada en el tiempo estaba sufriendo un altercado conceptual en lo que respecta a la fuente y la credibilidad de la información. Aún con pruebas escritas sostuve que en efecto sí cagaban en mí, pero una mañana viví un algo particular que en cierta forma significó una ruptura en mi manera de ver este problema.
-----Ya casi con suficiente edad como para sostenerme económicamente por mis propios medios, luego de una noche de fiestas me quedé a dormir en casa de mi abuela. A diferencia de aquellos años las matas de mango ya no existían. En el lugar había una enramada inmensa cubierta por un piso de caico rojo que servía como pista de baile en ocasiones especiales. Al salir del baño con la cara blanca y los dientes emanando el olor característico de la crema dental, mi abuela me sirve un sustancioso café con leche y me invita a sentarme a su lado. Nostálgicos, ambos nos miramos y hablamos un rato de la fiesta anterior pero como cosa mía, se me ocurrió preguntarle si mi rostro se veía bien; es decir, si no tenía los ojos llenos de lagañas. Ella sonrió y notó la pulcritud de mi cara y me dijo que estaba bien.
-----Yo le dije, entonces, que todavía y sin saber cómo; las mosquitas amarillas aún cagaban en mis ojos, y ella, espantada, soltó una inmensa carcajada, diciéndome.
------¿Y vos todavía creéis en esas vainas de coñitos? ¡Muchacho, yo te decía eso porque vos eras un flojo que no te gustaba lavarte la cara en la mañana! Esos cuentos se los dicen a ustedes para asustarlos y para que hagan caso.
-----La teoría de la formación de las lagañas tomó sentido. Y la crueldad encantadora de mi abuela, una vez más logró avergonzarme pero subsiguientemente, pensé que ciertamente tenía razón porque, ahora una costumbre infundada por un miedo infantil procuró un hábito que llevaría su sello característico para siempre.
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AudioPost: Igor Stravinsky - Ths Rite Of Spring
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"Las Estrellas Se Alcanzan"
::Ed::
-----Cuando muchacho prefería dormir en casa de mi abuela, ubicada en otra urbanización de mi ciudad, porque allí convergían todos mis primos con el objeto de pasar las tardes jugando y jodiendo en los patios. Como niño de apartamento, odiaba pasar las tardes encerrado en esa inmensa caja de concreto precomprimido donde los ruidos de los vecinos asediaban atravesando las paredes arrebatándome la paz. No podía subirle el volumen al televisor porque el bullicio de los comiquitas provocaría lo que mi madre tanto odiaba: que algún vecino tocase a su puerta para reclamarle que no lo dejaban dormir, así que, en consecuencia prefería pedirle a la señora que conducía el transporte escolar, que me dejara en casa de mi abuela para jugar con mis primos.
-----En esas tardes brincaba como loco debajo de matas de mango. Construíamos autopistas de tierra elaboradísimas, con señalizaciones de cartón pintadas con esmalte y edificios representados por potes plásticos. Los carritos no corrían bien en la tierra pero nuestro sentido urbanístico estaba tan recompensado que nos conformábamos, por eso movíamos los carritos por el aire para así no dañar la forma de la carretera de tierra con las ruedas arrastradas entre las piedritas. Las tardes no se quedaban en tardes, las noches venían y solícito me quedaba a dormir en la casa grande de mi abuela. Pero en las mañanas, al despertar, un miedo absurdo se sumaba a la vergüenza que sentía cuando me dejaba ganar por las ganas de comer y entraba a la mesa sin cepillarme los dientes ni lavarme la cara. Tenía la vaga lógica de que era mejor comer primero y luego cepillarse y lavarse la cara porque, haciéndolo primero tendrías que hacerlo otra vez después de comer y no me gustaba trabajar el doble. Mi abuela se afincaba en mi flojera, rematando mi moral con su discurso peculiar.
------Si no te laváis bien la cara se te van a parar las moscas, ¡anda a lavarte!
-----Entonces el terror por ver zumbar a las mosquitas amarillas frente a mi rostro aparecía. Cerca, en el patio de la casa de mi abuela las matas de mango dejaban caer sus frutos a granel en el piso. Los mangos que se pudrían eran el paraíso alimenticio de las mosquitas amarillas, excitadas por el azúcar de los frutos en descomposición, pero aún con la interminable disposición de semejante manjar, las moscas pequeñitas preferían danzar frente a mi cara toda la mañana, sin importar lo que hiciere al respecto. Tomé la costumbre habitual de lavarme con todo tipo de jabones, hasta tres veces antes de las diez de la mañana. Igualmente comencé a cepillar mis dientes creyendo que el mal aliento las atraía. Aguanté muchas veces el ardor del enjuague bucal y por defecto mi lengua se insensibilizó a tal punto que ya ni lo sentía; pero las mosquitas amarillas seguían ahí, hasta el mediodía. El calor las alejaba para siempre, hasta el otro día, mientras sufría por saber que las tendría que combatir de nuevo, hasta la eternidad.
