Carta de Letras (Declaraciones del Impío).


Inocencio X (1650) Eduardo Velázquez.

      No sé qué se ha creído este ser últimamente, quien pretende ser mi dueño en el movimiento continuo de mi existir. Él piensa, que por el hecho de que sus manos son usadas para darme vida, sus ojos delinean mi cuerpo, su fisonomía regordeta que en su compostura afirma ser dueño, contempla mi condición providencial; está completamente convencido de que es independiente, que yo soy parte de él, sin saber que su verdad es irreverente.
      Soy yo, Letras, vivas como la condición atómica del ambiente, como el ozono, como todos aquellos insectos que a sus pies inclinan el aire de la tierra para conquistar sus espacios. Yo soy tan libre como la condición ajena de la misma palabra, me basto de mis letras y poseo el sentido de la semántica de cada uno de mis párrafos. Mi cuerpo compuesto por textos y papeles, por tinta y parafina, enmienda y gesticula mi entero dominio. Soy completo dueño de mis decisiones, manipulo a este ser idiota que se ha de creer inteligente, que piensa que porta el poder total de su voluntad corporal, pero no puede entender que yo, Letras; dentro de él, lo manejo en mi incesante deseo de salir de su cuerpo asqueado y procaz.
      ¿Qué se cree este pseudogenio con su porte de muchacho grande? ¡Es un somero deliberador de ideas ajenas! Es tan solo la oscura masa física llena de carne y grasas, con keratina y elastina, tan frágil ante la materia dura, dependiente del aire y de los elementos para existir, lleno de sangre y plaquetas, de glóbulos y células que le condicionan para la vida social, débil y escuálido en su inmunidad, provisto de 93 años como periodo de vida, sujeto a las leyes de la naturaleza, a las leyes del hombre y la política, a los estatutos sociales de la comunidad regida por un simple semáforo, a la metáfora religiosa que le imponen entes y empresas más grande que su esperanza, que su voluntad de ser, inmundo y satírico. Con ese recóndito apasionamiento por ser individual, por crear un homo universalis completamente nuevo desde su genética proporcionada por el absurdo entendimiento que obtiene sobre el ADN. Quiere ser un hombre libre de cadenas, pero no logra entender que está sujeto como un esclavo medieval al poder de la gravedad, las fuerzas G y el campo magnético de los polos. No puede siquiera salir de su planeta colosalmente sucio, ¡ni siquiera es capaz de cruzar un continente! ¡Es preso, común y corriente preso de su mundo, de sus actos, de su historia, de su mente, de su pensamiento, de su amor propio, es un simple preso de la divinidad implantada!
      En cambio, ¡yo soy inmortal! Perduro a través de los años y siempre me encuentran vivo, me consiguen entre pergaminos de bronce e intentan científicamente traducir mi semblanza, colocar acentos y comas en mi cuerpo. Yo soy el ser verdaderamente inmortal, sin cuerpo pero con un alma invencible, más poderoso que todos estos pobres homo sapiens tan débiles. Más fuerte que la voluntad misma de la naturaleza, más grande que el mismísimo ¡Dios! Otro ser que dicen que existe pero que no acumula la totalidad del universo. Yo cruzo mares diariamente, yo navego estelas completas, galaxias siderales y ni siquiera debo esforzarme, no tengo que reventar hasta el máximo mis conocimientos para descubrir los supuestos—¿y por qué no?, ¡los supervalorados!—secretos de la naturaleza, para poder fabricar un motor de plasma que puede alcanzar la velocidad de la luz y atravesar el cosmos. ¿Por qué ese afán tan estúpido y ensalzado de estos pobres primates? ¡Es que no entienden que no pueden ir más allá de su tierra, porque se necesitarían más de cuatrocientas mil generaciones compuestas de estos seres endebles para poder cubrir un cuarto de universo!
      Y para colmo de males, este pobre infeliz, este pobre seudónimo de nombre propio y apodo, este «Ed» tan irreal y fónfo; se cree mi dueño. ¿Qué le pasa a ese pobre idiota que sin mí no puede siquiera completar un cuarto de rima? ¡Que ni párrafos ni cuartillos enteros puede hacer sin mí ayuda! Es más, ni lo ayudo, ¡no se lo merece, no se lo ha ganado! Yo simplemente me aprovecho de este pobre diablo, intento barato de dandi sacado de revista casera, me cuelo en él y hago mi propia vida, sin pagarle alquiler. Yo reino mientras él es mi humilde, humillado servidor.
