
Santiago, 19 de Mayo de 1998.
Definitivamente en un mundo como éste, intentar quitarse la vida es todo un proceso sistemático que ciertamente es algo tedioso. Ahora que comienzo a reaccionar, me encuentro a mí mismo dentro de un espejismo de decisiones que lentamente, se apodera de mi vergüenza para embotar sobre mi cuerpo toda la pena que evito sentir.
Estoy sentado entre papeles, sosteniendo en mi mano un bolígrafo gris; a mi costado, sobre el escritorio, se encuentra el arma que de joven me regaló mi padre (En un cumpleaños). No precisamente es un revolver, se trata de una escopeta winchester de cacería; de esas que tienen dos recámaras ¡Y discúlpenme por no describirla bien, pero es que en este momento sería ridículo tratar de hacerlo!
Pienso que un disparo en la cabeza sea la salida más rápida, pero no sé como apretar el gatillo. Todo se ha convertido en un engorroso proceso, no sé como comenzar a escribir mi nota suicida, no sé como despedirme de la gente que conozco ni qué consejos puedo darles para que continúen en vez de mí. La posición de sostener con mis pies la culata de la escopeta ciertamente es muy incómoda; más que todo cuando trato de estirar el brazo para alcanzar el gatillo y poder accionarlo. Intenté usar una palanca pero no pude; y me sentí un completo idiota cuando traté de hacer un gatillo con una trenza y un destornillador (No me pregunten cómo… Por favor). Desistí, no solo por el fracaso de mi corpulencia y la ergonomía; sino porque me di cuenta que un disparo en mi boca abierta bañaría todo el estudio con sangre. Además, para mis hijos sería difícil ver como recogen mis sesos. Al rato, y para no rendirme en mi empresa, tomé el maletín de los medicamentos de mi mujer. Yo sabía que allí habían antidepresivos, analgésicos, antibióticos y demás, pero por sobre todo: un poderoso somnífero que ella toma las noches que no puede dormir porque nuestra situación matrimonial la agobia, así que consideré que si combinaba todas esas pastillas podría pasar al otro mundo con un largo y pesado sueño. Pero al abrir su maleta noté que no estaba el Tafil. Olvidé que ella estaba de viaje y de por seguro lo llevaría consigo; comencé a reír un momento porque me di cuenta que solo habían analgésicos y anticonceptivos. Pensé que si los tomaba, al ligarse con el licor que tomo en mi estomago, me causaría una indigestión que sería poco agradable. En vez de matarme me ganaría un pase directo al baño.
No me gusta la sangre, mucho menos las cortaduras. De niño caí de rodillas y me corté la pierna con un pico de botella. Jugaba al escondite en un parque con unos vecinos, la herida fue muy grande, perdí mucha sangre y me tomaron muchos puntos, desde entonces no soporto ver mi sangre ni mucho menos ver como mi propia carne se abre ante el paso de algo filoso. Descarté la posibilidad de cortarme las venas, así que seguí con la idea del escopetazo.
Pero llamarón a la puerta (De hecho siguen llamando, desesperadamente) No me da tiempo de ejecutar mi deseo porque tengo que abrir, a lo mejor es Johann que está buscando sus libros de estudio aquí en la biblioteca.
Me siento terriblemente deprimido, por eso escribo esto, intentando calmar mis ganas pero más que todo, para sentirme menos avergonzado. Ahora que me veo no sé por qué intento solucionar mis problemas con ésta idea. Quizás mis hijos se verán más envueltos que yo con las deudas que dejaré. Perderemos la casa, eso lo sé, y mi hija jamás me perdonará.
Supongo que el balazo en la cabeza y la sangre en las paredes devaluará mucho más su valor, esto sería otra excusa suficiente para no saber como hacerlo, pienso más en lo que dejo que en lo que me quito, aunque no quiero vivir creo que la muerte me afectará más de lo que pienso; aunque el descanso eterno se ve tentador, seguiré considerando esta idea, mañana quizás, porque, debo abrir la puerta.