-----Así crecí, asociando las lagañas de mis ojos a las moscas. Creía que si amanecía con lagañas en los ojos era porque las mosquitas amarillas habían estado sobre ellos y habían cagado en mis pestañas, cerrándolas con sus mojones endurecidos. Mi creencia me llevó a especulaciones increíbles. Pensaba que las moscas dormían todo el día pero en la mañana antes de despertar iban hasta mi rostro para defecar en él. No comprendía cómo lo hacían porque, ya de adolescente sabía que al dormir en una casa limpia, cerrada casi herméticamente y sin ningún tipo de insectos dentro, las mosquitas irrumpían hábilmente en ella para cagarme los ojos antes de despertar.
-----Inclusive, llegué a imaginar cómo lo hacían. Al no sentirlas en mi piel aseguré que sobrevolaban sobre los ojos y bombardeaban los mismos con sus residuos. Llegué a admirar la habilidad, la precisión de dar en el blanco así éste sea uno móvil; digo esto porque alrededor de la mañana (con la cara muy bien lavada y con los dientes cepillados), caminando hacia el liceo sentía que mis parpados se pegaban al pestañar, o de repente la vista se me nublaba más que todo hacia los lados del perímetro. Cuando examinaba con mis dedos ahí estaban otra vez las cochinas lagañas. Una y otra vez sin importar si me daba cuenta o no, las moscas cagaban sobre mí, y yo estaba incapacitado para darme cuenta de ello.
-----Los años siguieron pasando mientras sostenía la creencia. Caí en debates acalorados con profesores y estudiantes que aseguraban que la secreción de moco cristalizado se formaba en nuestros ojos por una combinación de lágrimas, células epiteliales muertas y mucinas de la cornea y no por los excrementos de las moscas. Mi creencia popularizada en el tiempo estaba sufriendo un altercado conceptual en lo que respecta a la fuente y la credibilidad de la información. Aún con pruebas escritas sostuve que en efecto sí cagaban en mí, pero una mañana viví un algo particular que en cierta forma significó una ruptura en mi manera de ver este problema.
-----Ya casi con suficiente edad como para sostenerme económicamente por mis propios medios, luego de una noche de fiestas me quedé a dormir en casa de mi abuela. A diferencia de aquellos años las matas de mango ya no existían. En el lugar había una enramada inmensa cubierta por un piso de caico rojo que servía como pista de baile en ocasiones especiales. Al salir del baño con la cara blanca y los dientes emanando el olor característico de la crema dental, mi abuela me sirve un sustancioso café con leche y me invita a sentarme a su lado. Nostálgicos, ambos nos miramos y hablamos un rato de la fiesta anterior pero como cosa mía, se me ocurrió preguntarle si mi rostro se veía bien; es decir, si no tenía los ojos llenos de lagañas. Ella sonrió y notó la pulcritud de mi cara y me dijo que estaba bien.
-----Yo le dije, entonces, que todavía y sin saber cómo; las mosquitas amarillas aún cagaban en mis ojos, y ella, espantada, soltó una inmensa carcajada, diciéndome.
------¿Y vos todavía creéis en esas vainas de coñitos? ¡Muchacho, yo te decía eso porque vos eras un flojo que no te gustaba lavarte la cara en la mañana! Esos cuentos se los dicen a ustedes para asustarlos y para que hagan caso.
-----La teoría de la formación de las lagañas tomó sentido. Y la crueldad encantadora de mi abuela, una vez más logró avergonzarme pero subsiguientemente, pensé que ciertamente tenía razón porque, ahora una costumbre infundada por un miedo infantil procuró un hábito que llevaría su sello característico para siempre.
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AudioPost: Igor Stravinsky - Ths Rite Of Spring
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"Las Estrellas Se Alcanzan"
::Ed::






1 Coment:
:D cierto , muy cierto , la tierna crueldad que las/los abuelos utilizan ,talvez inconcientemente para borrar o crear hbitos in/necesarios
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