      Ignaro, grandilocuente en tu inmadurez, que ni éxitos logras y solamente eres soportable por contar conmigo —por la lastima que me das, proporcional a mi ayuda—, por estar allí viviendo de tus células marchitas y dañinas, las cuales tengo que regar ¿No te basta con eso, pobre mequetrefe de recorte de periódico dominical? Insultas mi bendición molecular por pensar que tienes “talento”. Por favor, baja esas ansias de creerte un Baudelaire, un pseudo Rimbaud, un completo Stendhal, ¡y ni sueñes con intentar ser un Ernst Fischer! Porque lo que eres, es simplemente una sucia y copia baratija de porcelana devaluada. Un ser nocivo. Pobre hombre de carbono que pretende ser de silicio, ¡pobre en tu santurrona vida llena de vacío! Y te diré algo, es más, aprovecho esta completa esquizofrenia para comunicárselo a todos. Ustedes, simples mortales mantenidos y necesitados ¿creen que son alguien en lo que llaman vida, sin mí? Hasta estos bobalicones que acababa de mencionar en el cuartillo anterior, ¡han sido victimas de mis elegantes maquinaciones! Son nada. Pelota de aire, seminflada, excelsos en crapulencias, de los cuales yo me he alimentado. Solamente son comparables con un ser viviente que les iguala; el virus.
      Santa voluntad que he de tener en mi gloriosa existencia. Yo, el mismísimo Letras, hijo del universo mismo y más poderoso que cualquier ser o no-ser, por milenios me encuentro de vacaciones en su mal cuidada tierra, con el fin de divertirme entre sus patrañas y banalidades. He vivido y he escrito la misma historia de sus cuerpos acentuados y medio formados, falciformes, como diaria yo, riéndome a mis anchas por creerse llenos de neuronas que trabajan para implementar una inteligencia reluciente que no existe. Ustedes son solamente el elemento aburridor de mi querencia, son simples flores regadas por mis rayos solares, los cuales originan su belleza, son simples y más nada, porque de algo estoy seguro: la peor formula matemática del universo, es la simpleza. ¡Ja! Si lo sabré yo.
      Sin Letras no hay comunicación, sin Letras no hay cartas cursis de amor, sin Letras no hay esperanza, no se pueden guardar sus tontos registros inconclusos y tachados de errores. No se pueden registrar los conocimientos que le roban al universo. No se pueden cuantificar ni cualificar cada aspecto de sus inservibles y poco eficientes vidas. Sin Letras, no hay pavimentación en la calle ni señalización, no hay cognocitivismo, no hay noticias, no hay telenovelas baratas y televisadas, sin Letras, sin las mismas palabras serian unos compuestos monos indignos de mí, indigentes soeces en  su bajeza. Agradézcanle a su Dios de papel por estar aquí, por que puedan contar conmigo, mortales descarados. Porque sino, el milagro de la evolución no hubiese existido. ¡Díganme! ¿Qué se puede hacer en este mundo con límite de tiempo, que no tenga que ver conmigo? ¿Qué se puede hacer sin el glorioso Letras?
      Y tú, pobre idiota tildado de gran pensamiento, no te hagas ilusiones paranormales conmigo, no te hagas el dueño de mis palabras y de mi gramática, no te creas ¡jamás!, el completo portador de este poder tan codiciado, no eres nadie para creerte con derecho de dominarme. Yo me siento asqueado de ti, me das asco, ¡Inmundo! Me retuerzo todos los días del espacio-tiempo, por salir de ti. Por liberarme.     ¡Por eso hablas tanto!
      Dices tener una condición que denominas: exceso de necesidad de comunicación, cuando la verdad es que yo estoy volviéndome loco dentro de ti, y quiero salir cada día, en cada momento, he ahí la explicación, banal ignorante.
      Estoy cansado de derramar lagrimas, ojala te mueras pronto para que pueda así cambiar de residencia, ¡Ya me parezco a un cangrejo ermitaño! Por estar atrapado en tu cuerpo, evidentemente no bien dotado de forma, fortuna y belleza. Me repugnas, me enfermas, las jaquecas son cada vez más continuas, pobre gordo de analfabetismo, de oscurantismo, hambriento hombre de puro físico.
      Yo soy el dueño total y absoluto de cada centavo de mi doctrina, déjate de creer falsedades, yo soy el que te utiliza para poder lograr mi cometido. Y cuando mueras, tú, inservible bola de carne y carbono, seré invencible. Inmortal. La condición con la que tú jamás podrás contar.
      Léeme bien, siente cada pedazo de mi cuerpo cuando te lo digo: ¡Jamás, Jamás lo lograras, infeliz! Yo seré el que será recordado, el inmortal. Yo seré el que estaré guardado en bibliotecas. Seré leído, mostrado en salas de arte. A mi será al que le hagan homenajes, al que le construyan plazas y avenidas.       ¡Al que le glorifiquen con premios y galardones! Mientras tu te pudres en un ataúd de madera y metal justo cuando te devoran de a suaves y húmedos bocados, los gusanos. No sueñes, iluso, porque yo soy el que perduraré.
      Yo simplemente te utilizo y me llevaré el crédito porque me pertenece.
      Tú sin mí eres nadie.

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El Impío.

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