Jacques Dupier.
Definitivamente en un mundo como éste, intentar quitarse la vida es todo un proceso sistemático que ciertamente es algo tedioso. Ahora que comienzo a reaccionar, me encuentro a mí mismo dentro de un espejismo de decisiones que lentamente, se apodera de mi vergüenza para embotar sobre mi cuerpo toda la pena que evito sentir.
Estoy sentado entre papeles, sosteniendo en mi mano un bolígrafo gris; a mi costado, sobre el escritorio, se encuentra el arma que de joven me regaló mi padre (En un cumpleaños). No precisamente es un revolver, se trata de una escopeta winchester de cacería; de esas que tienen dos recámaras ¡Y discúlpenme por no describirla bien, pero es que en este momento sería ridículo tratar de hacerlo!
Pienso que un disparo en la cabeza sea la salida más rápida, pero no sé como apretar el gatillo. Todo se ha convertido en un engorroso proceso, no sé como comenzar a escribir mi nota suicida, no sé como despedirme de la gente que conozco ni qué consejos puedo darles para que continúen en vez de mí. La posición de sostener con mis pies la culata de la escopeta ciertamente es muy incómoda; más que todo cuando trato de estirar el brazo para alcanzar el gatillo y poder accionarlo. Intenté usar una palanca pero no pude; y me sentí un completo idiota cuando traté de hacer un gatillo con una trenza y un destornillador (No me pregunten cómo… Por favor). Desistí, no solo por el fracaso de mi corpulencia y la ergonomía; sino porque me di cuenta que un disparo en mi boca abierta bañaría todo el estudio con sangre. Además, para mis hijos sería difícil ver como recogen mis sesos. Al rato, y para no rendirme en mi empresa, tomé el maletín de los medicamentos de mi mujer. Yo sabía que allí habían antidepresivos, analgésicos, antibióticos y demás, pero por sobre todo: un poderoso somnífero que ella toma las noches que no puede dormir porque nuestra situación matrimonial la agobia, así que consideré que si combinaba todas esas pastillas podría pasar al otro mundo con un largo y pesado sueño. Pero al abrir su maleta noté que no estaba el Tafil. Olvidé que ella estaba de viaje y de por seguro lo llevaría consigo; comencé a reír un momento porque me di cuenta que solo habían analgésicos y anticonceptivos. Pensé que si los tomaba, al ligarse con el licor que tomo en mi estomago, me causaría una indigestión que sería poco agradable. En vez de matarme me ganaría un pase directo al baño.
No me gusta la sangre, mucho menos las cortaduras. De niño caí de rodillas y me corté la pierna con un pico de botella. Jugaba al escondite en un parque con unos vecinos, la herida fue muy grande, perdí mucha sangre y me tomaron muchos puntos, desde entonces no soporto ver mi sangre ni mucho menos ver como mi propia carne se abre ante el paso de algo filoso. Descarté la posibilidad de cortarme las venas, así que seguí con la idea del escopetazo.
Pero llamarón a la puerta (De hecho siguen llamando, desesperadamente) No me da tiempo de ejecutar mi deseo porque tengo que abrir, a lo mejor es Johann que está buscando sus libros de estudio aquí en la biblioteca.
Me siento terriblemente deprimido, por eso escribo esto, intentando calmar mis ganas pero más que todo, para sentirme menos avergonzado. Ahora que me veo no sé por qué intento solucionar mis problemas con ésta idea. Quizás mis hijos se verán más envueltos que yo con las deudas que dejaré. Perderemos la casa, eso lo sé, y mi hija jamás me perdonará.
Supongo que el balazo en la cabeza y la sangre en las paredes devaluará mucho más su valor, esto sería otra excusa suficiente para no saber como hacerlo, pienso más en lo que dejo que en lo que me quito, aunque no quiero vivir creo que la muerte me afectará más de lo que pienso; aunque el descanso eterno se ve tentador, seguiré considerando esta idea, mañana quizás, porque, debo abrir la puerta.
Jacques Dupier.




